Los Niños y la muerte (8 parte)- ELISABETH KÜBLER-ROSS

Viene de aquí 

8

Tratamientos alternativos: la visualización

Los padres de niños con enfermedades de larga dura­ción, como el cáncer, buscan a menudo ayuda fuera de la asistencia médico-científica normal. En la ma­yoría de casos, sus médicos reaccionan volviéndoles la espalda, como si de repente se hubiesen vuelto «sus enemigos».

Con el creciente desarrollo de las formas «holís-ticas» de pensar y cuidar, cada vez habrá más familias que se ayuden entre sí, y dispongan de cuidados y ayudas para sus pequeños y para ellos mismos.

Simonton ha sido un ejemplo como introductor de las técnicas de visualización, método muy utiliza­do por pacientes de cáncer, además de la quimiotera­pia y otros tratamientos más «aceptables». General­mente los adultos creen que los niños no comprenden el significado de la visualización; por ello pedí a una

madre que había aplicado esta ayuda adicional con su hija pequeña que nos resumiera sus experiencias y lo hizo en esta carta:

«Voy a narrar brevemente cómo trabajé con mi hija Lyndsay, que tenía dos años y medio. Utilizamos muchos métodos de medicina holística y remedios naturales que fueron de gran ayuda. Solía mostrarse dispuesta a cooperar y parecía “saber” que esas cosas la ayudaban a estar mejor. El último año que pasamos juntas fue muy hermoso.

»En agosto de 1979 me dijeron que el cáncer de Lyndsay se había reactivado; tenía la médula muy afectada y un gran tumor en el abdomen. Volvimos a recurrir a la quimioterapia, pero me daba la impre­sión de que para que sobreviviera debíamos hacer algo más. El año anterior había asistido a un semina­rio sobre salud holística en la Universidad de San Diego, California. En uno de los talleres, dirigido por Steve Halpern, aprendí a utilizar la terapia del color y la música. El último año, de vez en cuando, Lyndsay se dormía por las noches bajo una luz turquesa escu­chando Spectrum Suite de Halpern, que acabó siendo “la música de Lyndsay”. La elegí porque era tranqui­la, y porque, al meditar con ella en el taller, me dio la impresión de que contribuiría a restablecer el equili­brio y, por tanto, la salud en el cuerpo; la luz era para apaciguar y tenía un efecto tranquilizante.

»Comencé a hacer relajación activa con Lyndsay. Juntábamos varios cojines y nos poníamos cómodas, a veces después de bromear un rato. Empezábamos relajando los pies, luego las piernas y seguíamos hacia

arriba, hasta que “todo el cuerpo se relaja”. Ella solía mantener los ojos cerrados. A veces le pedía que me dijera qué había visto con los ojos cerrados, y tenía una gran imaginación. Para que comprendiese lo que significaba “relajada”, primero le enseñé a tensar un músculo y soltarlo de golpe, aflojarlo por completo. En ocasiones se lo enseñaba con su muñeca preferida. Le parecía divertidísimo, aunque era muy capaz de tomárselo muy en serio.

»Después de relajarnos, la guiaba diciéndole: “Ahora inspira la magia del aire y mándala a todo el cuerpo. La magia mejorará tu pupa y hará que te vuelvas a sentir mejor”. También le preguntaba si quería mandar la magia a algún punto en particular, y solía responder: “A la tripita”. Por las noches acos­tumbraba dormirse alumbrada por una luz turque­sa, aunque, de vez en cuando, durante la relajación, encendía una luz rosa. Hablábamos sobre el amor y utilizábamos esa luz rosa como punto de referencia; respirábamos en rosa-amor y lo mandábamos a todo el cuerpo, y Lyndsay se sentía bien y contenta. Siempre visualizábamos que la pupa se iba y Lyndsay “se volvía a poner bien”. Recuerdo que le preguntaba có­mo sentía la “magia”, y solía describirla como “cálida” y que a veces “le hacía cosquillas”.

»E1 año anterior había visto un artículo en el pe­riódico sobre un psicólogo de Phoenix formado por Simonton. Trabajaba con pacientes de cáncer y men­cionaba el trabajo con niños, de modo que lo llamé y le pedí hora para que viera a Lyndsay. El paciente más joven que había tratado tenía catorce años, pero tanto él como su colega se mostraron dispuestos a

ayudarme. Los consulté varias veces y nunca me co­braron. Colocamos un par de chinelas amarillas como mitones y bordamos una cara azul en una para repre­sentar a los “ayudantes” de Lyndsay y una cara roja en la otra para representar a la “medicina”. Si bien el psicólogo estaba interesado por el proceso, su joven colega interino nos ayudó mucho más. Regalaron a Lyndsay el libro de cuentos There Is a Rainbow Be-hind Every Dark Cloud [Hay un arco iris detrás de cada nube oscura]. Hacía poco que había cumplido dos años y medio, pero desde entonces hizo constan­tes referencias y comentarios sobre ese libro. La ayu­dó mucho en sus visualizaciones.

»A1 principio utilizamos una pizarra verde con tiza blanca e hicimos un dibujo que representaba a Lyndsay. Hacíamos el ejercicio de relajación y luego pasábamos a la pizarra. Sabía que los “ayudantes”, a los que llamábamos “células blancas”, vivían dentro de ella, eran una parte esencial de su cuerpo y tenían mucho poder para eliminar la pupa. Los representá­bamos con sonrientes caras redondas, de nariz pun­tiaguda y una bocaza. La nariz se hundía en la pupa, y la bocaza engullía hasta que “desaparecía” la pupa.

»Una de las dos marcaba con tiza un punto en la pizarra, aproximadamente donde estaba el principal tumor (justo sobre el riñón derecho). Luego ella se ponía los mitones y borraba la pupa hasta que no quedaba ni rastro. A veces, justo antes de la quimio­terapia, hacíamos una marca donde le aplicaban el tratamiento médico y trazábamos la trayectoria hasta donde estaba la pupa, para que nos ayudase a desha­cer el tumor. Ella juntaba las manos, como un sig-

no de que la medicina y “los ayudantes” trabajaban “juntos” para hacer desaparecer la pupa y ayudar a Lyndsay a estar mejor.

»A1 final de las sesiones dejábamos a “los ayu­dantes” ocupados en el trabajo y los borrábamos; vestíamos al bebé con un bonito traje y le pintábamos cabello, con tizas de colores. Agrandábamos su son­risa, y la imagen final mostraba una Lyndsay conten­ta y sabia, con un hermoso cabello rizado. Una vez que estaba una fotógrafa presente, Lyndsay espontá­neamente fue hacia ella y le dio al “bebé” del dibujo (ella misma) un sonoro beso. Esto lo hizo en varias ocasiones. En otra oportunidad, cuando estaba bo­rrando la pizarra, la tiró al suelo y empezó a saltar sobre ella, “liberándose de esa pupa”.

»Nos costaba hacer eso a diario, algunos días in­cluso tres veces, pues yo trabajaba media jornada —tiempo que Lyndsay pasaba en casa de una can­guro—,pero ésa era nuestra meta. Entre sesión y se­sión, solía sentarse en mi regazo, me cogía las manos y las colocaba donde le dolía. Eso la hacía sentirse mejor; así se calmaba y seguía jugando.

»Pero aún le gustaba más encaramarse sobre las rodillas de “tía Carol”, una amiga que vino una vez a hacer de canguro y le daba su tratamiento. Lyndsay parecía saber que Carol era la persona a la que debía acudir para curarse, y en una ocasión dejó claro que no cabía duda sobre lo que hacía o por qué. Al final del último verano que pasamos juntas, de vuelta de un viaje a Colorado, pasamos por Flagstaff para visitar a su adoptada “tía Carol”. Lyndsay echó a correr, se sentó en su falda y colocó las manos de Carol donde

quería curarse. Carol le dijo que no necesitaba curación, que ya no tenía cáncer. Lyndsay la miró y le dijo: “No, Carol, la pupa no se ha ido del todo. Ha regresado, y quiero que vaya mejor”. Resultó que desgraciadamente tenía razón. De todas maneras, siempre que tuvo ocasión siguió acudiendo a Carol para que la curase.

»Había otros curadores que trabajaban con ella y Lyndsay parecía indicarles que era consciente de que trataban de ayudarla y solía darles a entender el bien que ello le hacía. Espero, tras haber vivido estas expe­riencias con Lyndsay, que algún día los responsables de la salud reconozcan la importancia del intercam­bio de energías curativas, porque incluso los bebés y los niños pequeños están muy abiertos y receptivos a ese tipo de curación. Muchas veces hemos visto que Lyndsay se sentía mal y dolorida, y, tras una sesión, reanudaba sus juegos, sintiéndose bien, contenta y aparentemente renovada.

»Nos preparamos para ir a California a buscar una nueva medicina que, según le expliqué, la fortale­cería y la ayudaría más que nunca. Comenzamos a utilizar tizas de colores, con las que pintaba a sus ayudantes de amarillo intenso, para que se volvieran “cada vez más fuertes”, y trabajando en todo el cuer­po para mejorarlo.


»Aquí quiero hacer un paréntesis: la iba a llevar a México para que le administraran Laetrile.* Sabía que probablemente era demasiado tarde para que le hicie-

ra mucho efecto, pero, el día antes de irnos, en el hos­pital le hicieron una radiografía, ¡y no encontraron nada! Decidí no administrarle Laetrile por vía intra­venosa. Ya le habían pinchado muchas veces las venas y, puesto que parecía estar otra vez bajo control, pensé que podíamos seguir con la administración oral. Le prometí que no la pincharían más —esto es muy importante—, lo cual creo que explica lo que ocurrió unos días más tarde.

»Cuando fuimos a la nueva clínica para que le administrasen el nuevo medicamento, se sentía tan bien que los médicos estaban asombrados. Habla­mos sobre su caso y admitieron que no habían teni­do mucho éxito con los neuroblastomas, porque ge­neralmente ya estaban muy avanzados cuando se detectaban. Decidí continuar sólo con las pastillas. Entonces no sabía que se le habría podido adminis­trar Laetrile mediante implantaciones rectales, y que habría podido aprender a hacerlo yo misma. No te­nía dinero para quedarme las tres semanas del trata­miento, pero no tenía alternativa porque le había prometido que no le pondrían más inyecciones. Me animaron entonces a probar una nueva medicación que podía activar el sistema inmunológico y aumen­tar su efectividad. Puesto que el origen de su cáncer se atribuía a una deficiencia congénita del sistema inmunológico, di mi consentimiento. Resultó que esa medicina se administraba mediante una dolorosa inyección en la pierna. Dado que esas inyecciones debían ponerse a diario y estábamos pasando unos días en San Diego, en casa de unas amistades, me en­señaron a ponérselas, para que no tuviéramos que ir

al hospital. Después podría seguir administrándosela en pastillas.

»Al día siguiente fue el principio del fin. Yo no soporto las inyecciones y lo pasé fatal poniéndole una. Por supuesto se resistió. Tuve que sujetarla, me costó encontrar la vena, y sangró un poco. Fue muy traumático, y me dieron ganas de vomitar por hacerle eso. Todo lo que le dije fue en vano, me miraba

* Medicamento preparado a base de huesos de albaricoque o melocotón, del que se dice que cura el cáncer. [N. del t.]

con expresión desolada e incrédula. No me hablaba, pero me miraba como diciendo: “¿Tú también, mamá?”. Después de eso se mostró reacia a volver a tocar la pi­zarra. En alguna ocasión la vi mojarse los dedos en la boca y borrar con rabia su cara de la pizarra. Después la giró hacia la pared y se negó a volver a trabajar con ella. Se volvió muy introvertida y parecía deprimida, como si escuchara o sintiera algo que pasaba en su interior; de hecho, estaba en “un espacio diferente”. Me daba pánico pensar que se había rendido. En cuestión de días empezó a sentir dolor y encontrarse fatal; no comía y apenas tenía ganas de moverse. Sin embargo, mientras aún estábamos en San Diego, y después de haberle puesto dos inyecciones (pronto dejé de hacerlo), vinieron a visitarnos unos amigos, y ella se fue corriendo al dormitorio y trajo orgullosa su pizarra para que todos la vieran.

»Sólo nos ausentamos una semana y aunque, se­gún la radiografía, no había rastro de tumor, el día antes de partir se puso terriblemente enferma, por lo que al regresar a Phoenix tuve que hospitalizarla. No tuvo la oportunidad de probar los comprimidos de Leatrile. La radiografía mostró un rápido crecimien­to, que hacía temer que se produjese una obstrucción

intestinal, porque ni siquiera podía tragar agua. Al día siguiente le administraron un tratamiento quimiote-rapéutico relativamente nuevo, tuvo un bloqueo re­nal, luego un fallo cardíaco congestivo y murió tres semanas más tarde, al carecer ya de resistencia su or­ganismo. (En esas últimas semanas le administramos algo de Leatrile líquido, vía implantaciones rectales, cosa que le alivió el dolor. Sintió una mejoría general, pues incluso trató de comer el día en que murió. La víspera de su muerte el tumor se le había reducido considerablemente.)

»E1 día en que giró la pizarra hacia la pared y bo­rró la cara, “supe” que había vuelto su rabia hacia ella destructivamente, porque hasta su mamá le hacía daño con inyecciones. Se había rendido. ¡Quizá si no hubiese recibido la fatal dosis de quimioterapia, ha­bría vivido por lo menos algunos meses más! Luchó con todas sus fuerzas, e incluso varias veces quiso ver al doctor para que le dieran “sangre nueva”, porque sabía que si le hacían una transfusión se sentía mejor. Aunque dejó de trabajar con la pizarra demasiado pronto, creo que, mientras la utilizamos —unos dos meses—, fue una herramienta poderosa y efectiva. Ella le daba mucha importancia, y esperaba con im­paciencia las sesiones.

»En una ocasión, tuvo la oportunidad de ver en el hospital una de sus radiografías, y le enseñé dónde estaba la pupa. En la habitación había un enorme di­bujo del elefante Dumbo con Timothy, el ratón, que llevaba una bandera roja y estaba sentado en su nariz. Le dije a Lyndsay que imaginase a sus “ayudantes” enarbolando banderas así, como un ejército, comba-

tiendo el tumor y haciéndolo retroceder. A partir de entonces a veces ella misma se ponía a manejar las banderas rojas. Se sucedieron tantas anécdotas que es difícil recordarlas todas, pero cada una de ellas te­nía su importancia en el contexto. Aunque carecía de vocabulario para comunicarse, probablemente com­prendió más de lo que yo sabré nunca y me hizo saber de muchas maneras lo que le pasaba, preparándome para lo que iba a ocurrir.

»Un día, poco antes del final, hizo unos garabatos en la pizarra y me enseñó dónde estaba el cáncer. Traté de impedírselo porque pensé que sería una pro­gramación negativa, pero días más tarde me quedé pasmada cuando las pruebas que le hicieron en el hospital demostraron que ella estaba en lo cierto. Yo nunca había creído, por lo menos conscientemente, que podía morirse. Habría podido morir fácilmente el año anterior, pero creo que sabía que yo no estaba preparada. Y, mientras yo hacía todo lo que estaba en mis manos para que viviese, ella me ayudaba delica­damente a crecer y comprender. Simplemente no se “fue” hasta que llegó el día en que tuve que decirle “de acuerdo” y pedirle literalmente que se fuera de su cuerpo. Experimenté mi muerte y renacimiento el mismo día de su muerte.

»P.D.: Cinco días antes de morir, Lyndsay tuvo un ataque inusual. Inspiró pero después no pudo ex­pulsar el aire, que la ahogaba. Fue presa del pánico. Echó la cabeza hacia atrás y bregó por respirar. Le puse música de Shawna y le dije: “Lyndsay, escucha tu música y relaja el cuerpo”. Mantuve la voz unifor­me y serena, y comencé el ejercicio de relajación.

»Me miró fijamente a los ojos, y trató desespera­damente de seguir mis instrucciones. Empezando por los pies, fuimos subiendo rápidamente por el cuerpo y, cuando llegamos a la zona pectoral, pudo expulsar el aire y empezar a respirar. No fue un ataque epilépti­co pero pudo haber sido algo similar, porque tenía la mandíbula apretada y el cuerpo le quedó algo rí­gido; lo que tuvo fue, sin duda, una alteración respira­toria. Pero mantuvo el “contacto visual” conmigo, “comprendió” lo que le dije y siguió enseguida mis instrucciones. La cogí en mi regazo y le dije que no tu­viera miedo, que “dejase el cuerpo flojo y se relajase”. Me asusté porque pensé que se moría, pero cuando buscó mis ojos con su mirada y sostuvo el contacto visual, me di cuenta de que pedía ayuda y respondía. Estoy convencida de que sus ejercicios previos de re­lajación la salvaron en esa situación crítica y la ayuda­ron a mantener el control y liberarse del miedo.» *   *   *

Una terapeuta, que permaneció cerca de la familia después de morir su hijo, utilizó hipnoterapia parale­lamente a su tratamiento. Este es el relato de lo suce­dido:

«Supongo que Jean le explicó algo sobre mi utiliza­ción de la hipnoterapia con David, inicialmente para evitar los vómitos, y luego para calmar el dolor y la ansiedad. La autohipnosis resultó ser muy útil, y Da­vid la pudo aplicar incluso durante el último viaje a Texas. Él y su madre trabajaron juntos, creativamen-

te, incluso ante un nuevo problema: el control del apetito, que había sufrido una alteración por las ele­vadas dosis de esteroides.

»En la cinta grabada el día de Navidad se habla de “un lugar tranquilo encontrado por David”. En el tra­bajo hipnoterapéutico yo le había sugerido que podía tener un agradable sueño donde experimentara la sensación de comodidad y seguridad. Poco después tuvo un sueño hipnótico relacionado con esas sensa­ciones. Soñó que era un águila que volaba fácilmente, desplazándose por sitios seguros y felices. Si se la mo­lestaba, enseguida volaba hacia otro lugar aún más cómodo y tranquilo. David describió posteriormente esa imagen.

»Esas experiencias con hipnosis no sólo lo ayu­daban en sus propósitos inmediatos, sino que tam­bién le daban a él y a su madre una sensación de con­trol y dominio que antes no tenían. Jean me explicó que temía sentirse inútil y pasiva, teniendo que con­fiar en las medicinas, en máquinas o en expertos, y que se sintió muy aliviada cuando supo que ella y David tenían un medio con el que podían actuar para tratar de dominar situaciones difíciles. (Mucha gente cree que una persona hipnotizada es pasiva, pero los que lo han experimentado saben bien que es exacta­mente lo contrario.)» 

*   *   *

En la última década muchos padres han utilizado la meditación y la visualización como hipnoterapia para aliviar el dolor y la ansiedad de sus hijos con enfer-

medades terminales. Los grupos de padres deben es­timular la utilización de esos medios adicionales, y formarse y asesorarse para conocerlos y familiarizar­se con su aplicación, siempre y cuando se encuentren ellos mismos en buen estado físico y emocional.

Hay infinidad de relajaciones guiadas y métodos de meditación; por ejemplo, los talleres y libros de Stephen Levine, así como sus visitas personales a los moribundos, han sido una ayuda muy útil y benefi­ciosa para muchos.

Los álbumes curativos de música y color de Steve Halpern han sido muy eficaces para algunos de nues­tros pacientes, así como los libros de relajación para niños de Thomas Robert y G. Hendricks. El libro y la cinta para enseñar a los adultos a guiar a los demás del doctor Charles Stroebel {The Quieting Reflex) es una guía para la relajación. La cinta del programa de do­minio del estrés en los niños, de Liz Stroebel, «The Kiddie Q.R.» (reflejo tranquilizante), respaldado por la Asociación de Educación Nacional, puede ser muy útil para aliviar a los padres y niños agotados.

Cualquier hipnoterapeuta que trabaje con el equi­po que trata a un niño, puede hacer una cinta o un ejer-cicio que se ajuste a sus necesidades específicas.

Las Casas Ronald McDonald, en Estados Unidos, creadas para acomodar a los niños con enfermedades terminales y a sus padres, que a veces vienen desde muy lejos para estar cerca de un reputado centro, se podrían dotar de una biblioteca con material de este tipo, y contar con un grupo de voluntarios para convertir el tiempo de espera entre los tratamientos hospitalarios, en un tiempo fructífero para crecer. Por supuesto, sería

imprescindible seleccionar a esos colaboradores para descartar á «charlatanes sin escrúpulos».

Podríamos hacer infinidad de cosas por nuestros niños y los miembros de sus familias si no estuviéra­mos constantemente frenados por nuestra estrechez de espíritu.

Continúa aquí


 

Los Niños y la muerte (7 parte)- ELISABETH KÜBLER-ROSS

Viene de aquí

7

Niños desaparecidos, asesinados y suicidio infantil

La desaparición de niños en Estados Unidos

Como ya hemos señalado, en Estados Unidos des­aparece un millón de niños al año. Para los padres es una tragedia inimaginable darse cuenta de que su hijo ha desaparecido, sin saber dónde está, y preguntarse si será uno de los que desaparecen cada año sin dejar rastro.

Miles de ellos, en especial los más jóvenes, termi­nan explotados y maltratados, mutilados de por vida y traumatizados. No hay estadísticas fiables sobre cuántos son asesinados, ni cuántos terminan volunta-ria o involuntariamente prostituidos, no sólo en el país, sino trasladados a otros puntos del planeta don­de hombres y mujeres corruptos los utilizan para sa­tisfacer su placer.

Cada vez es más frecuente el rapto de un niño por el padre o la madre recién divorciado. Otros se esca­pan de casa, algunos regresan, pero miles de ellos son víctimas de juegos sucios, asesinatos y accidentes. Muchos terminan siguiendo a algún fanático que pre­dica que su estilo de vida y religión son los mejores. Cada año cerca de un millar son enterrados por ex­traños que no los identifican.

Es hora de abrir un registro para niños perdidos, de organizar una red internacional de trabajo en equipo para salvar a los niños de cosas peores que la muerte.

Se los ve haciendo autoestop por las carreteras del país; no tienen dinero, ni más objetivo que el de huir. ¿Huir de quién, de qué?

El suicidio infantil se incrementa sin cesar, no sólo entre los adolescentes o los drogadictos, sino también entre los niños cuya vida está llena de veja­ciones, golpes y rechazos. Hay estadísticas que de­muestran que, en algunas comunidades, el treinta por ciento de los adolescentes ha tratado de suicidarse o lo ha logrado. En Estados Unidos, el suicidio es la causa que origina más muertes entre los adolescentes, y la tercera en los niños entre seis y dieciséis años. Hay infinidad de razones: por ejemplo, el veinticinco por ciento de los que participan en nuestros cursillos han sido objeto de incesto o vejaciones antes de ter­minar el bachillerato. Estos números son tristes, pero van en aumento en el país más rico y con más posibi­lidades, beneficios y recursos del mundo.

¿Qué hacemos a nuestros niños para que prefie­ran morir o arriesgarse a la incertidumbre de la vida en la calle antes que quedarse en casa? ¿Qué induce a un escolar a quitarse la vida? ¿Qué recuerdos y acti­tudes llevan a un niño de siete años a saltar por la ventana?

¿Qué podemos hacer usted y yo para prevenir esas agonías en nuestros niños y ahorrar a estas fami­lias la angustia y el sentimiento de culpabilidad, inso­portables?

Hemos trabajado con familias de niños asesina­dos y de pequeños que pusieron fin a sus cortas vidas, y llegamos a la conclusión de que gran parte de esas tragedias se podrían evitar si, en vez de reprimir sus emociones, la gente las expresase con naturalidad; si dejasen de esperar cosas de sus hijos diciéndoles: «Te quiero mucho si…». Creo que este si condicional ha matado a más niños de nuestra época que la guerra del Vietnam. (Hubo infinidad de veteranos de la guerra del Vietnam que regresaron gravemente afectados por esa guerra, y ya se han suicidado más de los que cayeron en el campo de batalla.)

Alena Synkova, una niña deportada al campo de concentración de Terezin, cerca de Praga, dos días antes de la Navidad de 1942, y que fue uno de los po­cos supervivientes del campo, escribió el siguiente poema:

Quisiera ir solaQuisiera irme sola, allá a donde haya personas mejores, a un lejano lugar desconocido donde nadie mate a su prójimo.Quizá muchos de nosotros,mil resistentes,alcancemos esa metaantes de que sea demasiado tarde.

Quince mil niños fueron deportados al campo de concentración de Terezin, y la mayoría murió cuando sólo faltaba un año para el final de la guerra. Sólo cien regresaron a casa. ¿Qué vivieron esos niños? Cono­cían mejor que los adultos la crueldad del hombre y su destino. Sabían que los que habían pasado por las pruebas de la vida antes de ser encarcelados, tenían posibilidades de sobrevivir a las torturas, el hambre y la enfermedad. Sabían igualmente que los que habían sido mimados y protegidos por la riqueza u otras cir­cunstancias, no tendrían las mismas posibilidades. Uno de los niños, con la sabiduría de un anciano, plasmó esos razonamientos y nos los dejó a nosotros, los supervivientes:

El que en Praga era inútil

y era rico antes,

en Terezin es un alma en pena

con el cuerpo magullado y dolorido.

El que estaba curtido antes,

sobrevivirá estos días.

Pero el que estaba acostumbrado a los criados

se hundirá en la tumba.

  

Los padres de niños asesinados

A los padres, hermanos y abuelos de un niño asesina­do les cuesta mucho más aceptar su muerte que a aquéllos que contaron con tiempo para adaptarse, prepararse y lamentarse. No sólo no cuentan con esa fase preparatoria, por breve que sea, sino que tampo­co tienen la oportunidad de decirles adiós.

La familia comienza a sorprenderse cuando el niño no regresa a casa a la hora esperada. Tras el ini­cial enfado y el pensamiento de un castigo adecuado, los sentimientos de los padres cambian rápidamente hacia la preocupación. Interrogan a los vecinos y avi­san a los responsables de la escuela. Luego se inicia la búsqueda en la zona que el niño frecuentaba. Esto suele ir acompañado de los primeros sentimientos de culpabilidad y desconcierto de los padres, que se dan cuenta de lo poco que conocían los hábitos y lugares preferidos de su hijo.

Los amigos a veces son una gran ayuda. A menu­do los amigos del niño extraviado a quienes los pa­dres rechazaban como «amigos poco convenientes» han sido los mejores informantes y se han pasado la noche buscando a su compañero. La actitud despecti­va de los padres hacia esos niños se trueca rápida­mente en aprecio y agradecimiento.

El interrogatorio de la policía y los primeros in­dicios de que ha pasado algo grave pueden suscitar reacciones inesperadas: rabia e impotencia, desespe­ración e impaciencia. El horror y la culpa se confun­den con la sensación de perder la cabeza, y para col­mo  siempre hay personas  bienintencionadas  que

pretenden consolar, aconsejar, juzgar o tranquilizar y lo único que hacen es agravar la situación.

Una de las madres a las que traté se quedó clavada en la silla de la sala de estar, tan conmocionada que no podía moverse ni responder al teléfono. La gente a veces carece de la más elemental sensibilidad, lo que aumenta la confusión y la desesperación de familias que necesitan toda la compasión del mundo.

Un pastor fue a casa de unos padres que habían sufrido esta pérdida y, lleno de buenas intenciones, comenzó diciendo: «Sonja nos ha dejado. El Señor se hará cargo de ella». Con un gesto protector, rodeó los hombros de los padres y les pidió que rezaran con él. Para su sorpresa, el padre le golpeó el brazo y la ma­dre salió llorando de la habitación.

En situaciones así no se cuenta con los mismos apoyos que en otros casos. Cuando un niño tiene una enfermedad terminal, hay médicos, enfermeras, asis­tentes sociales y capellanes del hospital que han esta­do en contacto con la familia y los implicados en el drama. Algunos de ellos entablan relaciones más es­trechas con la familia del paciente. Los amigos y los vecinos hablan con ellos, rememoran momentos pa­sados, y alivian su pena por la muerte de la criatura. En general, cuando se ha establecido un vínculo, todo el mundo comparte las alegrías y las penas, la espe­ranza y la frustración. Nada de esto ocurre cuando un niño desaparece.

En esos casos las familias se debaten entre la es­peranza y el desespero, la rabia y el sentimiento de culpabilidad. No tienen a nadie a quien expresar esos sentimientos y en ocasiones rechazan o malinterpre-

tan el consuelo y la esperanza que tratan de infundir­les. «Dejadme a solas» se puede expresar de muchas maneras, pero siempre lleva implícito un «no me sir­ves de ayuda».

Una mujer, Rita, tenía una «extraña» conducta que su madre (que era quien dictaba las normas) juz­gaba con crueldad. Rita tenía la costumbre de curio­sear en las pertenencias que habían sido de su hija. Le abría todos los cajones, como esperando encontrar algunas notas o claves sobre su desaparición: sacaba sus vestidos y miraba sus trofeos de patinaje sobre hielo, como si necesitase revisar todos los aspectos de su muerte. Ésa era la manera en que Rita empezaba a afrontar la realidad y aceptarla.

El resto de la familia la observaba. No compren­dían que cada ser humano tiene su propia manera de superar un golpe. Esta madre, tras su propia «tera­pia», estuvo mejor preparada para superar la conmo­ción de saber que su hija había muerto apuñalada en un bosque cercano. Era como si internamente lo hu­biese sabido y se hubiese preparado. Ya tenía listo el vestido preferido de su hija para vestirla y había apar­tado el diario de ésta para leerlo «en el futuro, cuando esté preparada para ello».

La familia de la pequeña Bella tuvo un gran dra­ma al tener que afrontar las consecuencias de un vi­cio; era imposible imaginar un crimen tan cruel y vio­lento. Vivían en un barrio de edificios para familias pobres; habían luchado duramente para sobrevivir, bebiendo mucho, viendo a diferentes «padres» y «no­vios» de su madre entrar y salir cada noche. La madre de Bella tenía una cita esa noche, y le dijo que estor-

baba; no podía ir a ningún sitio. En la calle oscurecía y hacía frío, y en ese vecindario nadie se aventuraría a salir a esas horas. La familia había terminado su parca cena, y la madre de Bella se sublevaba porque no dis­ponía de tiempo libre para estar a solas con su nuevo amigo; el reducido piso estaba lleno de niños, y eso a veces «la sacaba de quicio».

Todo lo que pedía a la vida era un poco de feli­cidad, un hombre que la ayudara y la quisiera. Le habían dicho que no viviría muchos años y estaba preocupada por sus seis pequeños, a los que quizás alguien adoptaría, o irían a parar a un orfanato. Sólo de pensarlo se estremecía, pues recordaba su propia infancia sin amor en una de esas instituciones. Ahora finalmente había encontrado a un hombre que pare­cía quererla y preocuparse por ella, y a quien no le importaba incluir de vez en cuando a los niños en al­guna salida a la playa o a Coney Island. ¡La vida, por una vez, era buena con ella!

Quería un dormitorio para ella sola, para tener un poco de intimidad, pero parecía imposible. Justo cuando su amigo se acercó ella, apareció Bella pidién­dole tonterías para llamar su atención.

—¡Piérdete! ¡Déjame tranquila! —gritó a su hija.

Bella salió corriendo del piso mientras su madre rompía a llorar desconsoladamente sobre la cama.

Esa noche encontraron a Bella muerta en el suelo del aparcamiento de la vivienda. Más tarde detuvie­ron a unos chicos que la habían arrastrado al tejado, la violaron repetidas veces y luego la tiraron desde lo alto. Nada de eso penetró en la mente de la madre. Mientras su compañero y sus hijos prestaban decía-

ración, permaneció sentada, aturdida, murmurando: «Mi niña, mi niña». Las palabras no acudían a su con­fusa mente. Durante esa crisis transmitió a sus hijos todo lo que había sentido toda su vida, la sensación de que nadie la necesitaba ni la quería, de que la rechaza­ban. Cuando «despertó» de su conmoción, mucho después del funeral, empezó a sentirse culpable.

Estaba convencida de que se iba a volver loca, de que era una madre inepta, de que merecía perder las pocas cosas buenas que tenía en la vida. Pero su novio permaneció a su lado, y sus vecinos, con los que antes no tenía demasiada relación, cuidaron y alimentaron con cariño a sus hijos. No se los retiraron, gracias a la ayuda que recibió de algunos amigos de Shanti Nila­ya. Más adelante entabló contacto con ellos y afrontó las «toneladas» de frustración y rabia reprimidas que sentía por el amor que nunca había conocido y que, por tanto, era incapaz de transmitir a sus hijos.

Al ver los espantosos artículos y fotos con deta­lladas descripciones de la horrible agresión sexual de que fue objeto su hija, la madre de Bella estuvo al borde de la locura, pero en ese momento crucial, se presentó la madre de otra niña violada y asesinada, y la ayudó explicándole su forma particular de afron­tar la tragedia, compartiendo con ella su dolor.

Experiencias extracorporales

En las conferencias y cursillos que damos por todo el mundo, muchas personas nos dan cuenta de un hecho que, en cierto modo, alivió a la madre de Bella: las

personas que han pasado por una situación dolorosa antes de morir, como Bella, pueden salir temporal­mente de su cuerpo físico. Esta experiencia no es in­frecuente entre los que caen de una montaña, corno escribió, a principios de la década de los treinta Viktor Frankl, quien aún no conocía la expresión «experiencia extracorporal». Las personas que estu­vieron a punto de morir ahogadas también describen una sensación de paz y serenidad, cuando las imáge­nes de la vida se suceden en su mente, sin temor, pá­nico ni ansiedad. Éstos son los relatos más frecuentes de experiencias extracorporales en circunstancias en que la vida roza la muerte.

De los datos que recopilamos en los últimos vein­te años se infiere que, mientras más joven sea la per­sona, más fácil le resulta «salir del capullo». Así lo describió la víctima de una agresión: explicó cómo la agredieron, las repetidas puñaladas; lo observó to­do, según sus palabras, «sin malos sentimientos, casi con compasión y pena por el agresor». La encontra­ron inconsciente y medio muerta, con más de cin­cuenta heridas de arma blanca en el cuerpo. Sobrevi­vió y ahora trabaja como asesora en una cárcel, para ayudar a otros que puedan sentir arrebatos de ira contra la humanidad.

Tras una muerte violenta

Localizar a la persona desaparecida es a la vez un ali­vio y una agonía. Un alivio pues es el fin de la espera, del temor y de la tortura de preguntarse qué ha suce-

dido; y una agonía porque acaba con las esperanzas de encontrar al amado niño sano y salvo. Si está muti­lado, aparece siempre alguien que se ocupa de que los padres no vean el cuerpo —o trata de disuadirlos— para evitar «trastornos». ¡Qué poco conocen la natu­raleza y la fortaleza humana!

Una vez que la policía criminal termina su trabajo y se puede trasladar el cuerpo al cementerio, alguien con buena voluntad debería arreglar el cuerpo de modo que los miembros de la familia pudiesen ver los restos, para afrontar la realidad: «Sí, éste es mi hijo, mi hija». Conviene vendar las partes mutiladas o ex­poner sólo las partes identificables, para que los pa­rientes más cercanos tengan la oportunidad de darle personalmente un último adiós.

Los que se han enfrentado a la muerte repentina de un ser querido y no pudieron ver su cuerpo, tardan mucho más en superar su proceso doloroso; a menu­do permanecen en un estadio de negación durante años o décadas. Ésta no es total, pero sí es una nega­ción parcial que se expresa de diversas formas.

Las familias de niños asesinados cuyos cuerpos no se encuentran, tienden a creer que la mente per­turbada del asesino se ha equivocado, y que su hijo está vivo en alguna parte, que ha huido o ha desapare­cido, pero que no está muerto. Esto ocurre incluso cuando el asesino da descripciones detalladas del niño.

Los hermanos de niños asesinados también lo pa­san mal, pues no es raro que sus padres, que pueden permanecer conmocionados durante semanas, se «ol­viden» de ellos. Estos niños tienen a veces reacciones

desconcertantes, como atravesar de un puñetazo un cristal o emprenderla a patadas contra un balón, atur­didos y enojados. En ocasiones tienen pesadillas o son incapaces de hacer los deberes y de concentrarse pasan de una cosa a otra sin prestar atención a nada. En algunos casos se vuelven malhumorados y son in­justos con sus amigos, y si esos amigos reaccionan, pueden sentirse incomprendidos y abandonados por sus compañeros cuando más compasión necesitan.

Algún amigo que conozca a la familia, pero que no esté directamente implicado con el asesinado (y que por ello sea menos emotivo y/o no tienda a juz­gar) debería hablar en nombre de los niños con los profesores, el director de la escuela y/o los tutores, para explicarles la situación de la familia y la reacción de los niños. En una circunstancia así los niños nece­sitan un amigo, alguien que los escuche y hable con ellos. Debe ser paciente con ellos, aconsejarlos y apo­yarlos, en lugar de agobiarlos con frases como ésta: «Ya deberías haberlo superado».

¿Cómo puedes sacarte esa imagen de la cabeza? ¿Cómo puedes olvidar que tu hermana fue repeti­damente violada, apuñalada, o que la estrangularon? ¿Cómo puedes concentrarte en la historia de la Se­gunda Guerra Mundial sin pensar en la violencia y la destrucción, e imaginar la cara de tu hermano o her­mana asesinado? Aparece un temor inevitable: si les pasó a ellos, también puede pasarme a mí. ¿Cómo es­peran que actúe?, ¿como un robot? Un profesor de gimnasia o educación física puede ser una valiosa ayuda para los hermanos de un niño asesinado. Puede quedarse un poco más de tiempo con ellos en el gim-

nasio, desafiándolos a que golpeen su rabia e impo­tencia en un objeto inanimado, que se desfoguen ju­gando al tenis, al fútbol o a cualquier otra cosa.

Conviene preparar a los hermanos para que sepan que sus padres pueden cambiar de humor, sin que ellos tengan nada que ver. Al igual que a ellos los días a veces les parecen llevaderos y otras, insoportables, los sentimientos de sus padres varían día a día, pasan del aturdimiento a inesperados enfados o lloros, de una silenciosa y pasiva indiferencia hacia el mundo a un iracundo y resentido: «Quitadme a los niños de delante; no quiero que me recuerden a mi hijo».

Tras pasar por trances de este tipo, el alcohol y las drogas son los principales peligros para los padres y jóvenes de la familia. Por regla general, el padre reanuda casi de inmediato la actividad laboral, para no perder el trabajo, pero también porque así parece que la vida sigue como antes. Se vuelca en el trabajo y regresa a casa cada vez más tarde. También es posi­ble que, al ver que no se concentra, su jefe le llame la atención para que «se serene». Entonces, quizás él reaccione parándose en un bar a tomar algo, repri­miéndose lo que desearía responder al jefe por su fal­ta de sensibilidad. Es como un polvorín que estalla a la mínima provocación de un colega.

A veces la gente que rodea a estas personas con problemas, las evita para no molestarlas, con lo que el afectado se sentirá además aislado y abandonado El cónyuge tanto puede sentir de modo parecido como no entender nada, y pasar mucho tiempo sin respon­der al contacto físico, lo cual aumenta la sensación de abandono.

Un hombre cuyo hijo fue intencionadamente atropellado por un coche conducido por un adoles­cente iracundo (que había visto al niño rayando el capó de su coche), fue luego incapaz de volver a con­ducir. Más tarde explicó que temía matar a alguien si un coche se le acercaba demasiado.

Esas personas no necesitan una larga terapia psi­quiátrica. Su reacción, comprensible pese a ser enfer­miza, se debe a la acumulación mental de enfado y ra­bia reprimida, a la indignación frente a la injusticia y a otros «asuntos pendientes». Si reciben ayuda inme­diata de los que han aprendido de la vida, de los que comprenden en lugar de juzgar, de los que aman in-condicionalmente en lugar de esperar cosas concretas, encontrarán cerca de ellos un lugar seguro donde ex­teriorizar sus emociones contenidas, hacer trizas al­gún objeto y gritar su rabia e impotencia, y podrán así sentirse aliviados y liberados de la agotadora repre­sión de esos «sentimientos inaceptables y, en última instancia, destructivos». Ésa es la finalidad de nues­tros cursillos, de nuestros sistemas de apoyo mutuo y de nuestras salas especiales reservadas para gritar.

Hay madres de niños asesinados que al principio se sienten incapaces de ir al supermercado, de llevar a sus hijos al parque en cochecito, o de ir por el «mun­do», porque todo ello les parece cruel y frío. No comprenden por qué la gente no quiere hablar de su Susy, ni por qué sacan a colación trivialidades y se preocupan de las próximas elecciones. No se explican por qué los vecinos ya no vienen y el viejo vendedor de huevos ya no se para a charlar. Maldicen al mundo por seguir como siempre. Y luego se dan cuenta, a

veces de golpe y a veces poco a poco, que ellos antes de la tragedia hacían lo mismo.

Tal vez en algunos momentos tengan terribles deseos de venganza, de tomar represalias, de desqui­tarse con el criminal que segó la vida de su hijo. Al mismo tiempo temen encontrar al asesino y tener que enfrentarse con él en un juicio, reprimir sus deseos de venganza, sus propios impulsos asesinos, y la necesi­dad de tomarse la justicia por su mano.

Critican al sistema judicial por indulgente, len­to, parcialidad y escasa sensibilidad para comprender a la familia de la víctima. Recuerdan las historias del «Lejano Oeste», cuando los hombres del pueblo to­maban la justicia por su mano y linchaban a los cul­pables, y fantasean sobre cómo acabarían con el ase­sino. No advierten que esa reacción es similar a la del acusado, quien, por algún sentimiento —consciente o inconsciente— de injusticia en su vida, acabó por convertirse en asesino. Ignoran que todos los seres humanos son capaces de transformarse en un Hitler, aunque también tienen la capacidad de convertirse en una Madre Teresa.

Causa de muerte incierta

Apenas se presta atención a la existencia de casos en los que la causa de la muerte queda en entredicho. La sociedad aún queda lejos de la justicia; el sistema ju­dicial es parcial y a veces parece crear más problemas de los que resuelve. La gente que tiene dinero, nom­bre y prestigio tiene muchas más posibilidades de

cometer crímenes impunes que los pobres o las mi­norías étnicas, que carecen de dinero para defenderse, ni saben cómo hacerlo. De hecho, muchos «acciden­tes» no son tales, sino suicidios y asesinatos, pero, dado que «accidente» es más aceptable que suicidio u homicidio, muchas veces es la explicación más fácil. Se quita dureza al asunto y el culpable queda conven­cido de que, al igual que la hierba acabará creciendo sobre la tumba, las cosas se olvidarán.

Pero los desconsolados padres no pueden olvidar. Es posible que desde el principio duden que la muer­te haya sido un accidente; quizá tengan sospechas y sepan cosas que nadie quiera escuchar. Las autorida­des y los detectives no les prestarán atención y los enviarán al psiquiatra para explicar su «paranoia» y éste les dará un golpecito en la espalda con un «com­prendo su rabia y su dolor…».

Nadie escuchará a los padres que se sienten enga­ñados por el sistema judicial. Su rabia y sensación de «clamar en el desierto» requieren acciones mucho más drásticas que las que las autoridades están prepa­radas para ofrecer. Cuanto mayor sea la insistencia con que pidan justicia y otra investigación, más mo­lestos resultarán a los que quieren proseguir con sus asuntos ordinarios. Pronto los calificarán de «inesta­bles, con trastornos emocionales», y los evitarán. Si carecen de recursos para contratar a un detective pri­vado o a un abogado honrado, los padres seguirán dando vueltas a las causas de la muerte de su hijo, tra­tando de comprenderlas.

Este problema se agrava con la disminución de fondos para la asesoría legal y otros servicios sociales.

Ésta es una cuestión fundamental, pues alienta el des­contento, la rabia reprimida y el odio, lo que con el tiempo lleva a su vez a actos más violentos y a que la gente piense que tiene que «tomarse la justicia por su mano». En Estados Unidos, la frecuente utilización de armas de fuego es quizás uno de los indicios de la falta de confianza en las instituciones protectoras y en el sistema judicial, por lo cual es posible que los peque­ños rateros terminen entre rejas mientras los peores criminales permanecen en libertad para recorrer el país, continuando su obra destructiva.

Suicidio infantil

El suicidio infantil es probablemente lo que más des­troza a unos padres. También es uno de los principa­les problemas sociales, y cada vez más frecuente.

Aunque en Estados Unidos hay muchas «líneas de socorro por teléfono», a las que la gente desesperada puede llamar a cualquier hora del día o de la noche, y hay numerosos centros de prevención del suicidio, parece que se está perdiendo la batalla en este terreno. El suicidio es la tercera causa de la muerte en los niños de seis a dieciséis años y, en muchas comunidades en las que hemos trabajado, hasta el treinta por ciento de los adolescentes ha tratado de suicidarse. ¿Por qué? ¿Qué se puede hacer al respecto?

No hace mucho una desolada madre me pregun­taba totalmente desconcertada cómo es posible que un niño de once años se quite la vida. No podía com­prenderlo, aunque tenía el valor de preguntar, de buscar, para tratar de prevenir otras tragedias de este

tipo en su familia. Le pregunté sobre las circunstan­cias que precedieron a la muerte de su hijo, y respon­dió simplemente:

«No pasó nada. Llegó del colegio con mal humor. Nadie le prestó mucha atención, con excepción de mi marido, que no soportaba las caras largas en la mesa. Antes de cenar le preguntó qué le pasaba, y él contes­tó que le habían suspendido dos evaluaciones. Mi marido se enfadó y le dijo que, puesto que él no se preocupaba, tampoco nosotros lo haríamos. Ordenó al resto de la familia que no lo mirásemos durante la comida. Mi hijo no tocó su plato y después de la cena se fue a su habitación. Cuando metí a los otros cinco niños en la cama, quise darle una lección, y me salté su habitación. Siempre había sido un buen chico. Era un niño muy normal que siempre hacía lo que queríamos.

Al amanecer oyeron un disparo y lo encontraron muerto. ¡Muerto, por dos suspensos!

Ésa es la tragedia de nuestra sociedad enfocada hacia el triunfo. Decimos a nuestros hijos una y mil veces: «Te quiero si traes buenas notas», «Te quiero si estudias el bachillerato», y «¡Dios!, lo que te voy a querer si un día puedo decir “mi hijo es médico”». Y así es como nuestros hijos se prostituyen para agra­darnos, para comprar nuestro amor… ¡que no se pue­de comprar! Si comprendiésemos que nuestros hijos son dignos de ser queridos aunque no triunfen, que se los puede censurar y corregir por su mala conducta sin privarlos de amor, habría menos niños que se es-

caparían de casa, menos niños carentes de amor, au­toestima y ganas de vivir.

Miles de escolares al regresar del colegio encuen­tran una casa fría y vacía, una comida fría, si es que la hay, y nadie con quien hablar. Una adolescente dejó un collage con la palabra «ayuda» y muchos signos y sín­tomas de su depresión. Nadie se fijó en esas señales hasta después de su muerte, cuando era demasiado tar­de. Un niño indio dio un poema a su compañero de cla­se; el poema decía claramente que era incapaz de sopor­tar estar encerrado en una escuela estricta y rígida. Se supo dos semanas después de encontrarlo muerto.

Multitud de niños carecen de recursos y no tienen a nadie a quien contarle sus problemas. Innumerables niñas pasan años sometidas a incesto y abusos físicos, sin poder confiar en ningún adulto, porque las ame­nazan con matarlas si lo hacen.

En los primeros cien casos sobre incesto en niños pequeños que tratamos, a más de la mitad los amena­zaron de muerte si se atrevían siquiera a insinuar que «les había pasado algo». Ni que decir tiene que enmu­decían cuando se los dejaba al cuidado de un padre, abuelo o tío sin escrúpulos, y algunos de ellos prefirie­ron morir antes que soportar más tiempo las torturas.

Casi todo el mundo —si lo piensa con franque­za— ha considerado en algún momento la posibilidad de «terminar con todo» y huir de la miseria de su existencia. Dag Hammarskjöld* expresó con claridady belleza esos sentimientos en su libro Markings * Dag Hammarskjóld, secretario general de la ONU desde 1953, murió en accidente de aviación el año 1961, año en que re­cibió el Premio Nobel de la Paz. [N. de la ed.]
 

cuando dijo:

¡Esa es la forma en que tratas de conquistar la sole­dad y emprender el último vuelo de la Vida! ¡No! Quizá la muerte sea tu último regalo a la Vida, pero no debe ser un acto de traición hacia ella.

Si un niño desesperado encuentra a alguien que se preocupe por él, que escuche su súplica de ayuda (muchas veces no verbal), se puede evitar un desastre.

En California, me encontré con un niño, sentadoen un paseo, que parecía muy apenado. Para que con­sintiese en hablar conmigo, me senté a su lado y es­peré, hasta que estuvo preparado. Después de unos momentos de hablar sobre cosas generales, le pre­gunté sin rodeos de qué huía. Tímidamente se levantó la camiseta y me enseñó un pecho cubierto de heridas viejas y recientes causadas por un hierro candente. Me dijo que su madre lo castigaría otra vez al llegar a casa, y por eso había decidido escaparse. No sabía qué dirección tomar y le ofrecí llevarlo a casa. Cuan­do un coche se paró delante de nosotros, salió dispa­rado y desapareció de mi vista. Traté en vano de en­contrarlo. ¡Hay innumerables niños que sufren, y es posible que incluso sean vecinos nuestros!

Tenemos una gran tendencia a juzgar a los que tratan de suicidarse. ¿Habéis observado alguna vez al personal de un hospital cuando ingresan por urgen­cias por tercera o cuarta vez a un joven suicida? Mu­chos jóvenes pacientes recuerdan, años más tarde, la rabia y el disgusto mal disimulado de las enfermeras

que por tercera vez debían efectuar un lavado de es­tómago al mismo niño, a causa de una sobredosis de somníferos. ¿Por qué nos contraría tanto? ¿Acaso es porque estamos sobrecargados de trabajo y preferi­ríamos trabajar las últimas horas con alguien que de­see vivir? ¿Dedicamos algún tiempo de nuestro apre­tado horario para conocer los sufrimientos, la soledad y la angustia que precedieron al intento de suicidio? ¿Nos preocupamos alguna vez de saber si tienen a al­guien que realmente pueda ayudarlos cuando de nue­vo salgan a la calle? ¿Nos interesamos por su situa­ción, su familia, sus amigos, si es que los tienen?

Una tarde me trajeron a casa a un niño, para que me enseñara los dibujos que hacía. Estaba pálido, sólo articulaba monosílabos y era evidente que quería agradar. No se sentó hasta que se lo indicaron, no tocó las galletas antes de que se las ofrecieran y sólo cogió la hoja de papel cuando se la puse delante de la nariz. Mientras pintábamos, empezó a hablar, prime­ro con titubeos y luego con mayor libertad, hasta que completé el rompecabezas.

Tenía seis años y había tratado de matarse seis o siete veces: lo habían cogido corriendo hacia las vías del ferrocarril cuando se acercaba un tren, había trata­do de ahogarse en una bañera, y hacía poco había intentado saltar de un edificio de cinco pisos de donde lo rescató un portero. Su madre lo había abandonado y había ido de casa en casa buscando la adopción. Lo habían golpeado hasta que no pudo ni sentarse. Lo ha­bían encerrado en armarios días enteros y al salir lo habían castigado por haberse mojado los pantalones en su oscuro encierro.

La última familia con la que había estado fue bue­na con él, pero, cuando diagnosticaron un cáncer a su madre adoptiva, se lo retiraron. Una pareja quería adoptarlo, pero no encajaba en los estrictos requisitos de la oficina de adopción. Marido y mujer tenían di­ferentes creencias religiosas, y se consideró que eso no era bueno para criar a un niño. ¿Cuándo nos da­remos cuenta de que lo único que importa es el amor? ¿Cuándo comprenderemos que todos los seres hu­manos, al igual que las plantas, necesitan alimento, luz, amor, compasión y comprensión para crecer, y convertirse a su vez en padres que amen y cuiden a la próxima generación?

*   *   *

Un adolescente entregó este poema a una profesora..No se sabe si lo escribió él mismo, se sabe que se sui­cidó unas semanas después:

 Siempre quería explicar, pero nadie lo escuchaba.A veces quería pintar y no sabía nada.Quería grabarlo en una piedra o escibirlo en el cielo.Deseaba tenderse en la hierba y mirar hacia el cielo;Sólo estaría él, el cielo y las cosas que tenía dentro y    que necesitaba decir.Fue después de eso cuando hizo el dibujo.Lo guardó debajo de la almohada y no dejó que nadie   lo viese,   lo miraba todas las noches y pensaba en él.Cuando estaba oscuro y tenía los ojos cerrados,   Seguía viéndolo.Era todo suyo.Y lo quería.Cuando empezó el curso se lo llevó al colegio,   No para enseñárselo a nadie; sólo para tenerlo cerca   Como un amigo.Era divertido todo eso, la escuela.Se sentó en un pupitre cuadrado, marrón,Igual que los demás pupitres cuadrados y marrones   Y pensó que debería ser rojo.Y la clase era cuadrada y marrón,igual que las demás clases,   y era estrecha, angosta y poco acogedora.Odiaba coger el lápiz y la tiza,   con su brazo agarrotado y sus pies planos en el   suelo, agarrotados también.Con la profesora que miraba y miraba.Se acercó y le habló.Le dijo que se pusiese una corbata como los demás    nños.Le respondió que no le gustaban las corbatas   y ella dijo que “eso no importaba”.Después, pintaron.Y lo pintó todo amarillo, pues así sentía la mañana.Y estaba bien.La profesora se acercó y le sonrió.“¿Qué es esto?” , preguntó “¿Por qué no haces undibujo como Ken? ¿No es bonito?”Después su madre le compró una corbata.Y él dibujó aviones y cohetes como los demás.Y tiró el viejo dibujo.Y cuando se sentía solo mirando al cielo,   este era grande y azul y tenía de todo,   pero él ya no estaba en ningún lugar.Era cuadrado y marrón por dentro   y sus manos estaban agarrotadas.Era como los demás.Y las cosas que tenía dentro de él que necesitaba decir   ya no era necesario decirlas.Ya no presionaban.Estaban aplastadas.  Agarrotadas.

Como todos lo demás.

Continúa aquí