Cuentos budistas para niños- Sidharta y el cisne

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Hace mucho tiempo, en India, vivían un rey y una reina.

Un día la reina tuvo un bebé. Lo llamaron Príncipe Siddhartha. El rey y la reina estaban muy felices.

Ellos invitaron a un sabio anciano para que fuera al reino a predecir la fortuna del niño.

“Por favor, dinos:” dijo la reina al sabio anciano.
“¿Qué llegará a ser nuestro hijo?”

“Vuestro hijo será un niño especial,” le dijo, ” Un día llegará a ser un gran rey.”

“¡Viva!” dijo el rey. “”Será un rey como yo.”

“Pero,” dijo el sabio, “cuando el niño crezca, podría abandonar el palacio porque querrá ayudar a la gente.”

“¡El no hará semejante cosa!” gritó el rey mientras le arrebataba al niño. “¡El será un gran rey!”

 

El príncipe Siddharatha creció en el palacio.

Todo el tiempo el rey lo observaba.

Se aseguró de que su hijo tuviera lo mejor de todo.

Quería que Siddhartha disfrutara la vida de un principe.

Quería que se conviertiera en rey

Cuando el Príncipe tuvo siete años su padre lo mandó a buscar.

“Siddhartha,” le dijo, “Un día serás rey, ya es tiempo de que comiences a prepararte. Hay muchas cosas que tienes que aprender. Aquí están los mejores profesores de la tierra. Ellos te enseñarán todo lo que necesitas saber.”

“Daré lo mejor de mí, padre,” contestó el príncipe

 

Cuando el Príncipe Siddhartha terminaba sus lecciones, le gustaba jugar en los jardines de palacio. Allí vivía toda suerte de animales: ardillas, conejos, pájaros y venados. A Siddhartha le gustaba obsevarlos.Podía sentarse a mirarlos tan quieto que a ellos no les daba miedo acercarse hasta él.

A Siddhartha le gustaba jugar cerca del lago. Cada año, una pareja de hermosísimos cisnes blancos venía a anidar allí. El los miraba detrás de los juncos. Quería saber cuántos huevos había en el nido. Le gustaba ver a los pichones aprender a nadar.

Una tarde Siddhartha estaba por el lago. Repentinamente escuchó un sonido sobre él. Miró hacia arriba. Tres hermosos cisnes volaban sobre su cabeza. “Más cisnes,” pensó Siddhartha, “espero que se posen en nuestro lago.” Pero justo en ese momento uno de los cisnes cayó del cielo.

“¡Oh, no!” gritó Siddhartha, mientras corría hacia donde cayó el cisne.

“¿Qué ocurrió? Hay una flecha en tu ala”, dijo. “Alguien te ha herido.” Siddhartha le hablaba muy suavemente, para que no sintiera miedo. Comenzó a acariciarlo con dulzura.Muy delicadamente le sacó la flecha. Se quitó la camisa y arropó cuidadosamente al cisne.“Estarás bien enseguida,” le dijo.
“Te veré luego.”

Justo, en ese momento, llegó corriendo su primo Devadatta. “Ese es mi cisne,” gritó.
“Yo le pegué, dámelo.”
“No te pertenece,” dijo Siddhartha, “es un cisne silvestre”“Yo le fleché, así que es mío. Dámelo ya.”“No,” dijo Siddhartha.
“Está herida y hay que ayudarla.”

Los dos muchachos comenzaron a discutir. “Para,” dijo Siddhartha. “En nuestro reino, si la gente no puede llegar a un acuerdo, pide ayuda al rey. Vamos a buscarlo ahora.” Los dos niños salieron en busca del rey. Cuando llegaron todos estaban ocupados.“¿Qué hacen ustedes dos aquí?” preguntó uno de los ministros del rey. ¿No ven lo ocupados que estamos? Vayan a jugar a otro lugar.” “No hemos venido a jugar, hemos venido a pedirles ayuda.” Dijo Siddhartha.

“!Esperen!” llamó el rey al escuchar esto. “No los corran. Están en su derecho de consultarnos.” Se sentía complacido de que Siddhartha supiera cómo actuar. “Deja que los muchachos cuenten su historia,” dijo.
“Escucharemos y daremos nuestro juicio.”
Primero Devadatta contó su versión.
“Yo herí al cisne, me pertenece.” Dijo.
Los ministros asintieron con la cabeza. Esa era la ley del reino. Un animal o pájaro pertenecía a la persona que lo hería. Entonces Siddhartha contó su parte.
“El cisne no está muerto.” Argumentó. “Está herido pero todavía vive.”

  

Siddhartha cuidó del cisne hasta que estuvo bien otra vez. Un día, cuando su ala sanó, lo llevó al río.“Es hora de separarnos,” dijo Siddhartha.Siddhartha y Devadatta miraron como el cisne nadó hacia las aguas profundas. En ese momento escucharon un sonido de alas sobre ellos.“Mira,” dijo Devadatta, “los otros han regresado por ella.”

El cisne voló alto en el aire y se unió a sus amigos. Entonces todos volaron sobre el lago por una última vez.

“Están dando las gracias,” dijo Siddhartha, mientras los cisnes se perdían hacia las montañas del norte.

Título original: Siddhartha and the Swan
©Adiccabandhu & Pasmasri.
Traducción al español: Henriette Arreaza Adam

Cuentos budistas para niños-EL CUENTO DEL PRÍNCIPE DE LA PALABRA SABIA

EL CUENTO DEL PRÍNCIPE DE LA PALABRA SABIA


1. EL RENACIMIENTO DEL BODHISATTVA Había una vez un rey de gran rectitud. Su esposa la reina, de un carácter muy dulce, dio a luz a un hermoso bebé y el rey se sintió inmensamente feliz. Pensando en la conveniencia de dar a su hijo un nombre que le favorecería toda la vida, lo llamó Príncipe de la Palabra Sabia. En realidad, el príncipe no era un bebé ordinario, ni esta era su primera vida. Hace millones de años había sido fiel discípulo de un Buda, un Gran Ser Iluminado, ya olvidado por la gente. Deseaba fervientemente convertirse en un Buda, igual a su querido maestro. Renació muchas veces, a veces entre animales, a veces entre dioses de larga vida y otras veces entre seres humanos. Siempre trató de aprender de sus errores para desarrollar todas las perfecciones. De este modo, él purificaba su mente y removía los tres venenos formados por los apegos, el odio y la ilusión en un yo propio, que son las raíces de todos los estados insatisfactorios. Al practicar las perfecciones, algún día acabaría sustituyendo esos venenos con las tres purezas, que son: estar libre de ataduras, siempre actuar con benevolencia amorosa y poseer gran sabiduría. Ese Gran Ser, acabado de nacer como príncipe, había sido seguidor de un Buda del pasado. Su meta era alcanzar la misma Iluminación de un Buda para poder experimentar la Verdad completa. Por eso, la gente lo llamaron Bodhisattva, lo que significa Ser que Aspira la Suprema Iluminación.Nadie realmente sabe por cuántos millones de vidas renació ese gran héroe. Pero, se han contado muchas historias, incluyendo la siguiente que nos habla de un príncipe llamado de la Palabra Sabia. Después de muchas vidas más, finalmente ese Gran Ser llegó a su meta y en nuestro tiempo lo recordamos con mucho amor y respeto como el Buda. 2. LA ENSEÑANZA DE LOS DIOSES Después de un año, la reina tuvo otro hijo y lo llamaron Príncipe Luna. Cuando ambos niños comenzaron a caminar, la reina se enfermó seriamente y murió. Buscando a quien le ayudara con el cuidado de los niños, el rey encontró a una princesa y la hizo su nueva reina. Después de unos años, esta reina alumbró a un bello niño y lo llamaron Príncipe Sol. El rey, lleno de felicidad, quería recompensar a su reina por criar a los tres niños y le concedió un deseo para complacerla. La reina, poniéndose a pensar, dijo: “Gracias, mi señor, voy a esperar para expresar mi deseo en otro momento futuro.” El tiempo transcurrió feliz y los tres príncipes se hicieron tres apuestos jóvenes. La reina vio que el Príncipe de la Palabra Sabia era muy inteligente y de buen carácter y pensó: ” Si los dos príncipes mayores se quedan en el palacio, mi hijo, el Príncipe Sol, jamás llegará a ser rey. Por lo tanto, debo hacer algo para asegurar que él sea el futuro rey.”Un día, cuando el rey estuvo de muy buen humor, la reina se acercó con respeto y le recordó que todavía debía expresar su deseo. Muy feliz, el rey dijo: “Lo que sea, voy a complacerte.” Entonces la reina dijo: “Mi querido esposo y rey, deseo que después que termine tu vida, mi hijo, el Príncipe Sol, sea tu sucesor en el reino.”

El rey se impactó profundamente al escuchar la ambición de la reina. Muy enojado dijo: “Mis dos primeros hijos son como estrellas brillantes. ¿Cómo puedo permitir que mi reino sea heredado por mi tercer hijo? La gente no lo aceptaría. ¡Esto simplemente no puede ser!” La reina se quedó callada. Tan feliz que el rey había estado, ahora le cayó una gran tristeza. Estaba asustado y lleno de temores. Temía que la reina causara daño a sus primeros dos hijos mediante algún juego sucio. Por eso decidió encontrar una manera para asegurar la vida de esos dos hijos. En secreto, el rey llamó al príncipe de la Palabra Buena y a su hermano, el Príncipe Luna a su despacho y les comunicó el desdichado deseo de la reina. Con gran tristeza les hizo entender que la única manera de garantizar su vida era que se fueran del reino. Sólo debían regresar después de su muerte para ocupar las posiciones que le correspondían frente al reino. Los dos príncipes, obedeciendo a su padre, aceptaron su orden y se prepararon para salir del reino. Cuando estaban listos, se despidieron de su padre y de sus amigos y se pusieron en marcha. Cruzando por los jardines del palacio, se encontraron con el Príncipe Sol. Él siempre había sido muy afectuoso y quería mucho a sus dos hermanos mayores. Al escuchar que se iban por mucho tiempo, no lo quiso aceptar y decidió irse con ellos. De este modo, los tres príncipes emprendieron el viaje juntos. Viajaron durante meses, hasta que llegaron a un país montañoso en los Himalayas. Muy cansados se sentaron debajo de un árbol. Entonces, el hermano mayor dijo al Príncipe Sol, el menor: ” Por favor, ve al lago que se ve más abajo, llena unas hojas de loto con agua y tráelas para que nos refresquemos.” No sabían que ese hermoso lago de aguas azules estaba poseído por un demonio de agua. El superior de ese demonio le había dado permiso para comerse cualquier ser que se metía al agua. Pero, debía respetar la siguiente condición: No podía comer a alguien que sabía responder correctamente a la pregunta “¿Cuál es la enseñanza de los dioses?” Cuando el Príncipe Sol llegó a la ribera del lago, sintiéndose sucio, cansado y con sed, simplemente entró en el agua sin ninguna precaución. De repente, el demonio del agua emergió de la profundidad y lo agarró. Enseguida le preguntó: “Dime, ¿cuál es la enseñanza de los dioses?” Asustado, el Príncipe Sol contestó: “Conozco esa respuesta. El sol y la luna son la enseñanza de los dioses.” “¡No conoces la respuesta y por lo tanto eres mío ahora!” dijo contento el demonio de agua. Luego haló al Príncipe Sol hacia la profundidad y lo encerró en una cueva. Como el Príncipe Sol no regresaba, el Príncipe de la Palabra Sabia encargó al Príncipe Luna, su segundo hermano, para que bajara al lago y trajera agua en hojas de lotos. Al llegar al lago, él también entró directamente al agua, sin averiguar nada. De nuevo apareció el demonio de agua, lo agarró y preguntó: ¿”Cuál es la enseñanza de los dioses?” El Príncipe Luna contestó: “Conozco la respuesta. Las cuatro direcciones, norte, este, sur y oeste, son las enseñanzas de los dioses.” “¡No conoces la respuesta y por lo tanto eres mío ahora!” Luego el demonio también encerró al Príncipe Luna en la misma cueva debajo del agua, donde estaba el Príncipe Sol. Después que ambos hermanos no regresaron, el Príncipe de la Palabra Sabia se preocupó y sospechó que algo raro había pasado. Entonces, él mismo bajó hacia el hermoso lago azul. Como persona sabia y cuidadosa, él no se introdujo al agua, sino investigó primero. Vio las marcas de los pies de sus hermanos llegar hasta el mismo agua, pero sin marcas de su salida. Para protegerse, tenía a mano su espada y su arco con flechas y se puso a caminar alrededor del lago. Al ver que este príncipe no se introdujo directamente al agua, el demonio del lago se le presentó en forma de un villano y le dijo: “Estimado amigo, usted se ve cansado y sucio de un largo viaje. ¿Por qué no se mete al agua para bañarse y beber y comer algunas raíces de loto?” Pensando en las huellas de los pies de sus hermanos que entraban pero no salían del lago, el Príncipe de la Palabra Sabia respondió: “Debes ser una especie de demonio, disfrazado de ser humano. ¿Qué hiciste con mis hermanos?” Sorprendido por haber sido descubierto tan rápidamente, el demonio de agua recuperó a su verdadera apariencia feroz y contestó al príncipe: “Por lo que me es permitido, he capturado a tus hermanos.” El príncipe preguntó: “¿Qué cosa te es permitida?” A lo que el demonio respondió: “Tengo permiso para comérmelos. Mi superior me concedió que puedo comer a todos los que se introducen en el lago y que no conocen la enseñanza de los dioses. Si alguien conoce esa enseñanza, no tengo el permiso de comérmelo.” El príncipe preguntó: ¿Por qué necesitas saber eso? ¿Cuál es la ventaja que un demonio como tu conoce la enseñanza de los dioses?” y el demonio de agua contestó: “Debe haber alguna ventaja para mí.” “Pues, entonces, te voy a enseñar lo que los dioses quieren que hagamos,” dijo el Príncipe de la Palabra Sabia, “pero, tengo un problema. Mírame, estoy lleno de sucio del viaje y no se me permite pronunciar esas enseñanzas sabias en esta condición.”Para entonces, el demonio del agua se había percatado que este príncipe era alguien especial. Por eso, él mismo se puso a lavarlo y refrescarlo, le dio agua de beber con hojas de loto y le dió unas raíces suaves de loto para comer. Incluso le preparó un asiento confortable y lo decoró con bellas flores silvestres. Después de guardar su espada, arco y flechas, el Gran Ser tomó asiento y el demonio feroz se colocó a sus pies, como si fuera un discípulo escuchando a su maestro. Entonces, el príncipe de la Palabra Sabia dijo: ” La enseñanza de los dioses es la siguiente: “Debes avergonzarte de tus actos malsanos.
No debes envolverte en actos maliciosos. Por lo contrario, siempre debes dedicarte a actos del bien, que llevan felicidad a los demás y que ayudan a la humanidad. Luego brillará en tu corazón la luz de la felicidad y de la paz.”
El demonio del agua se sintió complacido con la respuesta y dijo: “Príncipe de gran saber, me siento muy satisfecho con tu respuesta. Me has hecho tan feliz, que te devolveré uno de tus hermanos. ¿Cuál de los dos eliges?”

El Príncipe de la Palabra Sabia le dijo: “Devuélveme a mi hermano menor, el Príncipe Sol.” El demonio le respondió: “Mi estimado príncipe, tan sabio que conoce la enseñanza de los dioses, sin embargo, no lo estás practicando.” El príncipe preguntó: “¿Por qué dices eso?” El demonio contestó: ” Porque dejas morir el que es mayor y salvas el menor. ¡No estás respetando a los mayores!” Entonces, el príncipe dijo: “Oh demonio, conozco la enseñanza de los dioses y ciertamente la estoy practicando. Los tres príncipes hemos salido de nuestro palacio debido a mi hermano menor. Su madre solicitó el reino de nuestro padre para él. Para protegernos, nuestro padre nos mandó lejos. El joven Príncipe Sol nos acompaña por su lealtad. Pero, si retornamos a la corte sin él, diciendo que un demonio de agua se lo comió, ¿quién nos creería? Pensarían que nosotros lo matamos porque él era la causa de nuestra desdicha. Esto traería vergüenza sobre nosotros y gran dolor al reino. Al querer evitar esos resultados tan desfavorables, te pido que sueltes al Príncipe Sol.” El demonio de agua quedó profundamente impresionado por lo que escuchó y dijo: “Bien dicho, bien dicho, mi estimado señor. Conoces a la enseñanza de los dioses y verdaderamente la estás practicando. Muy feliz te devolveré a ambos hermanos.” Tan pronto habló, se introdujo al agua y trajo consigo a ambos príncipes hacia la superficie. Estaban mojados, pero no habían sufrido ningún daño. Más tarde, el Bodhisattva continuó aconsejando al demonio diciendo: “Oh demonio de agua, eres mi nuevo amigo. Pienso que debes haber cometido muchos actos malsanos en tus vidas anteriores para haber nacido como un demonio feroz que se alimenta devorando a la gente. Si continuas de esta manera, te quedarás atrapado en un estado deplorable aun en tus vidas futuras. Las obras malsanas llevan a la vergüenza, a situaciones dolorosas y a renacimientos desfavorables. Sin embargo, las obras buenas son la causa del disfrute de respeto, de paz y de un renacimiento favorable. Por lo tanto, sería mucho mejor para ti cambiar tu manera y en lugar de proseguir con tus actos impuros dedicarte de ahora en adelante a obras del bien.” De este modo, el demonio se arrepintió de sus malas maneras y los príncipes vivieron felices bajo su protección. Un día llegó la noticia de la muerte de su padre. Entonces, los tres príncipes, junto con su amigo el demonio del agua, regresaron a su ciudad. El príncipe de la Palabra Sabia fue coronado como rey, el príncipe Luna como Primer Ministro y el Príncipe Sol como comandante del ejército. Al demonio del agua lo gratificaron con un lugar seguro para vivir, donde le atendieron muy bien, dándole mucha comida y todo lo que le hacía falta para el resto de su vida. De este modo, todos podían acumular pensamientos buenos y actos meritorios que los llevarían a renacer en el reino del cielo.DEBEMOS APRENDER LA SIGUIENTE MORALEJA: Los actos malsanos son causa de vergüenza y temor, mientras los actos buenos son causa del disfrute de respeto y paz.

Los Niños y la muerte (11 parte)- ELISABETH KÜBLER-ROSS

viene de aquí  

11

Dejarlos marchar

¿ El día de la separación será acaso el día de la reunión? ¿ Y quizá se dirá

que mi ocaso fue en realidad mi amanecer? Kahlil gibran El profeta

Dejar partir es uno de los trances más difíciles de la vida. Hay que empezar a hacerlo cuando, al nacer, el bebé debe permanecer en el hospital un día o dos más que la madre, quien naturalmente pensaba llevarse ese paquetito de felicidad a su casa.

Años más tarde, aprendemos a dejar partir a los niños a la guardería o a la escuela. A los papás parece que los afectan menos «las despedidas», puesto que son muchos los que deben irse antes de que los niños suban ilusionados al autobús escolar en su primer «gran día». Después, escuchan cómo fue todo, pero no estaban allí cuando llegó el autobús, cuando un indeciso niño estuvo a punto de darse media vuelta y echar a correr hacia los brazos de su madre.

Luego debemos dejar a nuestros hijos cuando el médico dice que hay que ingresarlos porque tienen apendicitis y hay que prepararlos para la operación. Si bien son «pequeños traumas», de algún modo constituyen una preparación para que los padres no piensen que sus hijos estarán siempre con ellos.

Una mujer escribe a su propia madre, explicán­dole sus sentimientos sobre la maternidad:

«De una madre a otra:

»Laura se acaba de ir. Son las seis y cuarto de la mañana y aún está oscuro. Pensé que yo podría dor­mirme otra vez, pero no hay forma: estoy demasiado excitada. Esto es lo que pasa cuando se es madre. Es posible que a veces sólo lo comprenda otra madre. Laura no quiso que la llevase al aeropuerto, prefirió coger un taxi e irse sola. Nos dimos un fuerte abrazo y un montón de besos, con muchos “te quiero y que lo pases muy bien” y se fue, ella solita, y yo me he quedado aquí.

»Laura ya ha emprendido sola otras aventuras: ir de acampada, el primer día de clase, e incluso de pe­queña fue sola una vez en avión. Pero ahora es algo diferente. Tiene trece años y quiere hacerlo todo sola. “No te preocupes, mami, estaré bien.” Recuerdo per­fectamente cuando yo te lo decía a ti.

»Y realmente no estoy preocupada y me siento or-gullosísima de que quiera hacerlo sola. Sin embargo hay una emoción soterrada difícil de definir. Intuyo que co­noces ese sentimiento inherente al hecho de ser madre.

»Laura estará fuera una semana y luego, por su­puesto, regresará. Pero sé que se volverá a ir, una y otra vez, y probablemente cada vez que regrese será algo diferente.

»A lo mejor es que la nebulosa mañana se despeja de improviso, o quizá sea la serena quietud de la casa a primera hora de la mañana… Por primera vez siento la perspectiva del tiempo, de cómo la vida de mi hija sólo está de paso por la mía, y de cómo algún día se irá “valiéndose por sí misma”.

»Es un sentimiento bonito. Laura está maduran­do sana, y feliz. Emocionalmente intuyo que el tiem­po que pasa conmigo, con su mamá, es realmente corto en el contexto de su vida y la mía.

»Pero ¿adónde va? Se va hacia el sur a visitar a sus abuelos, mis padres, retrocediendo una generación. Esto también está bien, en el contexto de las cosas, en su vida y en la tuya.

»Empecé este monólogo pensando en mí y en lo que significa ser una madre. Ahora pienso en ti y en tu hijo, mi hermano, que murió hace tres años. Pen­samos más en Alan de lo que hablamos de él.

»Se fue, y el tiempo que pasó por tu vida fue de­masiado corto. Todas las veces que se fue “para arre­glárselas por sí solo”, regresó, y cada vez era un poco diferente. Pero, mamá, eso es lo que implica ser ma­dre, aunque su última partida fue incomprensible Creo que ahora, de madre a madre, lo comprendo mejor. El tiempo que tenemos con nuestros hijos es limitado; deben irse. El tiempo que tenemos con nuestros hijos es eterno, aunque se vayan. Debemos apreciar el tiempo que pasamos con nuestros hijos.

»No quisiera haberte entristecido. La partida de un hijo forma parte de lo que significa ser madre. Y eso, sea cual sea la circunstancia, no es triste, es in­creíblemente especial.

»Te quiero, mamá.

»Dale un fuerte abrazo y muchos besos a mi hija que también es tuya. Sé que disfrutas el tiempo que pasas con ella y también conmigo, tu hija. Posible­mente por eso sabía que comprenderías… mis senti­mientos de madre.

»Tu hija Netta.» 

*  *  *

¡No, no mi hijo!¿Fibrosis quística? ¿Qué es eso?¿ Cuánto tiempo lo tendrá ? ¿ Hasta los seis o los dieciséis ?Doctor, dígame todo lo que sepa.¿ Se curará algún día ?Un minuto de serenidad. Espere. No entiendo.       ¿ Hay que hacerle tratamientos manuales ? Tengo que presionarle el pecho tres veces al día, para que elimine la mucosidad que no puede expulsar.¿Ha dicho siempre} ¿Tendrá esta enfermedad mientras viva?¿Mi pequeño Gary? Dígame que no es cierto, ¡por favor! ¿ No puede tratarse de un error? ¿ No le hará más pruebas ? Debe de haber confundido sus radiografías con las de otro niño.¿Terapia de vapor? ¿Drenaje postural? ¿Enzimas y pastillas? Me está diciendo que esa enfermedad debilita y mata.Dice que no tiene cura. ¿Está seguro? ¡Oh Dios! No mi hijo. No, él no. Eso no.Esto lo escribió D. A. G. en mayo de 1974, cuando Gary tenía tres años y medio y le acababan de diag­nosticar fibrosis quística. Ahora ha cumplido diez años.

Trabajar el duelo

En general, los padres viven de distintas maneras el duelo por la muerte de un hijo. No se les debe decir: «Ahora deberías tenerlo superado, ¡ya hace más de un año!».

Los miembros de la familia que hablan sobre ello, que comparten sus experiencias con otros pa­dres que han perdido un hijo, con el personal del hospital, aun después de la muerte del hijo, o con un religioso o familiar compasivos, suelen superarlo mucho mejor que los que no manifiestan sus senti­mientos y regresan al trabajo simulando que la vida sigue como siempre. El relato de un padre sobre cómo vivió ese dolor es un bello ejemplo de la im­portancia que pueden adquirir los pequeños y pre­ciosos recuerdos, de cómo una flor favorita despierta intensos recuerdos, de cómo las mariposas se con­vierten en símbolos, símbolos universales de vida eterna (como nos enseñaron los niños de los campos de concentración).

Notas de un padre

«Christian era el favorito de mis tres hijos. Era el me­diano, me imagino que sería por eso. Me parecía que necesitaba más atención. Lo adoraba.

»Al escribir estas líneas, las lágrimas me humede­cen los ojos. No puedo pensar en nada negativo so­bre Christian, todas las cosas bonitas reavivan su re­cuerdo.

»Le gustaban las flores, sobre todo las dalias, y disfrutaba con la belleza de las cosas. Recuerdo un día en que fuimos a una casa en la que vendían cosas a buen precio. Vio una joya de bisutería que quería comprar para su madre. Traté de que buscase algo más práctico (un anillo de plata, o una cadenita de oro), pero después de mirarlo todo volvió a la bisu­tería. Insistía, y con razón, que eso era «bonito» y quería llevar algo «bonito» a su madre. Desde enton­ces, mi mujer nunca se ha quitado esa bonita cadena, y, cada vez que la veo, aunque esté deslustrada, sólo puedo verla con los ojos de Christian.

»A veces pienso que es mejor “haber querido y perdido a alguien”, que no haber querido nunca. An­tes pensaba esto respecto al amor entre un hombre y una mujer, pero ahora lo veo más relacionado con la muerte de un hijo joven. Aunque me siento desolado, creo que los seis años y medio que nos dio Christian valieron la pena.

»Me pregunto qué hacen las personas sin niños. Algunas tienen perros, o algún otro animal domésti­co. Los hay que tienen alguna afición, pero me da la impresión de que esas cosas terrenales no pueden in-

teresar de manera exclusiva u ocupar a una persona constantemente.

»Ahora me hago preguntas sobre los que están solos, o solteros, o no tienen hijos; me pregunto si han vivido una tragedia. He aprendido que no somos los únicos a los que les ha pasado algo así. Donde vi­vimos hay otras dos parejas que han perdido a sus hijos recientemente (hace menos de dos años). Hace unas semanas fuimos a una fiesta y mi mujer se puso a hablar con una de las mujeres, que perdió una niña de dos años de no sé qué enfermedad (no era cáncer). Su marido no quería pensar en ello y desde que ocurrió no hablaba del tema. Mi mujer y yo sentimos un gran alivio después de hablar sobre Christian y llorar por él. A esa mujer se le cayeron las lágrimas cuando mi mujer le dijo que nuestro hijo de cinco años a veces llora porque añora a Christian.

»Ahora es más fácil escribir, aunque a veces no puedo contener la angustia, sobre todo cuando hablo con mi mujer. El jueves, Christian cumpliría siete años si viviese. Puede ser un día difícil. Dentro de tres meses nos trasladamos al extranjero, por razones de trabajo. Eso nos brinda la oportunidad de salir de la casa que era el lugar preferido de Christian. Para mi mujer sigue siendo muy difícil superarlo porque a Christian le gustaba mucho salir y solía esperar fuera hasta que llegaba un amigo. Christian hacía amigos con facilidad. A mí me resulta más fácil rehacerme porque creo que cumplo los deseos de Christian.

»Cada día le rezo, aunque sé que no me puede responder. He tenido una educación católica, pero no estoy seguro de Dios. Es curioso que rece y al mismo

tiempo dude sobre Dios. Y, mientras más rezo a Christian y más tiempo pasa sin que me responda, más seguro estoy de que Dios existe, por lo menos como creen la mayoría de los cristianos.

»En la familia tenemos muchos tópicos sobre Christian, pero mi favorito es que él era nuestro Cristo. Ante mis ojos era perfecto, y humano. Vino a nosotros por una razón, y murió sin quejarse. Me gustaría saber cuál fue su finalidad en la tierra.

»Mi suegra murió hace unos años y siempre pen­sé que su objetivo en la vida era que Connie y yo nos casáramos. Es más, creo que uno de nuestros hijos debe cumplir un destino. Y creo que la muerte de Christian obedecía en parte a eso.

»También considero que Christian era muy espe­cial. Apenas reclamaba atención y se esforzaba por hacer las cosas lo mejor posible. Y, cuando en una fa­milia hay una persona muy especial, ésta no puede ser retenida demasiado tiempo pues debe entregarse para ayudar a otros…

»Cuando vi a Christian en su último reposo, ad­vertí las marcas dejadas por las inyecciones intrave­nosas, una en cada mano. Eran negras y azules y me recordaron las heridas de los clavos de Cristo.

»E1 domingo salimos a dar una vuelta en coche y nos paramos a ver a una pareja que perdió a una hija de leucemia, hace cosa de un año. La primera vez que oí hablar de esa tragedia no le presté demasiada aten­ción. Ahora que he pasado por lo mismo, tengo ganas de abrazarlos y ser amable con ellos. Sólo les queda uno. Nosotros tenemos dos. Doy gracias a Dios por ellos. En estos momentos, sin ellos la vida carecería

de sentido. La pérdida de Christian podría haber sido devastadora.

»Las personas de nuestra comunidad han sido muy amables y generosas, gracias en parte a la popu­laridad y al trabajo de mi mujer en la comunidad. Es muy gratificante ver que hay gente que realmente se preocupa de verdad.

»El sábado, cuando arreglé el jardín, trabajé como un demonio porque lo hacía para Christian.

»Mi hijo de cinco años llora a veces, y son lágri­mas sinceras. Nos mira y su carita dice: “No pasa nada si se llora, mami. Sé cómo te sientes”. Es asom­broso en un niño de cinco años. No te deja volver la cabeza, quiere verte la cara. Hace un mes, un día que fuimos en tren y pasamos por un túnel, dijo: “Mira, mamá, estamos debajo del suelo, igual que Chris­tian”. Ha hecho ya otras observaciones de este tipo.

»Nuestro hijo de once años no llora tantas veces abiertamente desde que murió su hermano. Espero que el contenerse no lo perjudique psicológicamente.

»Temo que nuestros hijos hayan quedado muy marcados por la muerte de su hermano.

»Cuando Christian comenzaba a estar enfermo, mientras pasábamos un día por una carretera de cir­cunvalación subterránea, preguntó: “Mamá, ¿qué se siente cuando se está enterrado?”. Tenía miedo de es­tar solo bajo tierra. No de morir, sino de estar solo. Pensar en que Christian sufría me produce ansiedad. Recuerdo que un día, en casa, ya enfermo, hizo una gamberrada. Lo cogí y le di una bofetada. Él intentó apartarse y se dio un golpe con un mueble del come­dor. Le dije que por muy enfermo que estuviera no

podía hacer cosas así. Ahora pienso que quizá fui de­masiado severo con él.

»También tenemos una sensación de impotencia. Cuando Christian empeoró, por Navidad, leímos en el periódico un artículo sobre el Interferón y algún otro remedio milagroso y enseguida tomamos nota e hicimos algunas llamadas para ver si servía en el caso de Christian. Escribí a un cirujano de Canadá, quien respondió que ese tumor no se podía operar. Pronto nos dimos cuenta de que en nuestro hospital podían hacer prácticamente lo mismo que en cualquier otro centro. Entonces consideramos el caso con los médi­cos de allí.

»Quizá deberíamos escribir al Instituto Nacional contra el Cáncer para ver si podemos ayudar o ver a esas personas.

»Creo que estamos perdiendo el tren en la investi­gación cancerígena en un área. Se debería tener más en cuenta el historial médico de la familia del que muere de cáncer. Creo que si se introdujeran en un ordenador suficientes datos sobre un grupo de personas que pa­decen cáncer, pronto se encontraría una correlación. He leído en un periódico que los chinos explicaron el cáncer de esófago tras enviar por dos o tres años a un equipo de investigadores a una zona particularmente afectada por la enfermedad, para hacer un estudio ex­haustivo. Analizaron todos los aspectos de la situa­ción, y pronto centraron su atención en unos hongos que crecían en el pan. En cualquier caso, localizaron la raíz del problema en muy poco tiempo.

»Mi mujer cree que la semilla del tumor de Chris­tian pudo haber germinado debido a los problemas

que le causaban sus infecciones de oído. Tuvo mu­chas y le hicieron numerosas punciones en el tímpano (miringotomía).

»Ambos pensamos que hubo exposición a agen­tes cancerígenos en más de una ocasión: con el mer­curio y los rayos X de la consulta del dentista en que trabajaba Connie cuando esperaba a Christian; con el clorodano, que esparcí hace cosa de un año para ma­tar a los grillos; y también fue una estupidez fumigar toda la casa, por dentro y por fuera, con metecloro-dano (utilizado sobre todo para matar termitas). Ahora soy reacio a utilizar esas sustancias, y creo que nunca las volveré a utilizar dentro de la casa.

»En la última semana de vida de Christian surgió la posibilidad de administrarle un medicamento ex­perimental. Se llamaba Cisplatin. Se suponía que las células cancerígenas lo absorbían más rápidamente que las normales, con lo que se mataba el tumor. Al principio no se lo dieron porque tenía fiebre, pero pensamos que, puesto que era su última oportunidad, debíamos probarlo, aunque pudiese matarlo. No produjo el efecto deseado.

»Quisiera agradecer humildemente la gran ama­bilidad y generosidad de algunas personas de nues­tro entorno para con nosotros después de la muerte de mi hijo. Trataré de corresponderles con creces. Es una satisfacción comprobar una vez más que la gente se preocupa realmente por los demás, en especial las personas de esta extraordinaria comunidad.»

Hace poco recibí esta carta de J., el padre de Chris­tian:

«Querida Elisabeth:

»Hoy recibimos su carta y nos alegró mucho tener noticias suyas. Muchas gracias por sus alentadoras palabras. Sus comentarios siempre son un bálsamo para nosotros. De todos modos, debo confesarle que cada vez me resulta más difícil creer en algo. Nací y fui educado en la religión católica, y me enseñaron a creer. Quiero creer, debería hacerlo, pero después de la muerte de Christian y de todas las plegarias, pen­samientos y energías que le precedieron, me parece cada vez más difícil. He solucionado las cosas por mí mismo. Por más vueltas que le doy, pienso que la única razón por la que quiero creer que volveré a ver a Christian es porque estoy desesperado por verlo. Probablemente sólo creo porque así me lo enseñaron o —recordando los métodos de enseñanza de las monjas— porque me lavaron el cerebro para que pensara así. No pretendo ofender a nadie.

»Ahora lloro muy de vez en cuando, alivia mucho la tensión. Cuando se llevaron a Christian, solía ima­ginarlo cerca de nosotros, tal como antes. A medida que pasó el tiempo me figuraba que sólo recuperaba su antigua apariencia cuando yo lo requería. Más ade­lante me dijo que ya no podía venir a mí con su apa­riencia antigua, que tenía que unirse a los demás, que lo imaginase en forma de nube, formando parte de una enorme nube. Ahora siempre que veo una nube pien­so en él. También lo recuerdo siempre que veo una mariposa, que me trae a la memoria la respuesta de un artista —el autor de la pintura que usted le mandó—, a una pregunta sobre su obra: “¿Por qué quiere un dibujo de una mariposa? Las mariposas son libres”.

»Asimismo, siempre que estoy solo y veo un pá­jaro, me gusta pensar que es Christian y que está tranquilo, volando libre, sin perdernos de vista, aun­que sabe que no puede cambiar nada.»

Una de las reacciones ante la muerte de un ser queri­do es la necesidad de una señal «de vida» del hijo que se fue. Queremos tocarlo una vez más, ver su sonrisa, escuchar su voz, pero sobre todo necesitamos saber que está bien y que no se siente solo como nosotros.

Una madre cuyo hijo murió en Navidad tuvo un hermoso sueño la víspera del cumpleaños de éste, en octubre del siguiente año. En el sueño, madre e hijo estaban juntos. Ella le dijo que, después de todo, no se había ido, a lo que él respondió que se había ido, pero que no estaba solo.

Mientras más empeño pongan los padres en ver o sentir a su hijo muerto, menos probable es que lo consigan. Los verdaderos sueños sobre un hijo falle­cido no suelen tenerse hasta semanas, o meses, des­pués del óbito, cuando los padres comienzan a recu­perarse de la dolorosa pérdida y a dormir las primeras noches tranquilas.

Las familias que han tenido tiempo de prepararse para la muerte inminente de un niño pueden sobre­ponerse mejor puesto que han pasado casi todo el duelo durante los últimos meses o semanas de la vida del hijo y por eso pueden «ver» a su ser querido en sueños mucho antes.

Una joven madre, cuya hija fue estrangulada tras ser sometida a una brutal violación, regresó a casa desesperada, después de vagar sin rumbo durante

días. Cuando por fin se tendió en la cama, vio que en­traba por la ventana una intensa luz en la que aparecía su hijita, sana, radiante y sonriente, con los brazos extendidos: «¡Mira, mami!». Su hija desapareció al cabo de unos minutos, pero la visión la llenó de tanta paz y de tanto amor que, después de eso, tenía la mente más serena que las personas de su comunidad, aún espantadas por lo sucedido.

Creo que las visiones, los sueños y las apariciones de nuestros seres queridos muertos dependen en gran manera de nuestra necesidad natural. Creo que se nos da lo que necesitamos y, si somos incapaces de soñar o de ser conscientes de que nuestros hijos simple­mente nos han dejado por un tiempo, puede ser una prueba de nuestra fe y confianza. Más tarde, cuando en la vida miremos hacia atrás y veamos nuestras tor­mentas, nos daremos cuenta de lo mucho que nos han cambiado, de lo mucho que nos hemos enriquecido en generosidad y comprensión.

Una mujer de Massachusetts que en cuatro años había perdido a su marido y a su pequeña hija de cua­tro años de cáncer, tuvo una bella experiencia simbó­lica tras la muerte de la niña. Poco antes de morir, Brenda le dijo a su madre que le mandaría un «carde­nal», el ave de plumas rojas, como prueba de que existía el Cielo. El mismo día del funeral, aparecieron en el jardín de los Boschetto más de una docena de esas llamativas aves, que antes nunca se habían visto allí. Las apariciones de los cardenales en su patio eran casi diarias y han fortalecido la fe de Maxine Bos­chetto en la continuidad de la existencia.

     Quiero añadir algo sobre el hecho de «buscar» una prueba de supervivencia. Muchos padres están tan desesperados que pagarían cualquier cosa por un «mensaje» de su hijo muerto. Visitan médiums, se hacen predecir el futuro y no reparan en gastos ni viajes en pos de esa señal. Pero esos padres tienen los mismos dones que los llamados médiums. Si mantie­nen la serenidad, si confían, si están dispuestos a aceptar lo que se les da y dejan de buscar recursos ex­ternos, encontrarán ayuda y se sentirán aliviados al tener la certeza de que volverán a ver a sus hijos. Abundan los charlatanes deseosos de encontrar a al­guien a quien explicarle cómo comunicarse con su hijo fallecido. Por la noche, pide en tus oraciones o en tus pensamientos una señal de tu hijo, y, si realmente la necesitas, te será concedida.   También verás que al principio, cada mariposa, cada nube, cada rayo de sol te parecerá una señal de tu hijo. Acéptalo sin ser demasiado autocrítico. Te ser­virá para que vuelvas a fijarte en la belleza que sigue habiendo a tu alrededor y que siempre nos rodeará, aunque mueran todos nuestros hijos. Esta forma par­te natural del proceso de curación.   Los niños que han participado con la familia en el proceso de muerte y duelo, luego saben expresar lo que sienten; algunos incluso escriben cartas al difunto para despedirse. Meagan tenía diez años cuando mu­rió su querido abuelito. Pintó un hermoso arco iris con un ángel sobre una nubecita azul celeste (en el lenguaje simbólico universal, el azul celeste represen­ta el «desvanecimiento de la vida»). En el ángulo su­perior izquierdo del dibujo, sobre el ángel escribió: «Abuelito, esta nube es para que te sientes». En la esquina superior de la derecha añadió: «Un arco iris es muy alegre y quiero que tengas algo alegre para re­cordarnos». En una carta que acompañaba al dibujo le escribió: «Abuelito, por favor, sé feliz en el Cielo. Todos queremos que lo seas. Todos rezamos para que lo seas. ¿Cómo es la casa o la nube en que estás? ¿Has conocido a algún presidente o personas famo­sas? Bueno, adiós, que seas feliz».El mismo día la pequeña escribió una carta de ac­ción de gracias de la que muchos adultos podrían aprender. Dice así.Las cosas que agradezcoCuando era un bebé mi verdadera madre dijo que no podía cuidarme ni proporcionarme un hogar, y me entregó en adopción. Me siento agradecida por eso, porque llegó una encantadora pareja (los que ahora son mis padres) que dijo que quería una niña y la describieron parecida a mí. La señora los acompañó a verme y ellos le dijeron que me proporcionarían un buen hogar, y así fue. Así que estoy agradecida por tener una familia maravillosa.También estoy agradecida con el mundo, porque si no hubiera mundo yo no estaría aquí con mi fa­milia. Sin pájaros ni flores, sin personas ni animales. Pero tenemos esas cosas y también debemos agrade­cerlas.

Durante el difícil proceso de aceptación de la pérdida de un niño, algunos padres encuentran consuelo en las cosas que hicieron sus hijos en vida y se enorgu­llecen de las últimas cosas que realizaron. Una madre

describe lo mucho que le cuesta (nos ocurre a todos) aceptar la inminencia de la muerte de su hijo.

«Ese horrible 3 de diciembre, el médico se detuvo en el vestíbulo y me dijo: “Debo decirle que no creo po­der curar a John”. [Le detectaron cáncer a los catorce años y medio y murió poco después de cumplir los dieciséis.] Estaba descorazonada, absolutamente ago­tada y no podía retener las lágrimas. John me pregun­taba qué ocurría y yo no era capaz de decírselo. No en ese momento.

»A mediados de ese mismo mes de diciembre, en medio de mis miedos y ansiedades, fui a la Sociedad Americana contra el Cáncer, donde me recibió una asistenta social que me ayudó lo indecible. No, no te­nía que explicar a John que se moría porque era evi­dente —también todos nos moriremos—, por lo que no hacía falta decírselo. Fue un gran alivio. Esa misma tarde compré tres libros que me fueron muy útiles. Por la noche me senté y leí de un tirón To Live Until We Say Good-Bye;* no paraba de llorar porque mi hijo se estaba muriendo, iba a perderlo y no podía ha­cer nada para evitarlo. Sufría muchísimo. Odiaba lo que sucedía, y aún lo sigo odiando. Pero me di cuenta de que mi reacción era normal. Sus libros me abrieron las puertas a muchos sentimientos y conversaciones con John, con mis hijas, con mis padres, con amigos, y con el reverendo de mi iglesia, quienes me ayudaron mucho.

»¡No! No hay derecho y no tiene sentido. ¿Por qué debería tenerlo? John siempre había sido muy es­pecial, desde el día en que nació, y ahora era aún más especial porque se iba a casa de su padre celestial. ¿Y quién podía quererlo más, infundirle más paz, for­talecerlo otra vez y hacerlo si cabe más hermoso de lo que lo habíamos conocido? Dios, y sólo Dios. Me sentí algo aliviada.

»Los dos meses siguientes devoré sus libros y ha­blé, lloré y me sentí unida a John y a mi familia… Cada día que leía me sentía un poco mejor.

»John y yo nunca hablamos sobre el hecho de que se iba a morir, porque los dos lo sabíamos y él sabía que yo lo sabía. No quería herirnos y no quería ha­blar de ello, y me parecía bien. No tocamos el tema, pero él sabía que yo estaba con él, que lo adoraba, y  

* Hay edición castellana: Vivir hasta despedirnos, Edicio­nes Luciérnaga, Barcelona, 1991.


que podía decir lo que quisiera cuando quisiera.

»Estaba a su lado dándole la mano cada vez que le hacían una punción, viendo su dolor y angustia y en­tregándole todo mi amor con cada exhalación. Creo de todo corazón que él lo sabía.

«Hablábamos a nuestra manera y los dos sabía­mos lo que el otro pensaba y sentía: estábamos muy unidos. No me habría alejado de su lado por nada, aunque con cada punción se me partía el alma en pedazos. Su dolor y su agonía recorrían todos los miembros de mi cuerpo y me desgarraban las entra­

ñas cada vez más.

»Mantuve a John en casa siguiendo su enseñanza y consejo dados en esos libros. El 21 de marzo lo in­gresaron en el hospital por una anemia aguda y le hi­cieron una transfusión. Cuando vino el médico, lo

acompañé a otra sala y le pregunté si John estaba per­diendo su batalla y me dijo que sí; no tengo palabras para explicar lo que sentí en ese momento. Lloré des­consoladamente y sí, lo hice con John y delante de él. Esa noche me quedé en el hospital con mi hijo hasta muy tarde y me habría quedado por la noche si no se hubiese recuperado; además el corazón me decía que de momento estaba bien y que al día siguiente vendría a casa.

»E1 30 de marzo John cumplió dieciséis años. Yo sabía que no estaría mucho más tiempo con nosotros, pero había llegado a aceptarlo. Nos dijimos todo lo que teníamos que decirnos para aliviar el dolor de la separación.

»El 3 de abril fue la última vez que le hicieron una punción en la clínica. A las siete y media de la tarde del 5 de abril lo estreché entre mis brazos, lloramos juntos, y lo ayudé a caminar hasta el coche para su úl­timo viaje al hospital. Le prometí que no lo dejaría solo y que me quedaría con él hasta que regresase a casa. Le administraron oxígeno desde el jueves por la noche hasta el sábado por la tarde, y permanecí con él en el hospital, en su habitación, como le prometí.

»Lo llevamos a casa el sábado a las dos de la tarde del 7 de abril, para su última etapa en esta estancia en la tierra. John tenía intensos dolores en el estómago, en la espalda y en los hombros. Había pasado de los 75 kilos a unos 48, y medía 1,99 m; era piel y huesos. Tenía la espalda encorvada por el dolor, pero no se quejaba. Sólo pedía “dame una friega en la espalda” o “frótame los hombros”. Trató de ser fuerte y de va­lerse por sí mismo hasta el final. Incluso quiso cami-

nar solo por la casa. No le fue muy bien, porque es­taba muy débil y tomaba muchas medicinas, pero lo intentó.

»La mañana del miércoles 11 de abril, me senté en la cama de John y le friccioné la espalda y los hom­bros mientras hablábamos de mi compañera de tra­bajo, que había estado de vacaciones la semana ante­rior. Me preguntó si había regresado y si lo había pasado bien. También hablamos del dolor que tenía en la espalda. Ese día, a las doce y veinte del medio­día, John nos dejó para irse a la casa de Dios.

»¡Por fin! No más dolor, no más sufrimiento, no más punciones.

»Yo estaba en el trabajo. Mamá me llamó por te­léfono para que fuera a casa, y yo, sin pensarlo, le pregunté para qué, e insistí, hasta que me dijo: “John se ha ido”. Di un grito y le colgué el teléfono; seguí gritando sin parar. No esperaba reaccionar de esa manera, pero es que el dolor era terrible.

»Papá vino a buscarme. Entré en casa y corrí a la habitación de John, lo cogí del brazo, le apreté la mano y le dije infinidad de veces que lo quería mucho y que iba a echarlo mucho de menos. No le dije adiós porque siempre lo llevaré conmigo en el corazón; y sé que algún día volveremos a estar juntos.

»Mis dos hijas lo pasaron muy mal cuando murió John. La mayor, de trece años, lloró todo el día, hasta bien entrada la noche. La otra, de nueve años, se fue a la entrada y se golpeó repetidas veces la cabeza. contra la pared, por lo que tuvo un par de días un fuerte dolor de cabeza.

»Las cogí de la mano y las llevé a la habitación de

John, a los pies de su cama, para que lo viesen y le di­jeran lo que quisieran. Las dos estaban asustadas, pero al verlo se sintieron mejor y más tranquilas.

»Me costó un gran esfuerzo, pero conseguí que, desde ese momento y hasta el funeral, participasen en todo. Cuando fuimos, sólo la familia, a visitar a John por última vez, volvían a estar atemorizadas. Les cogí la mano y las llevé hasta el ataúd. No paraban de ha­cer preguntas. Por fin tocamos a John y las perturbó el que estuviese tan frío y rígido. Pero una vez más recurrí a su libro y les expliqué que John había dejado su capullo y, como ya no lo necesitaba, éste no tenía por qué estar caliente y flexible.

»Ninguna de las dos teme la muerte y ambas sa­ben que John siempre está con ellas y que algún día volveremos a estar todos juntos.

»John sostuvo una valiente batalla y estoy orgu-llosísima de ser su madre, en la vida y en la muerte. John mantuvo su sentido del humor durante toda su enfermedad y fue muy fuerte.»

Algunos meses más tarde, esta madre me volvió a es­cribir, porque, como dijo:

«Me faltaba decir algunas de las cosas más importan­tes que quería compartir. John irradiaba amor, calor y felicidad en cada exhalación, además de ser una per­sona extraordinaria en muchos aspectos, y quiero que también conozca esta faceta.

»Recuerdo a John como una persona divertida y cariñosa, llena de vida y con las travesuras propias de cualquier muchacho de su edad, y ahora, cuando

miro hacia atrás, pienso que eran bromas encantado­ras y llenas de buen humor que recordaré siempre con cariño.

»Recuerdo cómo reía yo al observar a John ju­gando un partido de baloncesto con los Gray-Y. Cuando debía estirarse, se agachaba, y cuando debía agacharse, él —cómo no— se estiraba. O, en medio del juego, miraba cómo los demás corrían y jugaban mientras él bostezaba.

»Los cuatro —John, las niñas y yo— pasábamos muchos ratos haciéndonos cosquillas, jugueteando y riendo; dábamos largos paseos y hablábamos mucho. John se llevaba muy bien con sus dos hermanas y pa­saban mucho tiempo juntos. Los tres estaban muy unidos y compartían muchos momentos felices. Por supuesto que se peleaban y discutían, como todos los hermanos, pero no permitían que alguien dijera o hi­ciera algo a cualquiera de los tres sin que los otros dos saliesen en su defensa.

»John era un miembro activo de los Boy Scouts y quería convertirse en un “Águila” (un miembro me­ritorio), se esforzaba en ello, pero cuando, al princi­pio de su enfermedad, empezó a perder el cabello, se volvió totalmente inactivo. También fue un miembro activo de la Comunidad de Jóvenes de la Iglesia, hasta que se le empezó a caer el cabello.

»Cuando John visitó a mi primo el verano pasado le dijo: “Antes de morir quiero dos cosas: ¡tener una furgoneta y hacer el amor con una chica!”. Cuando me lo contaron, sabía que se había cumplido uno de esos deseos. Mis padres le compraron una furgoneta en marzo, el día que cumplió dieciséis años. John se

quedó mudo de fascinación, pero estaba demasiado débil para saltar de entusiasmo.

»John se esforzó mucho para sacar su permiso de conducir. Puesto que no iba al colegio y por la televi­sión no daban cursos para aprender a conducir, se vio obligado a ir a una academia. Tuvo que ir cuatro sá­bados, de las nueve y media de la mañana a las cinco y media de la tarde y, aunque le costó mucho porque estaba muy débil, lo hizo.

»John hizo cola en la Delegación de Tráfico para tramitar su permiso. Quise convencerlo para que se sentara y me dejara hacer cola por él hasta que le to­cara el turno, pero no quiso de ninguna manera. Esta­ba decidido a hacerlo solo y lo hizo. Fue en los últi­mos dos meses de su vida.

»¡Estaba tan contento de haberlo conseguido! Cuando salió de Tráfico cogió las llaves de mi mano —sin resistencia por mi parte— y condujo hasta casa. No era muy lejos, pero le resultó difícil, porque tenía dolor y estaba muy cansado por haber estado mucho rato de pie.

»Al cabo de un mes de la muerte John, uno de sus amigos me dijo que John había realizado su otro de­seo. Estábamos en un cine y di un grito. No tengo pa­labras para describir cómo me alegré de saber que John había realizado su deseo. De hecho, hasta ese momento, esperaba y rogaba que hubiese sido así aunque el corazón me decía que nunca me enteraría. Fue una experiencia maravillosa para él y me alegré muchísimo de que la hubiese vivido. Sabía que iba a morir e hizo algo que realmente quería hacer.

»Incluyo una copia del poema que leímos en el

funeral de John. Expresa nuestros sentimientos de amor por John, en la vida y en la muerte:

A John, con amor

Por un tiempo, os prestaré

un hijo Mío, dijo Dios, para que lo améis mientras viva

y lo lloréis cuando muera.

Serán seis o siete semanas,

o treinta años, o quizá tres. ¿Queréis cuidarlo por Mí

hasta que lo llame de nuevo?

Os alegrará con su encanto

y aun si su estancia es breve, tendréis queridos recuerdos de él

que os aliviarán vuestra pena.

No puedo deciros si se quedará,

puesto que todo lo de la Tierra es pasajero, pero ahí abajo, se enseñan lecciones

que quiero que ése, mi niño, aprenda.

Y ahí, con vosotros en la Tierra,

ese hijo os presto, que es mío para que alcance a muchas almas,

con las lecciones que yo envío.

Miré por todo el mundo

buscando personas honradas, y, entre la multitud que camina por la vida,

os elegí a vosotros.

Dadle todo vuestro amor.

No creáis que es labor vana,

ni me odiéis cuando lo llame de regreso para llevármelo otra vez.

Me gustaría que dijerais:

«¡Señor Dios, hágase Tu voluntad! Por la alegría que ese niño ha traído,

corremos todos los riesgos.

Lo acogimos con ternura,

lo queremos todo lo que podemos, y, por la felicidad que hemos conocido,

estaremos siempre agradecidos.

Pero Tú, viniste a buscarlo

antes de lo que pensábamos.

Bendito Dios, perdona nuestra aflicción, Y ayúdanos a comprender». 

*   *   *

Mike, un adolescente con una enfermedad terminal, dejó la siguiente nota en la mesita de noche el día en que murió. Su madre estaba tan agradecida por este mensaje, que lo comparte con nosotros; ratifica, una vez más, que los niños se sienten mejor si se comuni­can abierta y francamente con sus padres, como fue la suerte de este chico.

Ha llegado el momento,

mi trabajo ha terminado.

Ahora es la hora de otro trabajo.

Las puertas se abrirán, se abrirán pronto,

Ahora me iré.

Nos veremos pronto.

El tiempo, el tiempo nunca

se detiene, tiempo eterno,

el amor es eterno, para siempre amor, siempre os querré.

Su madre escribió:

«Observo apenada que hay padres que no hablan con franqueza con los hijos que padecen cáncer. No sa­ben lo que se pierden. Mi hijo y yo hablábamos abiertamente sobre su muerte. Me podía decir: “Ten­go miedo”, y yo podía tranquilizarlo: “Lo sé, hijo, pero ya verás cómo luego no lo tendrás”. Mi hijo gra­bó mensajes para las personas que quería, familia y amigos. Dio algunas indicaciones para su funeral. Re­partió en vida algunas cosas entre sus amigos. Nos dejó un gran legado, y nos sentimos afortunados. Es­pero poder ayudar a otros padres para que miren a sus hijos, los escuchen y aprendan de ellos.»

Otra madre comparte la experiencia de llevarse a su hija a morir a casa:

«Cuando hace un año los médicos me dieron el diag­nóstico de mi hija de once años, el mundo se me vino abajo, mientras me preguntaba por qué tenía cáncer. Tenía que tratar de modificar la expectativa de seis meses. Creí que la esperanza estaba en manos de un médico de Nueva York. Carecía de experiencia con el cáncer, por lo que hice rápidamente la maleta y me fui con mi hija a Nueva York, donde la trataron con qui­mioterapia.

»Me quedé horrorizada la primera vez que vi la

planta de pediatría para pacientes no hospitalizados; ante mis ojos apareció un mundo de niños gravemen­te enfermos. La impresión fue aún mayor cuando mi hija Djenab comenzó a tomar medicinas que la enfer­maron. En cuestión de una semana tuve claro que la quimioterapia no era la respuesta. Empecé a infor­marme sobre la enfermedad y sobre otras terapias ba­sadas en dietas, vitaminas, etc. Acepté el hecho de que la enfermedad de Djenab era incurable, si bien a al­gunas personas les remitía.

»Afortunadamente, pronto no pudimos pagar las 95.000 pesetas mensuales de alquiler del apartamento en que nos habíamos alojado, por lo que tuvimos que buscar otro alojamiento. Por “casualidad” fuimos a parar a la Casa Ronald McDonald, donde nuestras vidas dieron un giro positivo.

»Mi hija conoció a otros niños que estaban como ella, que también habían pasado por amputaciones (entonces Djenab había perdido una pierna) y vio que no estaba sola. A pesar de la presencia del cáncer, reía­mos, íbamos a ver partidos de baloncesto, juegos, es­pectáculos y museos; compartíamos vivencias y nos apoyábamos mutuamente, cosa que ambas necesitá­bamos muchísimo. Todo eso sucedió con naturalidad, sin asistentes sociales ni médicos que nos impusieran su “conocimiento”, como ocurría en el hospital. Co­nocimos muchas familias con las que nos relaciona­mos a pesar de que algunas no hablaban inglés.

»Una tarde, el director de la Casa Ronald McDo­nald me dio el libro de la doctora Elisabeth Kübbler-Ross Vivir basta despedirnos. Me quedé despierta hasta las tres de la mañana, leyéndolo y releyendo

muchos pasajes que tenían un significado especial. Esa noche decidí que mi hija debía morir en casa, conmigo y con su hermana Kesso, de nueve años. Al día si­guiente, animada con la decisión, me encontré con que el director era la única persona que compartía mi en­tusiasmo, mientras que la familia, los amigos y los médicos se oponían.

»Nunca he sido una persona fácil de disuadir; así pues, “me mantuve en mis trece” con la idea de lle­vármela a casa. Descubrí que la “Carta a una niña con cáncer”, de Hellen Baldwin, respondía a muchas pre­guntas que las niñas se hacían sobre la muerte, y ade­más me ayudó a mí misma a aceptar la inevitable muerte de Djenab.

»Djenab y yo hablamos largo y tendido sobre su muerte inminente; ella sabía que mis padres, que ha­bían muerto hacía diez años, se encontrarían allí tam­bién y que estaría en manos de Dios. Hablamos sobre sus ángeles guardianes, que estarían con ella. Su única duda era sobre el bienestar de su hermana; Kesso le había rogado que no se muriese, diciéndole que no podría vivir sin ella. Con cariño, le dije a Djenab que Kesso y yo la echaríamos de menos, pero que saldría­mos adelante. También le aseguré que nos reuniríamos con ella cuando nos llegase el momento.

»A1 día siguiente dispuso varias cosas para regalar a amigos y miembros de la familia, encomendó a su vecina de diez años que protegiese a su hermana y me comentó que algunas decisiones familiares no le gus­taban demasiado, pero que no quería “enfriar” mi en­tusiasmo. Por ejemplo, el viaje que planeábamos hacer a las Bermudas, que los médicos no habían des-aconsejado; Djenab me confesó que ya desde un principio no tenía ganas de ir, pues prefería estar en su habitación recién decorada. Nos reímos mientras explicaba esas cosas; me maravillaban la sensibilidad, la madurez y la fuerza de mi frágil y pequeña hija de once años.

»Aunque había hablado con Djenab sobre su muerte inminente, no había hablado con Kesso; lo hice después de la conversación que tuve con usted en la que me resolvió aquellas cuestiones. Luego las tres empezamos a expresar nuestros sentimientos sobre la muerte. Fuimos abiertas, francas y emotivas, llora­mos un poco y también reímos, pero nos íbamos preparando para la transición de Djenab.

»La última noche antes de morir la tuve casi todo el tiempo en mis brazos, acariciándola; tenía diarrea y la estuve llevando continuamente al baño. A las ocho y media de la mañana me dijo que “no acabaría el día”. Le aseguré que estaría a su lado y que todo iría bien porque ella estaría en paz. Me pidió que dijese a dos amigos míos que vinieran. Llegaron a las once. Quiso que me sentase en la cama cerca de ella y me pidió que la ayudase a incorporarse un poco. De pronto gritó: “¡Mamá, mamá!”, con una expresión de desconcierto.

»Le acaricié el brazo diciéndole: “Djenab, tran­quilízate, todo irá bien”. Con esa frase dio su último suspiro y murió, flanqueada por un amigo que le co­gía la mano derecha, una amiga a los pies de la cama y yo, tendida a su lado izquierdo rodeándola con un brazo. ¡Oh, Elisabeth, qué momento más maravillo­so! Lloré, porque sabía que añoraría su presencia físi-

ca. Por todo el oro del mundo no hubiera querido faltar de su lado en ese momento de su muerte.»

Otra madre nos relata la prolongada enfermedad, el sufrimiento y la muerte de su bebé de once meses, y cómo se recuperó del trance:

«Hace dos años perdimos a nuestro hijo Derek, de once meses. Se pasó toda su vida en la unidad de cui­dados intensivos de dos hospitales de Madison. Al parecer contrajo una estreptococia al nacer. Lo colo­caron en un respirador y entonces desarrolló una en­fermedad pulmonar. Seis meses más tarde tuvo un paro cardíaco, por el que tuvo más de 40° de fiebre, lo cual a su vez le produjo severas lesiones cerebrales. Siguió así hasta que finalmente murió, veinte días an­tes de cumplir el año. Fue una prueba tan dura que no se la desearía ni a mi peor enemigo.

»Lo que le pasó a Derek nos producía, a Dennis y a mí, inestabilidad emocional. Primero iba a salir al cabo de una semana, después por nuestro aniversario, luego el Día de Acción de Gracias, etc. Estábamos entusiasmadísimos y de repente nos volvían a echar un jarro de agua fría. Lloro sólo de pensarlo. De todas maneras, doctora Ross, no estamos amargados, por­que aprendimos mucho de la experiencia. Derek nos enseñó lo fuerte que puede ser una persona; aun cuando dijeron que se moriría pronto, se recuperó notablemente. Era un niño encantador, que nos ayu­dó a fortalecernos en la religión y como pareja, a apreciar más la vida, y a desear ayudar a otras perso­nas con niños moribundos. Esa meritoria tarea para

un crío de once meses no está nada mal, ¿no cree? ¡Y qué mejor recompensa que el cielo!

»Derek murió un domingo por la tarde; estába­mos con él cuando murió. Generalmente no íbamos a esa hora, sino por la mañana y por la noche. No esta­ba más enfermo de lo usual, por lo que no teníamos modo de saberlo. Pareció como si hubiese escogido el momento. Dennis, mi marido, lo sostenía, cuando entré en la habitación con Jeremy, nuestro hijo de dos años. Miré hacia los monitores y todos indicaban un estado normal. Pregunté a Dennis si Derek estaba bien.

»Dennis contestó: “Está muy bien, Dix, parece estar reaccionando”. Justo en ese momento se inclinó la cabeza, de Derek. Había muerto en paz, donde y como quería. Los médicos sacaron a Derek de los brazos de Dennis y empezaron a sacudirlo y a tratar de reanimarlo (aunque les habíamos pedido que no lo hicieran). Incluso le efectuaron incisiones en ambos brazos, mientras yo, de pie a su lado, les gritaba que lo dejaran en paz. Fue una desafortunada manera de interrumpir el tranquilo final de Derek. Me consuela pensar que todo lo hacía al «capullo vacío», como us­ted dijo, porque la mariposa se había liberado.

»Ahora quiero explicar algunas de las cosas que pensamos a lo largo del año. Pasamos por innumera­bles altibajos. Cada día de esos once meses nos resis­tíamos a reconocer que la muerte era realmente una bendición para Derek. Lo vimos agonizando, esfor­zándose para respirar, o con un ataque de veintiuna horas seguidas. Vivió un auténtico calvario, doctora Ross. Pero éramos incapaces de comprender que para

Derek morirse sería una liberación. Ahora, cuando lo pienso, me doy cuenta de lo egoístas que fuimos. In­cluso después de que el médico nos dijo que sin duda iba a ser severamente retrasado, Dennis siguió espe­rando un milagro, tal vez porque, de hecho, a lo largo del año Derek había sido un milagro y había sorpren­dido a los médicos infinidad de veces.

»Un día, los médicos decidieron hacer una re­unión para tomar una decisión sobre su respirador. Esa vez Dennis no pudo estar presente, por lo que le expliqué lo que se había hablado cuando llegué a casa por la noche. Por primera vez estuvimos de acuerdo en que era hora de dejar que Derek y Dios decidieran sobre la vida de Derek. Decidimos que el día de su cumpleaños, el 30 de mayo, lo sacaríamos del respira­dor y lo llevaríamos por primera vez afuera. Si quería morir, en la paz de nuestros brazos, se había ganado con creces ese derecho.

»Nos parecía que habíamos tomado la decisión acertada. Pero Dios, con su sabiduría, y Derek, con su amor, no querían que tuviésemos que decidir. Es­peraron hasta que hubimos aceptado emocionalmen-te el destino de Derek y hecho las paces con Dios y entre nosotros. Derek murió el 4 de mayo. Ahora la­mento que quizá fuimos nosotros los que hicimos que Derek esperase y pasase todo ese calvario. Con­fío en que ahora sea feliz y que la paz le haga olvidar su sufrimiento en la Tierra; rezo para que así sea.

»Después de conocer su ejemplo de la mariposa, regresé a casa y escribí una poesía, en la que lo rela­ciono con nuestra experiencia. Dice así:

El capullo tardó en abrirse;

los hilos de seda de la vida de Derek

lo sujetaban con fuerza.

Merecía volar con sus alas,

pero, llevados por nuestro amor a Derek, muchas veces

le pedimos demasiado.

Le rogamos que se quedase,

cuando deberíamos haberlo dejado ir.

Pero Dios, con su sabiduría, y Derek, con su amor, nos hicieron comprender que Derek no nos pertenecía, sino que, al igual que una mariposa, era libre.»

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