Sobre: El Cómo Ayudar a Otros a Bien Morir

Respuestas inadecuadas

Nos referimos aquí a las necesarias reflexiones que el propio equipo asistencial se hace sobre una base diaria en su trabajo con estos pacientes. Si bien los problemas que se originan en cada caso concreto son inherentes a éste y deben ser resueltos en el mismo contexto, pueden establecerse una serie de mecanismos comunes que conllevan respuestas que suelen mostrarse como inadecuadas.

No existe un modelo de respuestas en función de determinadas situaciones; la dinámica del proceso de ir-muriéndose hace infructuoso cualquier intento por establecer unas líneas particulares de carácter rígido. Es más, su imposición estorbaría el desarrollo normal de la moribundez.

Con esto en mente, se han descrito varios mecanismos comunes, subyacentes a determinadas respuestas, que habitualmente comportan fenómenos mal adaptativos:

Percepción inadecuada de la demanda

La literatura está repleta de ejemplos que muestran la diferencia existente entre el paciente, la familia, el médico y/o la enfermera en la percepción de lo que es la “principal problemática” del enfermo moribundo. Así, por ejemplo, para el médico puede ser la ansiedad; para la enfermera, el impropio manejo de un síntoma determinado; para la familia, el efecto secundario de un fármaco en particular, y, para el paciente, sus hijos pequeños.

Percepción adecuada de la demanda pero asociada a una negación inmediata de la misma

El ejemplo más clásico suele apreciarse cuando el paciente trae a colación un tema crónicamente negado o rechazado por el entorno: su muerte inminente.

Percepción incompleta

Responder a una demanda situada a un nivel sin comprender que esconde y revela al mismo tiempo otro tipo de necesidad; es el caso, por ejemplo, del uso de fármacos ansiolíticos en un paciente con un nivel de ansiedad aparente cuyo origen es secundario a un edema agudo de pulmón y/o una insuficiencia cardíaca incipiente, o aumento de la dosis total/día de un fármaco analgésico ante una exacerbación del dolor en un paciente deprimido y/o ansioso.

Percepción incongruente

Suele presentarse cuando proponemos respuestas a necesidades de primer orden (p.ej., control del dolor y otros síntomas) para enmascarar nuestro rechazo a necesidades de un orden superior (p.ej., necesidad de expresión de sentimientos agresivos, temor a la muerte, vida más allá de la muerte, etc.); inversamente, satisfacer una necesidad de orden superior (p.ej., interrogante existencial o sentimientos de culpa) cuando no hemos dado respuesta a una necesidad expresada en un nivel primario (p.ej., control de un síntoma angustiante).

Ignorar la dinámica del proceso

Esto suele implicar un patrón estático de respuestas y un desfase del asistente con la dinámica de la moribundez; por otro lado, pretender “encasillar” al enfermo en un determinado “estadio” -utilizando criterios estrictos de selección- obstaculiza también la dinámica de este proceso y representa una conducta inadecuada en el asistente. No olvidemos que, si bien los criterios antes desarrollados pueden sernos útiles para orientar nuestra aproximación a la circunstancia actual del paciente, en ningún momento pueden ser estrictos y mucho menos circunscritos a un período de tiempo particular o a una determinada “fase” o “estado”.

Muerte inconciliable del paciente

Puede ser un fenómeno habitual, particularmente cuando el enfermo es joven y el proceso de su enfermedad ha sido rápido; en otros casos se presenta cuando la evolución de la enfermedad ha sido larga y ha precisado múltiples hospitalizaciones (p.ej., en pacientes hematológicos); se da la circunstancia en que se proponen cuidados para vivir cuando nadie puede negar que está concluyendo la existencia del enfermo.

Muerte proyectada

Cuando queremos para el paciente una muerte serena, y porque no feliz, siendo así que esto es imposible en tanto y cuanto no se hayan vencido los obstáculos biológicos, psicológicos o ambientales para lograr, o, más habitualmente, cuando la rebeldía manifiesta su rechazo a la muerte. Este tipo de circunstancia es muy común, y en ella se pueden ver involucrados todo el equipo asistencial y los familiares; es, en el caso extremo, una forma de violentarle y alienar su derecho de “ser él mismo en su morir”.

Muerte traspuesta

Es una forma muy sutil de conducta maladaptativa, justificada en ocasiones por principios tanatológicos erróneamente concebidos o aplicados, en la que “pretendemos enseñarle al paciente a morir”; esto es, invertimos el proceso de muerte y educamos al paciente como si nosotros fuésemos los que estuviésemos muriendo. No olvidemos que en el trabajo con pacientes moribundos el enfermo es el maestro y el guía en una materia en la que justamente él tiene más experiencia que nosotros, sus asistentes.  

En el día de San Patricio una bendición celta

Bendición Celta

Que el camino salga a tu encuentro. Que el viento siempre esté detrás de tí y la lluvia caiga suave sobre tus campos. Y hasta que nos volvamos a encontrar, que Dios te sostenga suavemente en la palma de su mano. Que vivas por el tiempo que tú quieras, y que siempre quieras vivir plenamente. Recuerda siempre olvidar las cosas que te entristecieron, pero nunca olvides recordar aquellas que te alegraron. Recuerda siempre olvidar a los amigos que resultaron falsos, pero nunca olvides recordar a aquellos que permanecieron fieles. Recuerda siempre olvidar los problemas que ya pasaron, pero nunca olvides recordar las bendiciones de cada día. Que el día más triste de tu futuro no sea peor que el día más feliz de tu pasado. Que nunca caiga el techo encima tuyo y que los amigos reunidos debajo de él nunca se vayan. Que siempre tengas palabras cálidas en un anochecer frío, una luna llena en una noche oscura, y que el camino siempre se abra a tu puerta. Que vivas cien años, con un año extra para arrepentirte! Que el Señor te guarde en su mano, y no apriete mucho su puño. Que tus vecinos te respeten, los problemas te abandonen, los ángeles te protejan, y el cielo te acoja. Y que la fortuna de las colinas irlandesas te abrace. Que las bendiciones de San Patricio te contemplen. Que tus bolsillos estén pesados, y tu corazón ligero. Que la buena suerte te persiga, y cada día y cada noche tengas muros contra el viento, un techo para la lluvia, bebidas junto al fuego, risas para consolarte aquellos a quienes amas cerca de tí, y todo lo que tu corazón desee! Que Dios esté contigo y te bendiga, que veas a los hijos de tus hijos, que el infortunio te sea breve, y te deje rico en bendiciones. Que no conozcas nada más que la felicidad. Desde este día en adelante, que Dios te conceda muchos años de vida, de seguro Él sabe que la tierra no tiene suficientes ángeles.

Se dice que perteneció a San Patricio

 

Los Niños y la muerte (5 parte)- ELISABETH KÜBLER-ROSS

5 

viene de aquí 

Forma natural de preparar a los niños para la vida

Consideremos la vida que dejamos a nuestros hijos. Akwesasne Comunidad mohawk, vía Rooseveltown, Nueva York.

Nacemos con cinco emociones naturales (descritas en la página siguiente) y tenemos la tendencia a tergiver­sarlas hasta que se vuelven antinaturales. Nos absor­ben la energía y nos dejan con mares de lágrimas y enfados, deseos de venganza reprimidos, envidia y ri­validad, y sentimientos de autocompasión. Todo ello contribuye a enfermar psicológica y emocionalmen-te, y es en gran parte el origen de la violencia que vol­camos sobre los demás y sobre nosotros mismos.

Miedos que limitan nuestras vidas

Si bien el miedo es una emoción natural, se nace sólo con dos miedos inherentes: el de caer desde lo alto y

el de oír de repente ruidos fuertes. Esos dos mie­dos son dones, porque preservan la vida. Cabe pre­guntarse cuántos miedos tenemos además de ésos, y cuáles transmitiremos a nuestros hijos. Mucha gente toma sus decisiones en la vida en función de miedos, como el miedo al fracaso y/o al éxito, el miedo a que lo abandonen y lo rechacen, el miedo al dolor y a la muerte, el miedo a envejecer y a las arrugas, el miedo a no ser querido, el miedo a ser demasiado gordo o demasiado delgado, el miedo al jefe y a lo que piensen los vecinos. Adquirimos un sinfín de miedos, que nos agobian y absorben la energía.

Consciente o inconscientemente, transmitimos a nuestros hijos los miedos adquiridos y no nos damos cuenta de ello hasta que es demasiado tarde, y eso pue­de ser extremadamente perjudicial. Por ejemplo, los padres que temen que sus hijos vayan en triciclo o en bicicleta, les infundirán una parálisis psíquica y crea­rán otra generación que regirá sus vidas por el miedo  .

Emociones naturales

Miedo a caer de sitios eleva­dos. Miedo a los ruidos fuertes y repentinos. Pena: llorar y hablar pueden ayudar a soportarla.

Cólera (si dura 15 segun­dos): permite evaluar, afir­mar y protegerse.

Emociones desfiguradasMiedo al fracaso, al rechazo, a no ser querido, al triunfo, a sufrir, a la violencia, al je­fe, al qué dirán, etc. La autocompasión, el mal­humor, la depresión, el sen­timiento de culpabilidad, la timidez, el remordimiento. La prolongación de la cóle­ra, la ira, el odio, el deseo de venganza,  la  amargura,  el resentimiento.

      

Emociones naturales

Emociones desfiguradas

 

Celos: pueden ser estímulo y motivación para crecer.Amor (incondicional): con­lleva cuidado, interés; capa­cidad para decir no y esta­blecer límites; ayuda a los demás a ser independientes; autoestima,  autoconfianza, fe en la propia valía.
La envidia, la competencia, el afán de posesión, la insa­tisfacción con uno mismo. «Te quiero si…» nos lleva a complacer a los demás para «comprar» su amor y/o su aprobación (a esto lo llama­mos «prostitución»).

Además, el ser humano se desenvuelve en cuatro áreas. El área física es la más importante en el primer año de vida, que es cuando se necesita el máximo de cuidados físicos.


 

La señora T. era una de esas señoras «perfectas» que siempre parecen recién salidas de la peluquería. Iba a trabajar, con el bolso y los zapatos haciendo juego, vestida como si tuviese que ir a la Casa Blanca; nadie habría pensado que su vida estaba llena de temores. Lo que más temía era lo que pensaran de ella los de­más, sobre todo sus vecinos. Se había sacrificado mucho en aras de su profesión y no quería que se la conociese como «la mujer que venía de un barrio pobre». Ahorraba hasta el último céntimo para com­prar ropa, y nadie habría pensado que tenía que con­tar los centavos para comprar lo demás. Era viuda, y le había quedado muy poco de su marido tras pagar las facturas del hospital y el funeral.

Una hija de la señora T. estaba casada y trabajaba como vendedora de productos de belleza; la otra es­taba prometida y vivía con su novio fuera de la ciu­dad, y ésa era otra realidad que la señora T. no quería que conocieran sus amigos y vecinos. En los últimos meses la señora T. discutía constantemente con Bob, su hijo varón.

Bob contaba dieciocho años y, en opinión de su madre, tenía «amigos que no le convenían». No es que fuesen malos; iban a clase y regresaban a casa por la noche. Muchas veces pasaban por su casa, donde charlaban y escuchaban música rock: ahorraban para formar una banda de música, y a veces iban al cine con amigas.

Pero, en los últimos meses, la señora T. lo reñía to­das las noches, cuando al regresar a casa lo veía sentado en la cocina, encima de la nevera. Bob siempre tenía un aspecto descuidado, y lo que la enfurecía más era que siempre llevaba la misma camiseta, «esa camiseta» re­galada por una de sus amigas, de un color indefini­do, desteñida y gastada. Cuando hablaba de él y de sus amigos, se evidenciaba su rechazo. Se refería a ellos como si la hubiesen herido o insultado, y admitía con franqueza que, cuando empezaba a chillar a su hijo, no paraba hasta que él se iba de la habitación o de la casa. Una noche, al regresar a casa tras asistir a una conferencia sobre «La vida y la muerte», la señora T. encontró a Bob en el lugar de costumbre, vestido con la camiseta de siempre, que tanta rabia le daba. Éste es su relato de lo que ocurrió esa noche:

«Llegué a casa, y allí estaba, sentado con sus amigos. Me entraron ganas de pegarle. Lo miré como si lo viese por primera vez. Sin pensarlo, le dije: “Bob, no tengo inconveniente en que lleves esa camiseta. Y, si esta noche tienes un accidente cuando lleves a tus amigos a su casa, te enterraré con ella”.»

Si una mujer ha crecido con la idea de que debe parecer bella para que la quieran, y sólo la alaban cuando tiene un aspecto cuidado y moderno, es pro­bable que, al igual que la señora T., transmita esos juicios de valor a sus hijos y se sienta muy contrariada cuando no sigan sus indicaciones. Es interesante no­tar que la hija de la señora T. trabaja en cosmética y, según parece, «heredó» algunos valores de su madre.

¿Por qué deben morir nuestros hijos, o por qué tenemos que imaginarlos muertos, antes de ver la be-Ueza de sus vidas? ¿Por qué el miedo al qué dirán se-Para a una madre de su hijo?

El área emocional

Los niños pequeños tienen los dos miedos innatos (miedo a los ruidos repentinos e intensos y a caer de lugares elevados), pero no temen la muerte. A medida que crecen sienten naturalmente el temor a la separa­ción, pues para ellos es esencial que no los abandonen y que alguien los cuide con cariño. Los niños son conscientes de su dependencia, y los que han vivido situaciones traumáticas tienen miedo. Necesitarán superarlo y aprender a liberarse del pánico, el dolor, la ansiedad y la rabia del abandono.

Las emociones violentas son frecuentes, y no sólo se dan cuando muere un miembro de la familia. En nuestra sociedad se producen centenares de abando­nos de todo tipo, y si la pérdida no ocurre por la muerte de la persona amada, pocas personas serán conscientes de ella. En general en estos casos no se brinda ayuda inmediata ni se presta un hombro ami­go sobre el que llorar, y los vecinos no hacen visitas solidarias. El niño que se siente abandonado se vuelve vulnerable; puede volverse desconfiado, receloso de entablar relaciones; puede distanciarse de la persona a la que acusa de la separación y un sufrimiento pro­fundo por la falta de amor.

Rene era un niño así, y necesitó treinta años para curarse. Cuando sólo tenía cinco años su padre le dijo que subiera al coche, para ir a dar una vuelta juntos. Rene estaba muy ilusionado. Hacía muchos años que su padre bebía; su madre pasaba largos períodos en hospitales para enfermos mentales, y las risas y la feli­cidad escaseaban en su vida. Y ahora su padre lo llevaba a pasear… No se atrevió a preguntarle adonde iban, quizá sería al zoo, o al parque, o a ver un partido. No entendía por qué papá había venido a casa a media se­mana, aunque sabía que mamá volvía a estar muy en­ferma, porque había estado durmiendo todo el día y no se había levantado ni para hacerle un bocadillo.

Llegaron a un enorme edificio y allí aparcaron. En silencio, el padre le indicó que bajara. Había esta­do muy callado todo el viaje y no había sonreído ni una sola vez. Rene se preguntaba si estaría enfadado con él. Recordó que se había preparado solo el desa­yuno e incluso había recogido la mesa. Cuando sus padres discutían, nunca hacía ruido y se iba a su habi­tación para no molestar. Ese día no los había oído discutir, y por eso esperaba que sería un buen día.

Su padre lo cogió de la mano y lo llevó a una ex­traña sala, con un olor peculiar. Entró una monja que se puso a hablar con su padre, pero a él nadie le dijo nada. Luego su padre salió de la sala y al poco rato también salió la hermana. Rene se sentó a esperar, pero nadie acudía. Quizá su padre había ido al baño. Finalmente se levantó y miró por la ventana. Vio a su padre que se iba hacia el coche. Corrió hacia allá gri­tando: «¡Papá, papá, espérame!», pero la puerta del coche se cerró y el coche dobló la esquina y se perdió de vista.

Rene nunca volvió a ver a su madre, que regresó al hospital mental, donde dos años más tarde se suici­dó. A su padre tardó muchos años en verlo. Un día una extraña mujer fue a visitarlo, le dijo que se había casado con su padre y que pensaban sacarlo de allí para probar…

René trató entonces de agradar a su padre de to­das las maneras posibles. Pintó la nueva casa y traba­jaba febrilmente para que él le diera su aprobación. Pero su padre seguía tan callado como siempre. Ese silencio le recordaba la pesadilla del día en que se lo llevaron de su casa sin explicarle nada, sin siquiera un adiós ni un último abrazo de su madre.

Su padre nunca le dio las gracias ni le dijo que es­taba satisfecho de él, ni le explicó por qué lo había llevado a aquel orfanato sin avisar… René creció tra­tando de agradar, sin ser consciente de que, de adulto, esos miedos no lo abandonarían. Temía el alcoholis­mo, la enfermedad mental y el intimar con alguien. Su vida consistía en trabajar sin descanso para gustar a su padre. Nunca se permitió enfadarse, hablar en voz alta, ni expresar desagrado. Sólo se le alegraba la cara cuando veía a un padre o a una madre jugando con su hijo en un parque o empujándolo en el columpio del patio de un colegio. Pasaba su tiempo libre en esos sitios, disfrutando calladamente la risa de esos niños, sin ser consciente de por qué él no podía sentir amor ni reír.

De adulto se le presentó la oportunidad de exa­minar lo que había sido para él, el dolor, la angus­tia, el desespero y la incomprensión que le había pro­ducido el inesperado abandono del que había sido objeto en su tierna infancia. Sólo en cuestión de una semana, con ayuda de otras personas que compartían sus angustias en un lugar en el que se consideraba po­sitivo dar rienda suelta a las lágrimas y los miedos, surgió un hombre libre. Esa semana René se sintió incondicionalmente querido. Resolvió sus conflictos

y empezó a comprender su desconfianza y su dificul­tad para abrirse.

Si de niño alguien (preferentemente su padre) le hubiese hablado y hubiese tratado de comprender sus juegos, sus dibujos, su aislamiento, sin duda ha­bría sido fácil evitarle el dolor y los conflictos que arrastró durante décadas. Por extraño que parezca, no son cosas de siglos pasados, sino que son hechos que siguen ocurriendo cotidianamente en nuestra sociedad.

Muchos, muchísimos adultos padecen por no ha­ber sanado sus heridas de la infancia. Los niños deben tener la posibilidad de expresar su dolor sin que los tilden de llorones o de gallinas, ni les digan eso tan ri­dículo de que los hombres no lloran. Si los niños, cualquiera que sea su sexo, no expresan sus emocio­nes naturales cuando son todavía niños, más tarde tendrán lástima de sí mismos y otros problemas psi-cosomáticos. El hecho de poder expresar y compartir la pena y el miedo que se sienten en la infancia, pre­viene posteriores angustias.

Compartir las emociones

Cuidar en casa a un ser querido los últimos días o se­manas de su vida puede ser, no una pesadilla, sino una hermosa experiencia compartida que ayuda a la acep­tación. Los niños pueden colaborar, poniendo su música favorita o simplemente estando a su lado. Cuando en estas circunstancias pueden expresar su dolor, crean a menudo cosas bonitas. Un niño escri-

bió esto en el colegio, después de morir su abuelo, al que cuidaron en casa los últimos días de su vida:

«Me gustaría que esta historia no fuese cierta, pero lo es. Ha muerto el padre de mi madre. Lo van a incine­rar y esparcirán sus cenizas en un tranquilo lago. Quisiera ser la muerte: no dejaría morir a nadie; de­jaría que la gente tuviese una vida maravillosa. El pa­dre de mi madre pescaba hermosas truchas en el lago en el que van a esparcir sus cenizas. Me gustaría que no se hubiese muerto nunca. Me gustaría no estar triste.»

Para ilustrar el escrito dibujó un ataúd en llamas.

Los celos naturales de los niños

Los celos, otra emoción natural, estimulan a los niños a aprender y a emular a los jóvenes. Sólo son negati­vos si alguien los reprime o los corrige, o desprecia al niño por tener esa reacción natural.

En una ocasión fui a casa de un niño que asistía al segundo curso, a llevarle un libro de cuentos. Poco antes de irme, su hermanita de cinco años se sentó so­bre mis rodillas y me cuchicheó:

—Tía Elisabeth, el año que viene, cuando vuelvas a visitarnos, te leeré este libro entero.

Había un sentimiento de orgullo anticipado por­que tarde o temprano leería. Le pidió a su hermano mayor que le enseñara algunas letras, y pronto empe­zó a leer. Si bien estos celos son normales, el deseo

normal de llamar la atención así puede crear proble­mas con los hermanos de niños con enfermedades terminales o crónicas.

Cuando los padres miman demasiado al hijo en­fermo, a menudo los hermanos y las hermanas res­ponden de modo cada vez más negativo ante el herma­no que tiene una enfermedad terminal. Conocemos innumerables casos en los que trataban al niño enfer­mo como a un héroe, pedían a personas famosas que le escribiesen o lo visitasen, le daban regalos y privilegios con mucha mayor abundancia que la que sus herma­nos podían soñar. Si los padres (con un sentimiento de culpabilidad) miman excesivamente al niño, no es sor­prendente que sus hermanos y hermanas hagan cosas —comiencen por volverse unos quejicas y acaben por presentar problemas psicosomáticos— para intentar llamar la atención y compartir los privilegios.

Muchos hermanos y hermanas desean que su hermano enfermo muera para poder reanudar la vida «normal» que llevaban antes. Al morir el hermano enfermo, la culpabilidad y el miedo los acompañan de día y los acosan de noche, impidiéndoles dormir. Hay padres a los que, preocupados por la llegada y el alo­jamiento de los parientes y los arreglos necesarios para el funeral, les pasa inadvertida la conducta de los hermanos del difunto. Nadie presta demasiada aten­ción al hecho de que el pequeño no quiera ir al fune­ral, y pocos adultos advierten el trastorno emocional que sufren esos niños.

En mis grupos de encuentro con hermanos de ni­ños con enfermedades terminales, siempre hablamos sobre los celos y la injusticia. Algunos de los más pe-

queños tienen muchas posibilidades de convertirse en eficaces terapeutas. Una niña vino a mi despacho pi­diendo que la recibiese urgentemente. Le indiqué que se sentara y me explicara por qué estaba tan preocu­pada y tenía tanta prisa. Fue al grano: al día siguiente era su cumpleaños, el primero desde la muerte de su hermana mayor; siempre la había envidiado, porque su madre le había permitido hacer todo lo que quería. Y cuando ella, Laurie, se quejaba, su madre siempre le decía que si fuera la mayor también lo podría hacer. Había llegado a soñar con la muerte de su hermana para poder ser mayor.

Desde que había muerto su hermana, Laurie no se había acordado de sus deseos culpables hasta ese mo­mento, en que, al acercarse su cumpleaños, caía en la cuenta de que era la mayor. Pero para poderlo dis­frutar necesitaba saber una cosa: si los niños crecían en el Cielo. Le respondí espontáneamente:

—Bueno, no veo ninguna razón por la que no tengan que seguir creciendo. Todos crecemos en la vida, y supongo que en la eternidad no cesamos de crecer y aprender.

Esto bastó para aliviarla; se fue contenta y dis­puesta a disfrutar de su cumpleaños. Sí, los niños son así de directos y francos. ¡Ojalá los adultos pudiéra­mos aprender a ser otra vez así!

Algunos lectores quizá recuerden los debates suscitados en torno a un niño que estaba en el hospi­tal infantil La Rábida. Ese niño, que necesitaba un trasplante de riñon, simuló, con una pistola imagina­ria, que disparaba a varias niñas. La enfermera lo re­criminó, sin comprender el lenguaje simbólico de su conducta. Había estado esperando en vano un riñón disponible. Su padre lo había sacado del hospital un solo día, para llevarlo a dar una vuelta, y ese día per­dió un riñón que podría haberle servido. Ahora se­guía allí sentado, día tras día, semana tras semana, mes tras mes, esperando que alguien le permitiera dispo­ner de un riñón.

¿Sorprende, entonces, que este niño expresara su frustración acelerando las cosas en su imaginación, «disparando» a otros niños? Éste es un buen ejemplo del lenguaje simbólico de los niños: el niño expresaba su necesidad de conseguir un riñón. Un día llevé al niño a pasear por un lago cercano, y empezamos a ti­rar piedras al agua. De pronto comenzaron a surgir sus emociones a medida que iba tirando piedras, cada vez con más rabia. En el camino de vuelta al hospital, me miró y me contó algo sobre lo que nunca había hablado: desde que había presentado síntomas de re­chazo con el último riñón, su mamá ya no lo visitaba y, además, había tenido una niña.

Por desgracia, los adultos son a menudo incapa­ces de escuchar y captar las necesidades de los niños comprendiendo su lenguaje simbólico. Naturalmen­te, este niño estaba celoso de la niña, porque tenía la sensación de que lo había reemplazado, y estaba mo­lesto porque su madre estaba tan ocupada con el bebé que no le dedicaba tiempo a él. Le contrariaba que nadie se muriese, dejándole un riñón del que pudiera disponer para vivir él. También le daba rabia que el único día bueno que había pasado con su padre había sido el único día en que hubo un riñón.

En pocas palabras, este niño tenía motivos para

estar enojado, pero los hospitales infantiles no suelen ser lugares propicios para exteriorizar esos senti­mientos. Más tarde me explicó que cuando estaba tranquilo las enfermeras eran agradables con él, pero que cuando se enfadaba lo querían mandar al otro hospital. El «otro hospital» era el Hospital Universi­tario, «adonde mandan a los niños que hay que ope­rar o que van a morir».

—¡Moriré cuando no lo esperen!, así podré que­darme aquí con mis amigos —añadió filosóficamente.

¡Y pensar que hay adultos que creen que los ni­ños no entienden nada sobre la muerte!

Diversas maneras de amar

Y así llegamos a otra emoción natural: el amor. ¿Qué es el amor? ¿Cuántas personas, cuántos poetas han tratado en vano de describirlo en pocas palabras? El amor es el mayor enigma, el mayor problema y la mayor bendición de todos los tiempos. Tiene dos fa­cetas diferentes, ambas importantes (de hecho, esen­ciales) para vivir plenamente.

Durante el primer año de vida, como ya se ha di­cho, cuantos más cuidados, caricias y mimos reciba un niño, más posibilidades tiene de crecer sano; es un aspecto del amor. Hasta la muerte, siempre necesita­mos el contacto físico con los demás. Debemos aca­riciar más a las personas mayores. Los pacientes de las residencias de ancianos deberían poder estar con los niños cuyos padres trabajan, de modo que se pue­dan acariciar, querer, abrazar, y tengan la oportuni-dad de compartir el tiempo y el espacio, las risas y las lágrimas. Las personas mayores tenderían menos a la senilidad si pudiesen mecer a un niño necesitado, mi­mar a un niño que sufre añoranza, contarles cuentos o compartir sus sueños.

Los niños les explorarían con sus manitas las arrugas, que les despertarían interés y cariño, y reci­birían a su vez amor incondicional, lo que constituye una sólida base para su vida. Si se facilitasen estas re­laciones se tendería un puente sobre el abismo gene­racional, al tiempo que se haría una gran labor de me­dicina preventiva y de psiquiatría, y se aligeraría la carga de los padres que trabajan. Los niños que han sido acariciados y queridos, mecidos y abrazados, tienen una buena base para transmitir a lo largo de su vida su bienestar físico a los demás.

Los niños que deben permanecer en incubadoras, respiradores, pulmones de acero u otras máquinas, se hallan inaccesibles a las caricias, y eso es muy duro para los padres. Éstos tienen que encontrar formas de acariciar la piel de los niños, donde y cuando sea po­sible. A veces una fricción en los pies o una caricia en la cabeza es el único contacto físico posible, y hay que hacerlo siempre que no interfiera el procedimiento para prolongarle o salvarle la vida.

Otro aspecto del amor está relacionado con la ca­pacidad de decir «no» a la dependencia de un niño y animarlo a madurar por sí mismo. Una madre que ata los zapatos de su hijo de doce años no denota amor, sino duda de que su hijo sea capaz de hacerlo. Con esa actitud dificultará que su hijo aprenda a valorarse, a quererse, a tener amor propio y confianza en sí mismo.

Los padres incapaces de decir «no» a un niño y que le consienten todos sus caprichos, debilitan su carácter, en lugar de reforzarlo. Esos niños no se sienten queridos y no serán adolescentes seguros de sí mismos, conocedores de sus limitaciones. Serán unos mocosos mimados que llamarán la atención, y les será difícil encontrar amigos que estén pendientes de ellos como lo estaban sus inseguros padres.

Es particularmente importante que los padres de niños con enfermedades terminales comprendan esto, pues de lo contrario su conducta puede alterar terri­blemente la vida familiar. Cuando los padres de Pe­dro se enteren de que su hijo está gravemente enfer­mo, de que quizá no sobreviva ni crezca para realizar sus sueños, tratarán de «compensarlo» de diferentes maneras. Sentirán una mezcla de dolor, pena, culpa­bilidad y tristeza y se harán infinidad de preguntas sobre el porqué de esa tragedia. Mientras más mimen al niño enfermo, más probable es que éste se vuelva caprichoso e insoportable, no sólo para los padres, sino también para los hermanos y demás miembros de la familia.

En semejante situación, los padres son incapaces de expresar a su hijo su irritación por su evidente in­gratitud, por lo que, en muchas ocasiones, vuelcan su enojo hacia los hermanos, a los que les negarán enér­gicamente los pequeños favores que pidan, por razo­nables que éstos sean. Este círculo vicioso de favori­tismo y resentimiento empieza en un mal momento, cuando la familia está en una situación de estrés y a menudo al borde del agotamiento.

Un padre o una madre verdaderamente cariñosos

que no alberguen ningún sentimiento de culpabilidad «mimarán» al niño simplemente dedicándole más tiempo, contándole cuentos y recordando cosas jun­tos. Si el niño tiene limitaciones para moverse o reali­zar actividades, una familia sana hablará sobre esos aspectos y nuevos problemas, se enfrentará a ellos como un reto para su imaginación y juntos organiza­rán juegos o actividades en que todos puedan partici­par, tanto el pequeño paciente como sus hermanos.

Una de mis experiencias más emotivas fue una visita a casa de un niño que iba a morir poco des­pués. Estaba ciego a resultas de un tumor cerebral. Su hermanita, que aún iba al parvulario, se me acer­có para explicarme amablemente que él necesitaba oírme entrar en la habitación, para no asustarse. Luego me entregó una variedad de juguetes e instru­mentos musicales que compartía con él. Tanto el pa­dre como la madre habían compartido todos los tra­tamientos y cuidados con la pequeña, y en la casa prevalecía una atmósfera de genuino amor, sin ten­sión ni ansiedad. Para los pequeños es una suerte te­ner unos recuerdos así de la infancia. Esa niña crece­rá sintiéndose segura y querida.

Cómo perjudica reprimir el enojo

El enojo es una emoción natural que pocos adultos comprenden. En su forma espontánea es la expresión inicial de la afirmación de una voluntad, un simple «¡No, mamá!» y la existencia de una opinión propia. Si se acepta con naturalidad, el niño se sentirá seguro

de sus elecciones, aprenderá de sus errores y podrá ser un individuo con autoestima que decide por sí mismo.

Muchos niños, al afirmarse, ponen de manifiesto el desacuerdo con las carencias de sus padres, que les darán un cachete o amenazarán o, como mínimo, los mandarán a su habitación. Muchos padres reaccionan a la negativa de sus hijos encerrándolos con brutali­dad. Hay tantos niños maltratados que es difícil que podamos siquiera imaginar los traumas internos y externos que pueden llegar a tener, incluso antes de iniciar la vida escolar.

Los niños que crecen sin la oportunidad de ex­presar su natural enojo, acaban por reprimir su re­sentimiento e ira, sienten deseos de vengarse, y pue­den llegar incluso a odiar. Pueden aparentar ser muy dóciles y obedientes, pero, al igual que un volcán dormido, esa cólera puede entrar en erupción tarde o temprano. Éste es el caso de los niños que «parecen» buenos y «de repente» se vuelven muy crueles. De adultos pueden llegar a matar «sin ninguna razón» a personas indefensas e inocentes, y expresar así la ra­bia y venganza acumulada durante años, o incluso décadas.

Los padres responden con total incredulidad ante esos crímenes inesperados: «Siempre ha sido un buen chico. No puedo creer que hiciera eso». ¿Por qué es tan importante comprenderlo? Tengo la espe­ranza de que cada vez sean más los padres jóvenes conscientes de la importancia de educar a sus hijos permitiéndoles que expresen sus emociones natura­les y demostrándoles su amor incondicional. Si esto

se pudiese hacer con toda una generación de niños, ¡se podrían eliminar los centros de pornografía, la mayoría de las cárceles y muchas otras instituciones! Pasaríamos menos tiempo consolando a familias de niños asesinados o tratando de identificar cuerpos de niños huidos en fríos depósitos de cadáveres y menos tiempo y energía tratando de explicar el in­cremento de suicidios infantiles.

Los siguientes ejemplos ilustran los problemas que hemos creado con nuestra ignorancia e incom­prensión.

León era un pediatra muy querido al que se conside­raba el hombre más cariñoso de la plantilla del hospital. Vino a un seminario para mejorar su trata­miento de niños moribundos y contrarrestar una progresiva «usura de paciencia», según la llamaba él. Para empezar, tratamos de explicar que «la usura» es tan inaceptable como la socorrida excusa: «El diablo me obligó a hacerlo». La usura no es más que la in­comprensión de las cosas que nos quedaron irresuel­tas y que, si no las reivindicamos y consideramos, si no analizamos sus manifestaciones y orígenes, de manera de poder liberarnos de ellas, cualquiera con problemas similares hará que resurjan en nosotros. Corremos entonces el riesgo de reaccionar desmesu­radamente y, dado que eso es imposible en una se­sión de terapia o de asesoramiento, en un recinto hospitalario o con pacientes, nos reprimimos y ace­leramos la erupción del volcán interno, que un día explota donde y cuando no debe, y alcanza a quien no debe.

Durante el segundo día del seminario «Vida, muerte y transición», León reaccionó a los gritos de un participante poniéndose de repente a golpear el colchón del suelo y luego, en un estado de regresión, simuló que pegaba y estrangulaba a un bebé invisible que al parecer lo había llevado al borde del homicidio. Tras revivir y expresar su rabia homicida golpeando un colchón y estrangulando un cojín, lloró y nos re­lató unos hechos que lo habían alterado mentalmente durante más de una década.

En su familia siempre se había prohibido llorar y manifestar la cólera. Creció con la mentalidad de que «la gente buena no llora, ni grita, ni expresa enfado». Estaba bien entrenado y todo el mundo lo consi­deraba un «chico encantador», «incapaz de matar una mosca». Cuando como joven médico interno, su mujer dio a luz a su primer hijo, estaba sobrecargado de trabajo y muy cansado; extenuado por el horrible horario laboral del hospital, poco preparado para responsabilizarse de su nueva condición de padre.

Puesto que su imagen siempre había sido la de «un buen chico», su mujer confiaba en que la ayuda­ría si el bebé se despertaba por las noches. En su es­tado de regresión, con el colchón revivió un mo­mento de ira que había sentido ante el incesante lloriqueo de su hijo. Había levantado al pequeño por los aires y se le había pasado por la cabeza la idea de golpearlo hasta matarlo, luego de estrangularlo, y fi­nalmente había hecho ademán de tirarlo por la ven­tana. En la vida real había sentido todo eso, pero un sudor frío y la súbita conciencia de su furia homicida lo habían detenido antes de hacer daño al niño.

Nunca había hablado con nadie de esa noche horrible. Tampoco había imaginado que la escena pudiera repetirse idénticamente un año y medio más tarde, cuando, siendo médico residente, se sintió obligado a ayudar a su mujer en el cuidado de su hija recién nacida. León se especializó en pediatría y se esforzó al máximo para convertirse en el pediatra más cariñoso del hospital. Reprimió los recuerdos de esas dos noches y no fue consciente de las razones por las que había elegido esa especialidad, hasta que se enfrentó cara a cara con su «Hitler interior».

Muy aliviado, León compartió su culpa, confesó sus deseos destructores, lloró su angustia y remordi­miento, y, gracias a su catarsis y comprensión, salió del seminario en perfecto estado emocional y físico.

Los pequeños miedos reprimidos de la vida aca­ban por provocar manifestaciones destructivas, que pueden ir desde dar una patada a un pobre perro o descargar nuestra frustración en una inocente estu­diante de enfermería, hasta matar a un ser humano que inconscientemente nos despierta sentimientos dolorosos.

En los niños pequeños, el enfado reprimido los induce a menudo a actuar de modo espantoso y sádi­co con animales, o con niños físicamente más débiles, o discapacitados que no pueden defenderse. Y ni que decir tiene que la ira reprimida es la causa de que haya cárceles abarrotadas, guerras en todo el mundo y, en algunos países, como Estados Unidos, un constante incremento de la violencia.

Perdón

Sólo cuando se permite a los niños que expresen su natural enojo y se les anima a hacerlo, pueden éstos perdonarse por manifestar su ira. Rolando, un niño de doce años que padecía la enfermedad de Werdnig-Hoffman, que afecta al sistema neuromuscular, nos narró esta maravillosa experiencia que ocurrió días después de su bautismo. Para él fue un acontecimien­to espiritual intenso y emotivo que, sin embargo, se vio empañado por una serie de hechos que suscitaron en él una profunda ira y sentimientos de rechazo. Al verlo llorar y temblar de rabia, su madre lo animó a ir al patio y «desahogarse». Rolando le pidió que lo sa­cara de la silla de ruedas y lo colocase en el suelo, y que le diera una cuchara. Cavó un agujero y lo llenó con agua. Al cabo de una hora llamó a su madre para que le llevara sus soldados de juguete. Su madre hizo lo que le pedía suponiendo que los golpearía y tiraría al agua. En vez de eso, lo que presenció fue un cere­monioso y sagrado ritual en el que, mojándose los dedos en el agua del agujero, ungió a cada soldado en la frente.

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