Consulado de España en Alemania : instrucciones de uso

Consulado de España: instrucciones de uso

Imagen de Juanma

Algun@s de vosotr@s os habréis preguntado dónde cojones me he metido durante los últimos meses. Después de recibir cientos de amenazas por mi último post estuve a punto de tirarme por la ventana de mi WG. Acosado físicamente y psicológicamente por las fans berlinesas del Daniel Brühl, quien por lo visto me busca por el Görli con un bate de beisbol, decidí volver a mi Campoalbillo natal para hacer la vendimia y ganar algo de dinero. Dinero hice poco pero por lo menos pude ver a mi familia y amigos. No os podéis imaginar cómo de precaria se está poniendo la cosa en Albacete bzw. España.

Para rematar la situación, y aprovechando el contexto, un día se me ocurrió ver esa sarta de tópicos llamada Volver, de Almodóvar y olé. Tras el bochornoso play back de Pe, salté de cabeza desde el terrao de mi casa de un piso en Campoalbillo, pero no me maté. Mientras buscaba en wikipedia otra fórmula de suicidio más eficaz, recibí un mail del dueño de esta web: “Juanma, vuelve a Berlín por favor. El profesor Schopenhaua se ha vuelto loco: se abre cada día 25 perfiles nuevos en facebook para poder darle al ‘me gusta’ en sus posts. Te necesitamos. Sin tus polémicamente brillantes textos esto se hunde. Tu blog NO puede acabar así”. Tengo que reconocer que no tenía un plan mejor, aparte de la muerte, que es algo muy aburrido. Me han otorgado una beca para escribir el doctorado (!!), e incluye el transporte público, así que aquí estoy.

Una de las primeras cosas que hice tras volver a Berlín fue registrarme, por fin, como residente. (Aviso para navegantes: si no estás registrado como residente, no puedes pedir la documentación para votar por correo). Para registrarme, no me quedó más remedio que repetir esa dulce experiencia de acudir al consulado de España. Much@s de vosotr@s ya lo sabrán: es una visita que deja huella, que te marca a fuego, que no se olvida. Siempre hay una primera vez, a la que siguen otras por las obligaciones burocráticas más diversas: renovación del pasaporte, inscripción como residente, certificado de residencia, presentación de beca, solicitación de baja consular, etcétera. Fuere para lo que fuere, mi experencia siempre me dejó una enseñanza nueva. Ahora quiero compartir este saber acumulado en forma de instrucciones de uso:

1. Desplázate a Tiergarten, donde encontrarás un edificio de imponente estilo neoclásico tan del gusto del nacionalsocialismo. No tengas miedo: es la embajada española. Olvídate de la puerta principal, que sólo cruzarás cuando te hayan invitado (por motivos que desconoces) a alguna audiencia o sarao, a los que acudirás sintiéndote un elegido o miembro de la elite, hasta darte cuenta de que eres uno más de cientos y que sólo estás ahí para hacer bulto. Que no, que esa puerta no es, cojones. Recorre el ala derecha del edificio, pegadit@ a la verja de hierro forjado, hasta encontrar una puerta de barras de metal. Es la tuya: estás a punto de entrar en otra dimensión.

2. En la parte inferior izquierda verás un timbre. Apriétalo. Apriétalo otra vez más, un poquito más de rato. Los funcionarios deben de estar haciendo algo muy importante, o almorzando, y por eso no contestan. Debes saber que los trabajadores del consulado respetan puntillosamente el horario de apertura: de lunes a viernes, de 9:00 a 13:00 horas. Si acudes fuera de ese horario, NO serás atendido, o sólo lo serás muy excepcionalmente por motivos que nunca podrás descubrir.

3. Una voz áspera saldrá del telefonillo para preguntarte: “Qué desea??”. Que no te sorprenda el tono de sorpresa utilizado por el funcionario ante tu presencia, como si fuera la primera vez que tiene que trabajar. Ante la pregunta, que nunca se te ocurra hacerte el graciosillo con una respuesta del rollo: “Unas condiciones de trabajo como las suyas”. Tu jornada burocrática se habrá acabado antes de empezar. Tampoco te debe sorprender el sistemático uso del “usted” por parte del funcionario: es su manera de expresarte la indiferencia que le produce tu presencia porque formas parte de la plebe española de Berlín y no de la elite funcionarial.

4. Si consigues convencer al funcionario, la puerta de barras de hierro se abrirá como por arte de magia. Ármate de valor y confianza en ti mism@. Abre la segunda puerta acristalada. Ya estás dentro del consulado. A la derecha encontrarás unas taquillas en las que tendrás que dejar todos los “objetos de metal” (??) que lleves encima. Si las todas taquillas están ocupadas, pues te jodes y dejas tus cosas en el suelo o donde puedas. Entonces, aproxímate a una especie de cápsula unipersonal de cristal. No, no te has equivocado. No estás en una prisión de alta seguridad. Sí, estás en el consulado español de Berlín. No te vengas abajo que ya casi estás dentro. Pero antes te harán sentirte un criminal o terrorista. Aunque sólo quieras renovar el pasaporte. Aprieta el botón de la cápsula, que se abrirá lentamente. Entra en ella. Coge aire. La puerta corredera se cerrará a tus espaldas. Entonces y solo entonces se abrirá la puerta corredera que tienes ante ti. Sí, ya estás.

5. Llega el momento de lidiar con el funcionario de turno. Tras el mostrador te puedes encontrar a alguien que, por ejemplo, se come un bocadillo con toda la avidez con la que NO te va a atender a ti. Da igual si le entras con una sonrisa o un gruñido, si vas vestido con chandal o chaqué, si eres guapo o feo. El funcionario NO está ahí para hacerte la vida más fácil. Faltaría más. Creo que el funcionario del consulado español en Berlín es un monstruo de dos cabezas, una mutación inevitable: tiene los peores hábitos del funcionario español además de todo el schnauze berlinés. Hay dos frases que siempre te escupirá a la cara, sea cuál sea tu objetivo, eso sí, con la educada formalidad del “usted”: “Me va a tener que rellenar este formulario” y “Ufff, veremos a ver qué es lo que se puede hacer”. Si habías pensado saltar por encima del mostrador y arrancarle la nuez de un bocado, olvídate: te separa del funcionario un grueso cristal de alta seguridad, delincuente.

6. Haz todo lo que te diga el funcionario. Si te pones brav@ será peor. Te hará volver otro día, porque se te ha olvidado algún documento completamente innecesario. Haz todo lo que te diga y no rechistes. El funcionario tiene toda la fuerza del Estado sobre sus hombros. Y recuerda, no estás en España: su crueldad burocrática es en el extranjero aún más impune.

7. Sea cual sea el resultado de la gestión, sal con la cabeza bien alta. Vuelve a tu casa apretando los dientes. Enciéndete un cigarro y abre una Sterni. Ahora reza porque la crisis se agrave lo más rápido posible y la prima de riesgo ahogue cada vez más a la deuda soberana del Estado español. Con un poco de suerte, algún día el funcionario deje de cobrar ese sueldo tan seguro que le llega cada vez menos puntualmente a su engordada cuenta corriente. Ese día tal vez veas al funcionario caminando desvalido por la calle en busca de consejo sobre cómo sobrevivir como un plebeyo en una capital extranjera de un país frío y lejano sin el más mínimo apoyo del Estado del que eres ciudadano. Ese día podrás dibujar una sonrisa en tu cara y hacer así que el funcionario se sienta como la mierda (manchega) que te hizo sentir al otro lado del grueso cristal de seguridad.

He vuelto y lo hago con todavía menos piedad de la que tenía cuando me fui. La sentencia de hoy es de un tal Chejov: “Sólo los charlatanes y los bocazas creen saberlo todo”. Estamos ante un otoño-invierno bien calentito. No me defraudéis, y pase lo que pase, no paréis de bailar.

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