Los Niños y la muerte (4 parte)- ELISABETH KÜBLER-ROSS

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Lesiones cerebrales y estado de coma

Lesiones en la cabeza

Los padres de Stephen dieron un gran respiro cuando éste por fin terminó el bachillerato. Era el mayor de cinco hermanos y, quizá porque los demás habían llegado muy seguidos, nadie parecía tener tiempo para él. Solían compararlo con sus hermanos, quienes parecían más responsables. Sus padres esperaban que, como «hermano mayor», sería un ejemplo a seguir, pero esa esperanza nunca se cumplió. Los otros cua­tro hermanos seguían el curso escolar bastante bien y hacían sus deberes, por lo general antes de cenar, mientras que a Stephen había que recordárselo cons­tantemente. Sus hermanas le tomaban el pelo y lo lla­maban «cabeza de chorlito». Su padre le solía decir que tenía «un cerebro de mosquito». «¿Qué será de ti

si no utilizas el cerebro?», le gritaba furiosa su madre cuando regresaba sin haber hecho el recado que se le había encomendado.

Un día salió de casa. A la hora de la cena aún no había regresado, cosa a la que nadie dio importan cia. Su padre comentó despreocupadamente que su despistado hijo debía de estar dando vueltas tratan­do de recordar qué recado le había encomendado su madre.

Una hora más tarde sonó el teléfono. Cuando colgó, el padre estaba silencioso y pálido. La madre le oyó decir: «Sí, ahora mismo vamos. ¿Me puede decir algo más? ¿Está vivo, por lo menos?».

Media hora más tarde el coche llegaba a toda prisa al hospital local. Apenas hablaron. Estaban conmo-cionados y desconcertados. Todo lo que sabían era que Stephen había sido atropellado por un coche, que habían tardado más de una hora en sacarlo, y que lo acababan de ingresar en la unidad de traumatología de un hospital cercano.

Rememoraron escenas de las últimas semanas con Stephen: lo orgullosos que se sentían de que final­mente hubiese aprobado el bachillerato. Acababan de llegar las fotografías de la entrega de los diplomas, pero Stephen aún no las había visto. Tenía aspecto de ser mayor y estar muy feliz en el esmoquin que había alquilado para la graduación. ¡Estaba tan contento de que Pat hubiese aceptado su invitación! Ahora que por fin algo le iba bien, le pasaba esto. ¡No había de­recho!

—Ve más despacio si no quieres que también nos matemos —dijo K. a su marido.

¿ Morir? ¡Dios mío! No, eso no, por favor,

Dios,  permítele vivir. Me da igual si luego hay cosas que no pueda hacer, pero por favor, te lo ruego, ¡dé­jalo vivir!                 

Llegaron al hospital y siguieron por un laberin-

to de pasillos hasta que llegaron a la recepción, donde se limitaron a decirles que esperasen. Todo parecía irreal, y todo el mundo parecía preocupado por su propio drama. La madre quería gritar: «Mi hijo está en algún rincón de este hospital luchando por su vida», pero nadie mostraba interés por saberlo.

    Por fin se presentó un médico muy joven. Sí,        efectivamente el muchacho del accidente era su hijo. Habían tardado una «eternidad» en sacarlo del coche siniestrado. Un amigo que pasaba por allí lo recono­ció y les dio su teléfono y su dirección. Al parecer, Stephen había pasado horas en la casa de su amigo preparando una sorpresa para el Día del Padre. Al terminar, le pidió a su amigo que la guardara hasta el domingo, y se fue corriendo para que «no se preocu­paran si llegaba tarde a cenar».

 Ésas debían de haber sido sus últimas palabras.

  No, ahora era imposible verlo, no tenía buen as­pecto. Sí, estaba vivo, pero tenía pocas posibilidades e seguir con vida. Esas palabras les quedaron graba­das. Los minutos parecían horas y las horas, días, aguardando, sin saber, rezando, y esperando.

Una madre que estaba sentada con su hijo en la  misma sala de espera gritó a la señora K.:

     ¿Qué tenéis en la cabeza? ¿Acaso no sabéis que debemos esperar los resultados de los análisis?

      Fue como si le clavasen una espina. ¿ Cuántas veces se habían reído de la cabeza de Stephen, sólo porque parecía preocupado por cosas que no lograban enten­der? ¿ Le habían preguntado alguna vez en qué soñaba?

Finalmente los llevaron a una habitación donde vieron en qué se había convertido el que hacía poco era su orgulloso «bachiller». Tenía la cara hinchada, inexpresiva, de un color extraño e indefinido y cu­bierta de manchas azules. Tenía sombras azules bajo los ojos y uno de ellos estaba desplazado.

—El ojo es el problema menor —explicó otro médico—. Si podemos mantener las funciones vitales, lo podremos operar. Hemos llamado al doctor S. y, si puede venir, lo operará.

Atareadas enfermeras iban y venían entre tubos y máquinas. Una enfermera negra de avanzada edad dio un apretón de manos a la señora K. mirándola a los ojos. Eso la sacó de su ensimismamiento y descon­fianza. ¡Alguien se preocupaba por ella!

Pasaron unos diez minutos en la consulta con el médico de guardia. Luego los instaron a que «fueran a dormir un poco» a casa. ¡Dios mío, quién podía pen­sar que unos padres podían dormir en semejantes cir­cunstancias! El señor K. llamó a su hija mayor para que fuera a buscarlos, estaba mareado y destrozado e incapaz de conducir.

Este hombre envejeció en cuestión de horas. No dejaba de pensar que llevarían a su primogénito a la sala de operaciones sin el consuelo y la ayuda de su familia. Daba vueltas por la cocina y la sala de estar, esperando una llamada en la que le dijeran que su hijo estaba bien.

A primera hora de la mañana los padres no po-

dían esperar más. Se preguntaban por qué no los lla­maban, por qué no les explicaban cómo estaba Ste-phen. ¿Acaso no era su hijo el que estaba luchando por su joven vida? Se sentían casi enfermos de emo­ción cuando se trasladaron al hospital. Esta vez los pasillos estaban vacíos. El silencio era casi tan dolo­roso como el ruido lo fuera la víspera. No parecía ha­ber vida, ni voces amigas en ningún lado. Se sentían robots enviados de un lado a otro.

Querían preguntar a gritos si alguien sabía dónde estaba Stephen, pero temían enojar a las personas de las que tendrían que depender en las próximas horas, días o semanas.

Por fin los enviaron al tercer piso, donde estaban los pacientes recién operados de la cabeza. Stephen había sobrevivido a la operación, y los cirujanos aún no habían salido de la sala de reanimación. Estaban agotados, pero Stephen seguía vivo. Aun así, sus po­sibilidades de sobrevivir valiéndose por sí mismo eran inferiores al uno por ciento.

Nuevamente los padres esperaron en una peque­ña antesala, rezando, aguardando, confiando. Los días que siguieron fueron eternos. Veían a su hijo mi­nutos al día, y regresaban a casa a descansar unas ho­ras. Preparaban algo de comida para los niños, y contestaban el teléfono, que empezaba a sonar con las llamadas de los numerosos amigos de su hijo.

Era como si conocieran por primera vez a su hijo mayor. Un muchacho les explicó lo mucho que Ste­phen lo había ayudado hacía un año cuando su her­mana se había ahogado.

—Si no hubiese sido por Stephen, probablemente

me habría matado. ¡Me sentía tan culpable por haber­me reído cuando pedía ayuda, y luego desapareció de repente bajo las olas!

Dios mío, Stephen nunca les había hablado de las muchas horas que había pasado con su amigo para ayudarlo a superar su sentimiento de culpa y vivir otra vez. ¿Cuántas veces lo habían reprendido por no ir directo a casa al salir de la escuela y hacer sus debe­res, cuando de hecho quizás iba a ayudar a amigos que lo necesitaban?

Ahora había docenas de jóvenes esperando en los pasillos del hospital, aunque sabían que sólo su pa­riente más cercano podía entrar a ver a Stephen. Este no podía mover las piernas ni hacer nada para indicar que entendía lo que había pasado. En un momento dado, el hospital consideró la posibilidad de enviarlo a un centro especializado en el cuidado de personas en coma. Entonces fue cuando los padres de un com­pañero de Stephen les hablaron de una nueva organi­zación para padres de niños con lesiones en la cabeza.

Al pie de la página figuran los nombres y las di­recciones de la organización que ayuda a los pacientes y las familias con lesiones en la cabeza, en Estados Unidos.*

Southern California Head Injury Foundation Inc. 8050 Calmosa Avenue Whittier, California 90602National Head Injury Foundation, Inc. 280 Singletary Lañe Framingham, Massachusetts 01701

                         Estado de coma

David era un saludable y robusto muchacho de dieci­nueve años, hasta que su vida cambió drásticamente en 1975, cuando su moto chocó contra un coche. Se fracturó el cráneo y, pese a que le administraron de inmediato un tratamiento de urgencia, no recuperó la conciencia. Poco después de ingresar le diagnostica­ron descerebración, una señal de mal agüero que per­sistía a pesar de las dos intervenciones quirúrgicas que le practicaron para extraerle los hematomas.

Tras interminables meses de tratamiento, alter­nando la esperanza y el desespero, la familia se lo pudo llevar a casa. Desde hace siete largos años la ma­dre cuida de su hijo, que tiene las cuatro extremidades paralizadas, no puede hablar ni seguir indicación al­guna. Permanece en cama, con importantes deforma­ciones en las articulaciones, incapaz de participar en los hechos de la vida. Es un continuo recordatorio para su madre de que los profesionales de la medicina a veces nos excedemos en nuestro empeño en mante­ner vivos a toda costa a los jóvenes, olvidando lo duro que será para los padres ver el cuerpo inerte de su hijo, en la cama año tras año, movido por la familia y enfermeras, alimentado como un bebé, incapaz de mover los brazos o las piernas, incapaz de pronunciar una palabra ni responder nada. La carta de su madre es muy expresiva:

«Querida Elisabeth:

»Aprecio sus comentarios sobre mi hijo David, pero

cada vez es más difícil convencer a su médico de que

no le dé antibióticos cuando tenga una infección, aunque en los últimos meses no ha tenido ninguna. El médico tiene miedo a dejar de administrárselos, en parte por lo que ha estado ocurriendo recientemente en California, donde se ha procesado a dos médicos por no dar antibióticos, medicamentos ni comida a un paciente, que murió como consecuencia de ello. Nunca he rechazado la alimentación; por el contra­rio, soy reacia a los antibióticos, pero no quiero dis­cutir más con ese hombre.

»Me siento derrotada, tengo la sensación de dar golpes contra la pared una y otra vez. Desde que recibí su carta han hecho más análisis y exámenes a David, uno fue en octubre, y los análisis al día siguiente del Día de Acción de Gracias. Vi los resultados del scáner cerebral, que eran horribles. El médico me preguntó qué le había pasado. Cuando se lo expliqué, me dijo que nunca había visto “un cerebro tan anormal” y que, por supuesto, era no sólo consecuencia del accidente sino también de las dos intervenciones quirúrgicas.

»Desde entonces estoy muy inquieta. Casi todos los días me levanto llorando o a punto de hacerlo, cosa que tendría que haber hecho inmediatamente después del accidente, no siete años más tarde. Por in­creíble que parezca, no tenía ni idea de que David es­tuviera tan mal. No tenía ni idea del alcance de las he­ridas; es decir, no tenía la comprensión que he adquirido en los últimos seis meses.

»Ahora me parece inaudito que, con el daño que tenía, lo salvasen, que hayamos tenido que padecer todos estos años. Odio tener que expresarme así, a pesar de haber seguido una terapia para superarlo.

»Tengo necesidad de verla para dar rienda suelta a mis emociones. A veces me da la impresión de que lo consigo, pero últimamente sé que no es así. Habría sido mucho más fácil para todos permitir que David muriese cuando tuvo el accidente, es decir, que su cuerpo muriese, porque sé que se fue esa noche; los tests demuestran sin lugar a dudas que carece de acti­vidad cortical, y creo que eso significa que salió de su cuerpo entonces.

»Me parece increíble que ese médico quiera darle “algún antibiótico” para que la gente crea que hace lo que debe y no lo critiquen. Me abruma que la gente diga que David podría vivir así hasta los 65 años o más, estoy desconcertada.»

El caso de Karen Quinlan ha llamado mucho la aten­ción: hace diez años esta joven, a resultas de una so-bredosis, quedó sumida en estado de coma. Le apli­caron procedimientos para mantenerla con vida. Ahora, casi una década más tarde, es un pequeño cuerpo anquilosado que sigue en coma, cuidado en una residencia de enfermos y visitado por sus mara­villosos padres. La mayor parte de su cerebro no fun­ciona, no puede hablar, reaccionar, ni mover las ex­tremidades. Sin embargo, la larga tragedia de su existencia ha sacudido la indiferencia de un mundo que de lo contrario seguiría indiferente y reacio a en­carar esos problemas.

La prolongación artificial de la vida ha sido obje­to de debate en muchas instituciones y foros profe­sionales, ético-morales y religiosos, y no dudo de que se seguirá discutiendo enardecidamente en favor y en

contra de los métodos para prolongar la vida en los jóvenes con daños cerebrales que no tienen posibili­dad de vivir realmente.

No viven, sino que subsisten en residencias de en­fermos, con servicios de atención al paciente, o en sus familias, donde son una carga económica, física y emocional tremenda para las personas que los cuidan. A pesar de todo son útiles pues nos hacen recordar lo preciosa que es la vida. Nos inducen a apreciar los mo­mentos que tenemos para compartir con los demás, para hablar, para reír y disfrutar con ellos mientras podemos. ¿Cuánto tiempo necesitaremos mantener­los vivos a toda costa? ¿Cuánto tiempo les daremos antibióticos?

Cada familia debe tomar esa descorazonadora y difícil decisión por sí misma. Cuando la ciencia médi­ca ha agotado todos los recursos económicos de la familia, habría que llevar a esos jóvenes a sus casas siempre y cuando pudiesen contar con el adecuado equipo de enfermería que los alimentase y moviese, les diese un baño caliente y los reconfortara física­mente lo mejor posible en esas circunstancias. Un hermano puede ponerle casetes o discos; los compa­ñeros de colegio, visitarlo, y la familia, compartir la mayoría de actividades posibles con su hijo insensi­ble. Es sabido que esos niños pueden oír, y si se los estimula con constancia pueden —aunque muy poco a poco— mejorar considerablemente.

Las familias deben diferenciar entre tener con­ciencia y tener conocimiento. Esto último no depen­de del funcionamiento cerebral. Aunque esos niños están intermitentemente fuera de sus cuerpos durante

breves períodos, tienen total conocimiento de lo que pasa en su entorno. (Cuando regresan a su cascarón físico, su lesión cerebral no les permite comprender o identificar lo que ocurre y, si «responden», lo hacen con una mirada vacía.) Por ello es esencial, en la me­dida de lo posible, proseguir la vida normal a su alre­dedor.

Al cabo de un tiempo los amigos y hermanos de­jan de visitarlo. No saben qué decir a un niño que ni siquiera los mira. Los maridos acuden cada vez me­nos, si están separados o divorciados (como es el caso del ochenta por ciento de las familias que visitamos), y puede ser que su sentimiento de culpabilidad no su­perado y su pena les impidan enfrentarse a ello. Así pues, muchas veces la madre es la única que se res­ponsabiliza de cuidar al niño, lo que constituye una carga demasiado pesada.

Si, tras proporcionarle cuidados físicos y cariño durante varios años, el niño no mejora y sus con­diciones se estabilizan, los padres —asesorados por la opinión objetiva del médico que lo cuida— debe­rían poder decidir si se le sigue administrando anti­bióticos.

A medida que seamos más capaces de darnos cuenta de que nuestra forma física no es la persona, sino el cascarón, nos costará menos dejarlos marchar y nos sentiremos menos culpables por no prolongar una vida a toda costa como obligación moral.

Una madre me explicaba que su hija de tres años y medio tenía una enfermedad neurológica degenera­tiva. Hacía poco que había quedado en coma y no podía hablar, aunque la madre tenía la impresión de

que la niña se comunicaba con ella. Creo que los ni­ños en estado de coma están casi todo el tiempo fuera de su cuerpo físico, condición en la que oyen todo lo que las personas les comunican, y entienden el len­guaje universal del amor y el cuidado. La compren­sión de su situación no les produce temor, dolor, ni angustia.

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