Ideologías, mercenarios y politicos

De conversiones y nuevos militantes

Por Andrés Canseco Garvizu

Textos a fuego y martillo

“Pero hay dos clases de lucha. La lucha caballeresca, donde se miden las fuerzas de adversarios independientes (…) Y la lucha del parásito, que no sólo pica, sino que también chupa la sangre para conservar su vida. Así es el soldado mercenario, y así también eres tú”.

—Franz Kafka—

La vida suele llenarse de ciertas frases comunes  que inflan a la sobrevalorada sabiduría popular. Una de ellas proclama que todos tienen su precio. Se admite esta posibilidad, aunque no necesariamente enfocada a la cantidad. No todos se entregan a cambio de su peso en oro o ceros en sus cuentas bancarias. Además del dinero, hay otras formas de convencer y pervertir a un hombre; antojos tan variados y extraños que mueven conciencias con la habilidad con la que es operada una marioneta de feria.

Sin importar la moneda en que esté impreso su valor hay consideraciones que para el ojo crítico e independiente no deben escapar. En la política, a diferencia de la vida privada, reflexionar sobre estos temas éticos y morales no es pérdida en ningún sentido. No importa cuán corrompida, carnavalesca y degradada esté la actividad relacionada al manejo de la cosa pública, siempre debe evaluarse las traiciones, los bochornos, las genuflexiones y las manipulaciones sin indulgencia.

El tránsfuga comete en esencia un acto que —salvo una situación específica atenuante o justificación extraordinaria— es reprochable. Pero esta práctica se hace aún más deshonrosa cuando el nuevo partido o frente es el que detenta en el poder. Subrayo esto porque se debe desenmascarar charlatanes: en estos casos no intervienen el error y la conciencia sino la mentira y el interés. Una cosa es cambiar de ideas (solamente un fanático puede llegar a la muerte sin modificar sus posturas); pero una muy distinta es acomodarse por intereses olvidando y tratando de borrar con el codo —o con el puño izquierdo— todo cuanto ha pasado antes de su conversión.

La total falta de coherencia ideológica es una característica de estos mercenarios políticos. Fácilmente puede notarse pues sus conversiones no son frutos de análisis teóricos ni la confrontación con la realidad, sino que suelen darse con una fugacidad asombrosa y con un ímpetu que sorprende hasta a sus nuevos correligionarios y que genera nauseas en quienes en algún momento le creyeron o lo apoyaron.

Suponiendo que la solidez de ideas sea mucho pedir para los conversos, se evidencia también su degradación en la memoria viciada. Víctimas de la violencia, presos políticos, la corrupción los hombres que perdieron la vida y hasta la ilegalidad que incluso ellos sufrieron antes de ingresar a las filas de su nuevo equipo, parecen estar alojados en el limbo y no tienen peso ya para sus valoraciones: todo se les ha borrado de un plumazo. Ante esta situación, recurren a las menos perspicaces y más subjetivas argumentaciones: el bien del país y la religión. El pueblo y Dios les sirven para tratar de justificar las acciones que les permitan aspirar a un nuevo lugar en la burocracia o en la futura papeleta electoral, mirando desde abajo a su nuevo jefe, esperando que les caiga algún premio, con la misma inocencia con la que un párvulo mira una piñata.

Es posible que las nuevas adquisiciones para quien esté en el poder no sean precisamente grandes figuras ni líderes de masas multitudinarias. Aun así, son presentados en conferencias y actos, y recibidos como en alguna clase de bautizo o como un nuevo fichaje de un club deportivo. Tal similitud es notoria, pues al final eso son: jugadores que se cambiarán la camiseta cuando una nueva temporada empiece. También es probable que ésta sea una de las cláusulas de la capitulación: mostrar pública y ruidosamente que han quebrado su espíritu y que su dignidad y lealtad ya tienen el sello de VENDIDO, que ya aman por voluntad al Gran Hermano.

Hay valores no apreciados por los mercenarios del poder: la disidencia, la crítica y la libertad están entre ellos. El mexicano Octavio Paz fue acertado al referirse a este tema: “La prueba de la libertad no es filosófica sino existencial: hay libertad cada vez que hay un hombre libre, cada vez que un hombre se atreve a decir No al poder”.

Un apunte más, que está relacionado con la imagen: advertirles a los mercenarios de cuán ridículos lucen en el momento en que se inclinan, posan, brindan y apoyan a su nuevo líder iluminado o su majestad, como buenos vasallos, al menos hasta que venga el siguiente mejor postor.

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