Que hacer cuando el diagnostico es cancer? David Simon 11

Comer natural es comer sabiamente

 

     La American Cancer Society ha hecho algunas recomendaciones sencillas para  reducir el riesgo de un cáncer, sugiriendo siete grandes directrices dietéticas:

 

1.  Evite la obesidad.

 

2.  Procure tener una dieta variada.

 

3.  Incluya una amplia variedad de frutas y verduras.

 

4.  Coma más alimentos con alto contenido en fibra.

 

5.  Reduzca el consumo total de grasas.

 

6.  Coma menos alimentos ahumados, salteados y curados con nitritos.

 

7.      Limite el consumo de alcohol.

 

     Estos principios parecen muy sencillos y, sin embargo, la incidencia del cáncer sigue aumentando en nuestra sociedad. ¿Cómo traducimos estos sencillos principios en un programa dietético que sea a un tiempo atractivo y nutritivo? Estas recomendaciones se vienen promoviendo desde hace una serie de años, y es posible que estemos  asistiendo  a un cambio en nuestra cultura de decisiones relativas a la nutrición, pero muchas personas temen tener que decidir entre comer para mantener la salud o comer para disfrutar. Aquí es donde los principios nutricionales del Ayurveda son de gran ayuda porque aportan enfoques equilibrados, naturales, placenteros, específicos y deliciosos. El Ayurveda es como un vasto océano de información que ofrece consejo nutricional para promover la salud, aunque la persona se enfrente a una grave enfermedad. La sabiduría nutricional del Ayurveda amplía y complementa los consejos prácticos aportados por la ciencia moderna de la nutrición.

 

La ciencia de la nutrición vital

 

     Los videntes del Ayurveda fueron  auténticos científicos.  Aunque  no disponían de  microscopios o de escáneres, fueron atentos observadores del mundo y describieron la influencia de los alimentos, las hierbas, los sonidos, los olores y las sensaciones sobre los seres humanos, en la salud y en la enfermedad. Los principios de la nutrición ayurvédica siguen extrañándome y fascinándome, pues mantienen su validez cinco mil  años después de haber sido codificados.  La clasificación ayurvédica de los alimentos  en categorías prácticas nos permite tomar decisiones sanas incluso sin un título en ciencia nutricional. Veamos cuáles son algunos de esos principios básicos.

 

Los sabores de la vida

 

     La ciencia nutricional moderna reconoce cuatro sabores: dulce, agrio, salado y amargo. El Ayurveda añade otros dos: picante y astringente, que se perciben como sensaciones en la lengua más que como verdaderos sabores. Según la tradición ayurvédica, la naturaleza reúne todas las posibles fuentes de alimentos en uno o más de estos seis sabores, de modo que sepamos qué alimentos son nutritivos y cuánto podemos consumir. Los seis sabores deben estar contenidos en cada comida para que nos  sintamos satisfechos y para asegurarnos de que estén representados todos los grupos   de   alimentos y nutrientes principales. Repasémoslos uno por uno.

     El sabor dulce es el de los alimentos que promueven el crecimiento y la regeneración. Debido a que nuestros tejidos están clasificados como dulces, los alimentos que tienen este gusto aumentan el volumen de nuestro cuerpo. Lo dulce se aplica no sólo a los azúcares refinados que deberían estar limitados en cualquier dieta sana, sino que también incluyen hidratos de carbono, proteínas y grasas. Si somos niños en crecimiento o nos recuperamos de una enfermedad debilitadora, los dulces deberían abundar en nuestra dieta. En el Ayurveda, los alimentos más comunes considerados como dulces son: leche, arroz, pasta, panes, frutos secos, frutas dulces, verduras con fécula, como patatas, yames y maíz.

     El sabor agrio procede de los ácidos orgánicos como los que se encuentran en los cítricos, las bayas, los tomates y el vinagre. El yogurt y el suero de manteca también son de sabor predominantemente agrio. El sabor agrio estimula la salivación y despierta el apetito. Es un sabor muy útil cuando hay poco apetito, como sucede durante la aplicación de los tratamientos de quimioterapia. Los alimentos con sabor agrio también disipan los gases intestinales y ayudan a reducir la hinchazón en caso de funcionamiento perezoso del intestino. Tomar con regularidad una dosis de alimentos con sabor agrio  asegura,  entre otras cosas, ingerir la cantidad adecuada de vitamina C.

     El sabor salado se encuentra en las sales minerales, ya sea en forma de sal de roca o sal marina. La sal estimula el apetito, aumenta la digestión y es suavemente laxante y sedante. El agua sigue a la sal en el cuerpo, de modo que un consumo excesivo de sal produce una retención de fluidos, mientras que una pizca de sal puede ser la diferencia entre un plato insípido o uno sabroso. Este sabor, además de en los cristales de sal, se encuentra en el tamari, la salsa de soja y el kelp, utilizados habitualmente en los países asiáticos.

     El sabor picante es la sensación de calor que se encuentra en los pimientos y las especies aromáticas. Lo transmiten los aceites esenciales, que tienen el efecto de agudizar el apetito y estimular la digestión. Entre las sustancias picantes se incluyen la pimienta negra, el rábano picante, la cayena, el jengibre, la menta, el ajo, la canela  y la  mostaza. Los estudios sobre aceites esenciales derivados de plantas picantes como el ajo, la cebolla y el rábano picante, han demostrado que contienen potentes sustancias  antioxidantes capaces de desactivar las sustancias químicas potencialmente causantes de   cáncer[i] [ii].  La mayoría de nosotros hemos experimentado el efecto directo de los alimentos picantes cuando hemos mordido accidentalmente un pimiento jalapeño muy picante y hemos empezado a tener sudoraciones. Estas sustancias que contienen calor también se pueden utilizar terapéuticamente para aliviar la congestión nasal. En Estados Unidos no se utiliza mucho el sabor picante, pero los gourmets de México, Asia y Oriente Medio alaban las especias, que añaden calor a una comida.

     El sabor amargo no  es, por sí solo, muy atractivo, pero tiene el valor de animar los otros sabores. Es desintoxicante y enfría el sistema. El sabor amargo se debe al  contenido de alcaloides o de sustancias químicas glucósidas que hay en un alimento. La mayoría de las verduras verdes y amarillas tienen algún grado de amargor, siendo las  verduras de hojas verdes las que tienen el contenido más elevado de sustancias químicas naturalmente amargas. El espárrago, los brécoles, las zanahorias, el apio, los pimientos verdes, las espinacas, la lechuga y la col tienen todos el sabor amargo. Muchas de las hierbas tanto culinarias como medicinales tienen un sabor predominantemente amargo. El sabor amargo de verduras y hierbas puede reflejar su contenido de unas sustancias llamadas fitoquímicos,  que son potentes agentes naturales que luchan contra el cáncer. En otro capítulo los analizaremos con mayor detalle.

     El sabor astringente es más una sensación que un sabor. Es la sensación que hace fruncir la boca. La astringencia se debe al contenido de taninos de un alimento, que tiene un efecto secante sobre las membranas mucosas, y un efecto tonificante y compactante sobre los tejidos. Muchas fuentes nutricionales comunes tienen algunas cualidades astringentes, incluidos el té, la miel, las nueces y las granadas. También se considera que las  legumbres secas, lentejas y guisantes tienen un componente as tringente, que proporcionan una valiosa fuente de proteína e hidratos de carbono. Muchas verduras son amargas y astringentes, como el brécol, el apio, la lechuga y las espinacas. Granos como el centeno, el trigo integral, el cuscús y algunas frutas, incluidas manzanas, bayas, higos y limones, tienen el sabor astringente, junto con otros. Recientes estudios sugieren que las sustancias químicas del té pueden reducir el riesgo de una serie de cánceres, incluidos los de los aparatos digestivo y urinario. Hasta los tés descafeinados pueden tener un efecto protector similar[iii] [iv].  Predigo que en el transcurso de los próximos años aprenderemos mucho más sobre los efectos saludables de las sustancias químicas naturales que contienen los alimentos astringentes.

 

 




[i] S. Bellman, «Onion and garlic oils inhibit tumor promotion», Carcinogenesis,  nº 4, 1983, pp. 1063-1065.

 

[ii] A. J. Alldrick, «Diet  and mutagenesis», en W A. Creasey (ed.),  Nutrition, Toxicity, and Cancer,  CRC Press, Boca Ratón (Florida), 1991, pp. 281-300.

 

[iii] B. T. Ji, W H. Chowy cols., «Green tea consumption and the risk of pancreatic and colorectal cancers»,

International Journal of Cancer,  nº 70,1997, pp. 255-258.

 

[iv] W Zheng, T J. Doyle y cols., «Tea consumption and cancer incidence in a prospective cohort study of postmenopausal women», American Journal of Epidemiology,  n° 144, 1996, pp. 175-182.

 

ELIZABETH KÜBLER-ROSS – La rueda de la vida -

7. LA PROMESA.

 

Cada día al entrar en el hospital hacía una honda inspiración para aspirar lo que para mí era el olor más sagrado y bendito del mundo entero, y después bajaba corriendo a mi laboratorio sin ventanas. En ese extraño y caótico tiempo de guerra, cuando escaseaban las cosas más elementales, tales como alimentos y médicos, sabía que no estaría enterrada eternamente en ese sótano. Tenía razón.

Llevaba varias semanas trabajando allí cuando el doctor Zehnder me preguntó si no me interesaría extraer muestras de sangre a enfermos de verdad. Las pacientes a las que iba a sacar muestras de sangre eran prostitutas que se encontraban en las últimas fases sintomáticas de enfermedades venéreas. En aquel tiempo, antes de que se inventara la penicilina, a los que padecían enfermedades venéreas se los trataba como ahora a los enfermos de sida; se les temía y rechazaba, se los dejaba abandonados y aislados. Más tarde el doctor Zehnder me diría que había esperado que yo me negara. Pero me dirigí en seguida al deprimente sector del hospital donde se encontraban las Pacientes.

Creo que eso es lo que distingue a las personas que se sienten llamadas a la profesión médica y las que lo hacen por dinero.

El estado de las enfermas era lamentable. Tenían tan infectado el cuerpo que muchas ni siquiera podían sentarse en una silla o echarse en una cama. Estaban suspendidas en hamacas. A primera vista eran unos seres patéticos y dolientes; pero eran seres humanos, y una vez que hablé con ellas descubrí que eran personas tremendamente amables, simpáticas y amorosas, que habían sido rechazadas por sus familias y por la sociedad. No tenían nada, por lo que sentí un deseo aún mayor de servirlas.

Después de extraerles las muestras de sangre me senté en las camas y estuve horas charlando con ellas acerca de sus vidas, las cosas que habían visto y experimentado y la existencia en general. Comprendí que tenían necesidades afectivas tan enormes como sus necesidades físicas. Ansiaban amistad y compasión, cosa que yo podía ofrecerles, y ellas a su vez me abrieron el corazón de par en par. Fue un trueque justo que me preparó para cosas peores.

El 6 de junio de 1944 las tropas aliadas desembarcaron en Normandía, el Día D. Eso cambió el curso de la guerra y muy pronto notamos los efectos de la invasión en masa. Los refugiados entraron a raudales en Suiza. Llegaban en oleadas, día tras día, a cientos. Algunos entraban cojeando, otros arrastrándose y otros eran transportados. Algunos venían de muy lejos, de Francia. Algunos eran hombres ancianos y heridos. La mayoría eran mujeres y niños. Prácticamente de la noche a la mañana el hospital se llenó a rebosar con estas víctimas traumatizadas.

Eran conducidos directamente a la sala dermatológica, donde los metíamos en nuestra enorme bañera, los despiojábamos y desinfectábamos. Sin siquiera pedirle permiso a mi jefe, me puse a trabajar con los niños. Los rociaba con jabón líquido para curarles la sarna y los frotaba con un cepillo suave. Una vez que estaban vestidos con ropa recién lavada, les daba lo que a mi juicio necesitaban más, abrazos y palabras tranquilizadoras: “Todo irá bien.”

Eso continuó sin parar durante tres semanas. Yo me absorbí totalmente en el trabajo y me olvidé de mi bienestar, cuando otros estaban tan mal. De pronto caía en la cuenta de que tenía que comer. ¿Dormir? ¿Quién tenía tiempo? Llegaba a casa pasada la medianoche y al día siguiente volvía a salir al alba. Estaba tan concentrada en los niños sufrientes y asustados, tan alejada de las actividades normales diarias, tan inmersa en responsabilidades distintas a aquellas para las que me habían contratado, que pasaron días sin que me diera cuenta de algo que tendría que haber sido una noticia importantísima: mi jefe, el doctor Zehnder, se había marchado y su puesto estaba ocupado por el doctor Abraham Weitz.

Yo estaba atareadísima tratando de encontrar comida para los refugiados hambrientos. Con la ayuda de otro aprendiz de laboratorio, un picaro llamado Bald-win al que le encantaba inventar travesuras, ideamos un plan para llenar esos plañideros estómagos. Durante varias noches seguidas pedimos comidas completas a la cocina del hospital, las poníamos en enormes carros y las distribuíamos entre los niños. Si quedaba algo, se lo dábamos a los adultos. Finalmente, cuando niños y adultos por igual estaban limpios, vestidos y comidos, eran trasladados a diversas escuelas de la ciudad y dejados a cargo de la Cruz Roja.

Yo sabía que inevitablemente iban a detectar el desvío de esos preciados alimentos y que en consecuencia tomarían medidas disciplinarias. Por eso, cuando el doctor Weitz me llamó a su oficina, acudí con la esperanza de que el castigo no fuera demasiado severo, pero la verdad es que me imaginaba que me iba a despedir. Además del asunto de la comida, había olvidado totalmente pedir disculpas por no hacer mi trabajo de laboratorio, y ni siquiera me había presentado a saludar a mi jefe. Pero en lugar de despedirme, el doctor Weitz me felicitó. Me dijo que me había observado desde lejos cuando estaba trabajando con los niños y que jamás había visto a nadie tan absorto y feliz con su trabajo.

- Debe cuidar a los niños refugiados —me dijo—. Ese es su destino.

Nada podría haberme aliviado ni estimulado más. Después el doctor me habló de la urgente necesidad de atención médica en su país natal asolado por la guerra, Polonia. Las terribles historias que me contó, sobre todo las de niños en campos de concentración, me conmovieron profundamente, me hicieron llorar. Su familia había sufrido enormemente.

- Necesitamos personas como usted allá. Si puede, si termina su aprendizaje, tiene que prometerme que irá a Polonia y me ayudará a hacer este trabajo allí.

Agradecida por no haber sido despedida, y también animada por sus palabras, se lo prometí.

Pero aún faltaba la otra parte. Esa noche, el administrador jefe del hospital nos llamó a Baldwin y a mí a su despacho. Rendida de cansancio sólo sentí desdén por ese burócrata gordo, mimado y pagado de sí mismo, sentado ante su escritorio de caoba aspirando un puro y mirándonos como si fuéramos ladrones. Nos exigió que pagáramos el precio de los cientos de comidas que les servimos a los niños refugiados o que entregáramos la cantidad equivalente en cupones de racionamiento. “Si no, quedáis despedidos inmediatamente.”

Yo me sentí aniquilada, porque no quería perder mi empleo ni dejar mi aprendizaje, pero no tenía la menor posibilidad de conseguir ese dinero. Cuando bajé al sótano, el doctor Weitz presintió que ocurría algo terrible y me obligó a contárselo. Movió la cabeza disgustado y me dijo que no me preocupara por la burocracia. Al día siguiente fue a ver a los jefes de la comunidad judía de Zúrich y con su ayuda se pagó rápidamente al hospital las comidas no autorizadas con una enorme cantidad de cartillas de racionamiento. Eso no sólo me permitió conservar el trabajo sino que me reafirmó en la promesa que le hiciera a mi benefactor el doctor Weitz de contribuir a la reconstrucción de Polonia una vez que acabara la guerra. No tenía idea de lo pronto que sería eso.

Durante los años anteriores, en incontables ocasiones había ayudado a mi padre a preparar para los invitados nuestra cabana de montaña en Aniden, pero resultó diferente cuando me pidió que lo acompañara allí a comienzos de enero de 1945. En primer lugar, yo necesitaba ese descanso de fin de semana; y a su vez él me prometió que los invitados eran personas que me iban a encantar; y tenía razón. Nuestros invitados pertenecían al Servicio Internacional de Voluntarios por la Paz; eran veinte en total, en su mayoría jóvenes y procedentes de todas partes de Europa. A mí me parecieron un grupo de idealistas inteligentes. Después de mucho cantar, reír y comer vorazmente, escuché embelesada su explicación de las tareas que realizaba la organización, fundada después de la Primera Guerra Mundial y que posteriormente sirvió de modelo para los Cuerpos de Paz estadounidenses: se dedicaban a crear un mundo de paz y colaboración.

¿Paz mundial? ¿Cooperación entre los países y pueblos? ¿Ayudar a los pueblos asolados de Europa cuando la guerra terminara? Ésos eran mis sueños más ambiciosos. Sus relatos sobre trabajos humanitarios sonaron a mis oídos como música celestial. Cuando descubrí que había una sucursal en Zúrich, no pensé en otra cosa que inscribirme, y en cuanto advertí señales de que la guerra iba a terminar pronto, llené una solicitud y me imaginé abandonando la pacífica isla que era Suiza para ayudar a los supervivientes de los países de Europa devastados por la guerra.

Hablando de música celestial, no hubo sinfonía más maravillosa que la que llenó el aire el 7 de mayo de 1945, el día que acabó la guerra. Yo estaba en el hospital. Como si obedecieran a una señal, pero de forma espontánea, las campanas de las iglesias de toda Suiza comenzaron a tañer al unísono, haciendo vibrar el aire con los repiques jubilosos de la victoria y, por encima de todo, de la paz. Con la ayuda de vanos trabajadores del hospital, llevé a los pacientes al terrado, uno a uno, incluso a aquellos que no podían levantarse de la cama, para que pudieran gozar de la celebración.

Fueron momentos que todos compartimos, ancianos, personas débiles y recién nacidos. Algunos de pie, otros sentados, incluso varios en silla de ruedas o tendidos en camillas, algunos sufriendo intensos dolores. Pero en aquel momento eso no importaba. Estábamos unidos por el amor y la esperanza, la esencia de la existencia humana, y para mí fue algo muy hermoso e inolvidable. Lamentablemente, era sólo una ilusión.

Cualquiera que creyera que la vida había vuelto a la normalidad, sólo tenía que entrar en el Servicio de Voluntarios por la Paz. A los pocos días de terminadas las celebraciones, me llamó el jefe de un contingente de unos cincuenta voluntarios que planeaban atravesar la frontera de Francia, recién abierta, para reconstruir Écurcey, una pequeña y antaño pintoresca aldea que había sido destruida casi totalmente por los nazis. Quería que me uniera a ellos. No podía imaginar nada mejor que dejarlo todo e ir, aunque para lograrlo tendría que superar muchos obstáculos.

Como es lógico estaba mi trabajo; pero el doctor Weitz, mi principal respaldo, me concedió de inmediato la excedencia del trabajo en el hospital. En casa la historia fue muy distinta. Cuando saqué el tema durante la cena, más como un hecho que como petición de permiso, mi padre exclamó que estaba loca, y que además era ingenua al no pensar en los peligros que arrostraría allí. Mi madre, tal vez pensando en el porvenir más previsible de mis hermanas, sin duda deseó que me pareciera más a ellas en lugar de exponerme a los peligros de las minas terrestres, la escasez de alimentos y las enfermedades. Pero ninguno comprendió mis deseos. Mi destino, el que fuera, aún estaba muy lejano, en algún lugar del desierto del sufrimiento humano.

Si quería llegar allí, si alguna vez iba a conseguir ayudar a los demás, tenía que ponerme en marcha.