Los Niños y la muerte (3parte)- ELISABETH KÜBLER-ROSS

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La muerte súbita

Una pareja de New Hampshire me mandó la carta que incluyo a continuación; espero que su lectura ayude a los padres que se enfrentan a una muerte sú­bita o repentina, posibilidad que demasiadas veces se olvida. El padre, V. B., me escribió tras leer mi primer libro, On Death and Dying. *

«Su libro es una obra excelente, pero tiene lagunas para las personas que pasan por una experiencia como la mía: éramos una familia normal, con un hijo de veintitrés meses, cuando ocurrió un trágico accidente: el niño se alejó de casa y cayó en una charca el 27 de octubre. A las 13.30 nos dijeron en el hospital que había muerto. Mi mujer y yo fuimos a casa a iniciar los trámites pertinentes, y a las 15.30 nos llamaron di­ciendo que había empezado a latirle el corazón de manera espontánea y, tras recabar nuestro consenti­miento, lo llevaron a un centro especializado.

»Nuestro hijo no recuperó la conciencia y murió el 29 de octubre a las 7.30. Creo que debería haber al­gún libro sobre la muerte súbita y cómo sobrellevar­la, superarla, recuperarse, o lo que sea. Mi mujer y yo, con un tratamiento, hemos podido sobrellevarla y reorientar nuestras vidas, pero pasó bastante tiempo antes de que buscásemos ayuda.

»Un libro sobre la muerte repentina debería re­ferirse a lo que se destruye en un momento así, a la soledad y la desesperación que se siente. No soy quién para decirle de qué debería tratar un libro so­bre la muerte repentina; sólo quiero decirle que creo que sería de gran ayuda para los familiares de un fa­llecido.

»Yo sabía que, si me encontraba con personas que no había visto desde hacía tiempo, me preguntarían por mi hijo y mi mujer, y yo me sentiría en una situa­ción embarazosa, culpable por ensombrecerles el* Hay edición castellana: La muerte y los moribundos, Grijalbo, Barcelona, 1975.
 

día dándoles la mala noticia de que nuestro hijo había muerto. Ellos se habrían sentido incómodos por pre­ guntar, y yo, por explicarlo. Por eso eludía a los que no sabían nada de la tragedia. Los compañeros de tra­bajo que se enteraban de la noticia no sabían cómo tratarme. La mayoría me esquivaban para no sentir pena. Es como si hubiesen dado el dinero para las flo­res, pero no quisieran acercarse por miedo a que les contagiáramos nuestro dolor.

       »Las ocupaciones cotidianas adquieren un signifi- cado cuando el mundo se ha detenido bruscamente… Te da la impresión de que no haces nada, etcétera.» *    *    *

En Estados Unidos, cada año desaparecen un millón de niños, cien mil de los cuales son encontrados en algún depósito de cadáveres sin dejar indicio alguno de lo que les pasó desde que salieron de casa hasta que murieron lejos del hogar.

Los padres de un niño al que asesinan o que mue­re de forma repentina y trágica necesitan un entorno tranquilo y seguro en el que puedan abrirse y com­partir sus sentimientos, donde puedan gritar si quie­ren —sin que nadie se lo impida ni trate de tranquili­zarlos—, y donde puedan expresar en palabras lo «indecible». En nuestros seminarios especiales para padres afligidos por la desaparición de un hijo —así como en los seminarios sobre la vida, la muerte y la transición—, éstos empiezan a liberarse de su angus­tia y a expresar los detalles muchas veces horribles de los últimos recuerdos de su hijo asesinado: la compa­recencia ante el tribunal, las comisarías, y las noches en que se despertaban desesperados por el dolor. Nadie se asombrará ante lo que expresan, ni nadie se sentirá incómodo ni intentará salir de la sala. En esos seminarios, la tendencia a criticar y juzgar se con­vierte en comprensión y compasión.

En el grupo con el que compartimos las penas, también compartimos las esperanzas. Muchos padres pudieron captar indicios de que su hijo presentía su próxima muerte; al compartir eso con otros padres que tuvieron similares «presentimientos» no sólo sintieron un consuelo real, sino también un estímulo para comprender mejor la naturaleza espiritual del hombre. La familia empieza a identificar mensajes ocultos a través de dibujos espontáneos, poemas o frases en principio «insignificantes» dichas por sus hijos tras el lenguaje simbólico de los pequeños, mensajes que a veces sólo descifran después de su muerte. Tras un fatal accidente, el padre encuentra escondida una felicitación del Día del Padre escrita con antelación; otro niño deja un «Mamá, te quiero mucho» sobre la mesa de la cocina; otros indican que son conscientes de su próxima muerte con el tema y el color elegido para sus dibujos.

Al finalizar los seminarios esos padres pueden volver a cantar y reír, así como compartir felices re­cuerdos de sus hijos. Para esos padres, la vida vuelve a empezar; de otra forma, pero es vida; a veces es am­pliada con los servicios que ellos y los abuelos ofre­cen a otras familias que se enfrentan a las similares tragedias. Las familias afectadas entran en contacto con otras con aflicciones parecidas, y de forma natu­ral nacen grupos de ayuda que llegan a millones de personas de todo el mundo: Parents of Murdered Cbildren (Padres de niños asesinados), Compassio-nate Friends (Amigos Compasivos), Candlelighters (Portadores de luz).

A continuación exponemos un resumen de un encuentro con unos padres desconsolados que parti­ciparon en uno de nuestros seminarios. Ilustra no sólo la valentía de los padres y las madres, sino tam­bién cómo ahora comprenden mejor la vida, y la fuerza y el conocimiento interior del hombre. Nues­tro objetivo es que la esperanza y la tranquilidad sus­tituyan poco a poco a la ira, la pena y el dolor.

Una pareja relató cómo su hija de ocho años mu­rió en un accidente durante un viaje al extranjero, sin que advirtiesen las señales de que no les convenía ir de viaje. Tras la muerte de la pequeña, descubrieron lo que les parecieron pruebas evidentes de que su hija había preparado mensajes de amor para dejar tras su partida. He aquí el relato:

«Nos tomamos una semana libre para llevar a nues­tras dos hijas mayores, de siete y ocho años de edad, a visitar a unos amigos. Habíamos compartido muchas cosas con esa pareja; recientemente se habían separa­do y trataban de rehacer su matrimonio. Fuimos al aeropuerto; viajo muchísimo todos los años y sin embargo ésa era la primera vez que se me anulaba un vuelo. Nuestro vuelo iba lleno, y a ninguno de los dos nos hacía gracia tener que coger el siguiente. Duda­mos si ir o no y al final decidimos ir porque las niñas estaban muy entusiasmadas con la idea.

»Nuestra hija tuvo allí el inesperado y fatal acci­dente. Cayó y al golpearse la cabeza tuvo una hemo­rragia interna. La cogimos, le practicamos el boca a boca y volvió a respirar. Fuimos a toda prisa a un hospital, que por desgracia estaba a treinta kilómetros de allí. La mantuvimos viva durante veinte minutos. Murió un miércoles. El cumpleaños de nuestra hija menor fue el viernes, el funeral el sábado y el Día del Padre el domingo…

       »Ocurrieron algunas cosas inusuales, como por ejemplo: en el avión nuestra hija escribió una nota de agradecimiento a la señora con la que íbamos a pasar esos días, cosa que por supuesto nunca había hecho. La escribió por ella y por su hermana… “Gracias por invitarnos… Nos gusta mucho estar con usted… Con cariño, L. y A.” Nunca había hecho algo parecido… Nos pareció raro; la escribió en el avión y se la dio a su hermana diciéndole: “Esto es para W.”.

»Nuestra hija de siete años sabía que L. había es­crito esa postal y me la entregó cinco semanas más tarde. Cuando estábamos mirando los dibujos de L. en su cartera, cinco semanas después del Día del Pa­dre, encontramos una segunda postal de felicitación para esa celebración, que también había escrito antes de salir de vacaciones… Nunca sabremos por qué es­cribió la segunda postal, que era bastante especial: era el arca de Noé y en ella había escrito: “Querido papá: feliz Día del Padre. Gracias por el feliz año que me has dado. Te quiero mucho… Con cariño, L.”. Era extraño. No firmó sin embargo la que decía: “Queri­do papá, eres muy bueno y te quiero mucho y estoy muy contenta de que seas mi papá. ¡Feliz Día del Pa­dre! Te quiero mucho. Muchos besos y abrazos de tu hija mayor”. No era una postal corriente.»

Una madre comparte sus recuerdos sobre su hija adolescente muerta en un accidente:

«Miraba sus fotos después de que murió… Desde que tenía once años y medio hasta que murió fue como cinco personas diferentes. Cambiaba cada año. Cam­biaba todo su aspecto físico, y el verano antes de mo- rir organizó su vida, se ocupó de todo. Hizo una lista de las personas con las que quería reconciliarse y fue a visitarlas.

»Fuimos a cenar a un restaurante diez días antes de que muriera. En el colegio no le había ido bien, a pesar de que era una de las mejores estudiantes. Tenía quince años e iba un curso retrasada, porque quería vivir su vida… Hablamos sobre su futuro, le pregunté qué iba a hacer y me dijo:

»—Mamá, no quiero ir a otro colegio y a mi edad es difícil encontrar trabajo. Además, me queda poco tiempo de vida…

»Pronunció las tres frases con la misma energía; las tres eran igual de importantes.

«Evidentemente mi reacción de madre fue de­cirle:

»—¿De qué hablas? Sólo tienes quince años.

»No imaginaba en absoluto que, de alguna mane­ra, ella sabía lo que ocurría… No tenía la menor idea de que ese ser que estaba ante mí era un maestro, un increíble maestro. Siguió con lo suyo… Todo estaba en completo orden; pasó los últimos quince días planchándolo todo. Ordenó su habitación como no lo había hecho nunca… Era una niña de quince años; yo estaba asombrada. No cogió ningún papel que la identificase; lo interpreto como un acto de amor, porque ella lo sabía. Cuando salió de casa para subir­se al coche sabía que no regresaría; no quería que me despertasen de madrugada para decirme que mi hija había muerto, y no lo supe hasta las tres de la tarde del día siguiente.

»Siempre llevaba consigo una identificación, pero esa vez no cogió ninguna. Cerca de su cama encontré su diario. Esto es lo que había escrito en él:

«Quisiera resolver los problemas de todo el mun­do… o por lo menos ayudar a mis amigos los seres humanos, hermanos y hermanas, a todos por igual, ser consciente de sus desgracias… El dolor que sufre una persona no sólo se produce conscientemente… Se puede curar uno mismo con el corazón, con el es­píritu y con los puntos de la propia energía física. Basta con establecer contacto, mantener esas rela­ciones, y avanzar con ellas.»

El padre de una niña de once años que murió asesina­da, nos relató sus experiencias y recuerdos (cosa que en nuestra sociedad es más difícil de hacer a un padre que a una madre).

«En diciembre raptaron a mi hija y a otra niña. A esta amiga, la encontré asesinada y al día siguiente hallamos el cuerpo de mi hija. Ésta había pintado una acuarela para el cumpleaños de su madre, y se la dio; la tengo enmarcada. Mi hija me daba muchos mensa­jes que ahora comprendo… Una vez me preguntó si creía en la reencarnación. Cuando la asesinaron tenía once años.

»—La verdad, cariño —le respondí—, es que ni creo ni dejo de creer, pero no tengo ningún dato para decir sí o no. ¿Por qué me lo preguntas?

»—Tengo la profunda sensación de que una vez tuve ochenta y tres años —contestó, y ése es uno de los mensajes que me dio. 

»Antes de morir hizo ese dibujo como regalo de cumpleaños para mi mujer. Es el océano y una ola. En el cuadrante inferior derecho, que se supone que re­vela el futuro inmediato, hay una roca negra, que ocupa toda la esquina, y su firma. En la parte supe­rior, de color azul oscuro y amarillo, destaca un gran sol… Ahora empiezo a entenderlo… La ola que rompe contra la roca está en azul claro, y hay un arco iris. Sólo comprendimos que era un regalo para noso­tros. Pero tras escuchar a Elisabeth entendí que, en el dibujo espontáneo que hizo el día antes de su muerte, mi hija nos indicaba lo que ocurría… Y eso nos ha ali­viado mucho. Quiero compartirlo con todo el mundo porque esto significa mucho para nosotros.»

Una madre intervino:

—Quisiera mostrar las pinturas de mi hija, por­que hoy he aprendido algo… que me hace sentir mu­cho mejor.

Entonces empezó a enseñar pinturas realizadas por su hija, que se había suicidado, y poemas que ha­bía escrito a los quince años.

La madre de una jovencita de diecinueve años re­lató que su hija realizaba pequeños personajes antes de su fatal accidente de coche.

«Mi hija medía un metro sesenta y ocho, y era plana como una tabla. Su hermana, tres años más jo­ven, tenía unos pechos como Gina Lollobrigida. Un día me preguntó:

»—¿Qué hiciste conmigo, mamá? ¿Acaso no me   tocaba a mí el turno de tener grandes tetas ?

»Creó por eso divertidos personajes con tetas. Quería trabajar con niños el papel pintado, el batik y la cerámica. Me dejó un maravilloso legado. Todas las vasijas y las demás cosas de cerámica que hizo tenían una máscara egipcia. Murió en un accidente de coche en el puente Golden Gate. Meses antes había tenido un terrible accidente en el que el coche dio tres vuel­tas de campana. Mientras le arreglaban el coche, le dejé el mío. Se mató tres meses más tarde. Se topó con un accidente que acababa de ocurrir y al esquivarlo se cruzó con un peatón, perdió el control, y diez metros más adelante chocó contra un muro.

»Mi hijo murió al cabo de seis meses y medio. Una semana después de la muerte de su hermana es­cribió una carta a Dios:

»”Querido Dios, sé que no eres Papá Noel, pero, como regalo de Navidad, ¿podrías decirme si mi her­mana está bien? Sé que algún día estaré con ella, pero en mi vocabulario algún día está muy lejos. La quie­ro mucho y quiero estar con ella. Por favor, dime si está bien.”

»Al día siguiente de cumplir los diecisiete años murió exactamente de la misma manera. Estaba con ella tres días antes del cumpleaños de ella y un día después del suyo. Ella tenía diecinueve años y él die­cisiete el día antes de morir…

»En el funeral había muchos jóvenes… Fue la ma­yor expresión de amor imaginable… Mi hijo era un dibujante, un artista por méritos propios, y los que estaban allí decían que les había dado el don de con­vertir lo negativo en positivo.

»Mi hija menor, que a la sazón tenía diez años, también estaba en el accidente de su hermano… Tuvo la sabiduría de una persona de diecinueve. Un gol­pe la dejó inconsciente y, cuando volvió en sí, un pe­rro que tenía la pata desgarrada le tiraba del brazo. Miró a su hermano y comprendió que no podía hacer nada y que tenía que buscar auxilio. Se levantó y se puso a andar. Estaba lejos del lugar más cercano, en una carretera solitaria y pedía ayuda a gritos. Advir­tió que el perro estaba muy mal y fue capaz de qui­tarse su bufanda para hacer un torniquete en la pata del perro. Luego siguió caminando en ese estado de conmoción… Siempre encuentras a alguien cuando verdaderamente lo necesitas…

»Cada vez estoy más convencida de esto, porque ellos ahí donde estén, se encuentran mejor que noso­tros… Creo que tienen un fuerte vínculo espiritual que se expresa en ese amor y explica el deseo de mi hijo de estar con su hermana. Creo también firme­mente que estamos en esta vida para cumplir una misión, y que, una vez cumplida ésta, podremos re­gresar a “casa”… Por eso, vivimos pues en paz y tran­quilidad, sin dolor, angustia, miedo, ni nada negati­vo. Agradezco a Dios, quien me bendijo al hacerme madre de mi hija y de mi hijo en este mundo.»

Una madre, cuyo hijo murió electrocutado por acci­dente, explica lo siguiente:

«Mi hijo siempre dejaba notas en la mesa. Aproxima­damente un mes antes de tener el accidente, me le­vanté un día para ir al trabajo y encontré una nota en la mesa de la cocina. Me había estado quejando de que no quería ir a trabajar; tenía ganas de quedarme en casa y dormir hasta tarde. La nota decía: “Querida mamá, te quiero mucho”. Tuve la impresión de que el Señor me decía algo… porque durante todo el mes tuve una extraña sensación, y recuerdo que ese día escribí en mi diario: “Gracias, Señor, por lo que mi hijo me ha escrito esta mañana. Lo necesitaba”. Y realmente me cambió el día.

»Tras el accidente, entré en la sala de urgencias. El tiempo me parecía eterno; finalmente, dije que quería saber lo que pasaba. Mi amiga y yo seguimos a la enfermera… Alguien salió y dijo que había muerto. Pero yo fui fuerte…, entré y sólo recuerdo sus pies… Seis años más tarde tuve que enfrentarme a su pérdida. Por experiencia propia quiero afirmar que es mejor encarar la situación en el momento en que se produce, sin aplazarla, es mejor hacerlo entonces, ¡afrontar!»

Afrontar las crisis en soledad

Los que lo pasan peor en una crisis son los que no cuentan con ayuda alguna en ese momento. Desde que trabajamos con presos, hemos conocido a mu­chas mujeres que debieron encarar a solas la muerte de un hijo. Se sienten como viudas durante largo tiempo, con la diferencia de que a las viudas se les brinda apoyo y reciben muestras de afecto, mientras que a las esposas de presos se las evita; son pocos aquellos que les tienden la mano en momentos de crisis, como si fuesen cómplices de un delito. L. regresaba de una visita especialmente depri­mente a su marido en la cárcel cuando un vecino le dijo que su hijo la había esperado cerca de una hora, y luego había decidido irse a pescar. Empezó a dar vueltas en su minúsculo apartamento al que hacía poco se habían trasladado para poder llegar a fin de mes. No conocía a nadie en la comunidad y se sentía sola y vulnerable.

Pensó en llamar a su madre, pero iba a oír lo mis­mo de siempre: «Deja a tu marido; no es un buen hombre ni lo será nunca». Se preguntaba cómo una madre juzgaba con tanta dureza a un hombre que ha­bía pasado tantas dificultades en la vida. Su marido no era un mal hombre. Sólo era débil de carácter y ense­guida se veía envuelto en trifulcas. Un día, lo insulta­ron y sacó un cuchillo, se enzarzó en una pelea de la que el contrincante salió malherido. ¡Rogaba a Dios que no muriese!

Algunas horas más tarde sonó el teléfono. A pesar de todo, pensó que sería su madre, pero era una voz extraña, y el corazón le dio un vuelco. ¿Quién era?, ¿qué quería? El extraño hablaba sobre un niño que había tenido un accidente, le preguntó si sabía dónde estaba su hijo. Contestó que creía que había ido a pescar, aunque no estaba segura. La cabeza empezó a darle vueltas y se le nublaba la mente.

—¿Qué ha pasado? —gritó—. Dígamelo, necesi­to saberlo.

Pero el hombre que estaba al otro lado de la línea telefónica se limitó a decirle que fuera al hospital.

El autobús tardó una eternidad en llegar. La gente subía y bajaba en cada parada como si tuviesen todo  el tiempo del mundo. Finalmente llegó al hospital y la recepcionista la envió sola a la sala de urgencias. Se perdió en el camino y empezó a correr; la increparon porque estuvo a punto de atropellar a un paciente que estaba en una camilla. Cuando llegó a la sala de espera de las urgencias, estaba presa de pánico. La hicieron esperar, sin informarle nada ni tranquilizarla. Ni si­quiera sabía si era su hijo el que estaba ahí.

No pudo permanecer mucho tiempo sentada, se levantó y abriendo una puerta entró en una sala don­de las enfermeras, que estaban riendo y fumando, no le prestaron ninguna atención. Avanzó abriendo una cortina detrás de la otra; había gente en camillas, per­sonas jóvenes y viejas, blancas y negras… Todos es­peraban.

Oyó ruidos en la sala contigua y entró sin llamar. Había enfermeras y médicos, y estaban desconectan­do unos tubos del brazo de su hijo. Éste tenía sangre en la nariz y la comisura de los labios, y los ojos en­treabiertos. Eso es todo lo que pudo ver. Le gritaron que saliera, y una enfermera la cogió por el brazo y la arrastró fuera. Forcejeó; quería acercarse a su hijo, abrazarlo, decirle que se pondría bien, pero no la de­jaron. Le dijeron que «estaba muerto».

La sedaron. Su madre acudió para ocuparse de los trámites del funeral. Todavía la acosa esa imagen de haber estado tan cerca de su hijo y que le impidieran abrazarlo. Aún hoy recuerda las palabras de su veci­na: «La esperó mucho rato y luego se marchó…». Continúa llorando y esperando… ¿Qué espera? Es­pera que su madre la llame, la comprenda, esté ahí cuando la necesite. Espera que liberen a su marido.  Espera que vuelva a salir el sol en su vida. Pero es como la mayoría de madres: no cree que el sol vuelva a salir, que algún día su madre comprenda, que pre­valezca la justicia, ni que su marido regrese a casa.

Buscar ayuda

Algunos líderes espirituales, como Ram Dass y Ste-phen Levine, han aliviado la angustia de los padres de niños que han sido objeto de abusos y asesinatos, guiándolos hacia una mejor comprensión de la vida y la muerte, sin minimizar la naturaleza de su agonía y de su pérdida.

A continuación figura el extracto de un intercam­bio epistolar entre los padres de una víctima infantil y Ram Dass:

«Tras el rapto y asesinato de nuestra hija de once años de edad, entablamos una profunda e intensa comuni­cación con Ram Dass.

»Creo que nuestra hija fue un alma activamente comprometida en su trabajo mientras estuvo en la Tierra. Sobre todo en sus últimos tres años, vi brotar en ella un ser radiante, que cuidaba y quería a su fa­milia, a sus numerosos amigos, a sus parientes, jóve­nes y mayores. Siempre tenía muestras de amor para todo el mundo. Para que sonrieses y te sintieses bien, para que supieses que se preocupaba por ti. Aprendió a aceptar sus fracasos y frustraciones, que no la inti­midaban ni arredraban. Sus pétalos se abrían y eleva­ban hacia el sol. No era una hija a imagen de sus pa-  dres. Tenía lo mejor y más fuerte de nosotros. La muerte de nuestra hija deja a los que la conocimos, y a un número sorprendente de los que no la conocieron, una puerta abierta para iniciar esa búsqueda.» 

Ésta fue la respuesta de Ram Dass, publicada en Hanuman Foundation Newsletter con la esperanza de que sirviera también para otros padres:

«… Su hija terminó su breve trabajo en la Tierra y abandonó esta breve etapa de tal modo que nos dejó con un grito de agonía en nuestros corazones, un gri­to que sacude violentamente el frágil hilo de nuestra fe. En vuestro caso había poca gente que tuviese fuer­zas para aprender de semejantes enseñanzas, e incluso esas personas sólo tendrían algunos instantes de ecuanimidad y paz en medio de los ensordecedores embates de su rabia, dolor, horror y desolación.

»No tengo palabras para mitigar vuestra pena. Aunque tampoco debo hacerlo, porque ese dolor es el legado de vuestra hija. No es que ella o yo queramos infligiros esa pena, pero está ahí y se debe consumir para purificar el camino hasta el final. Es posible que de esa penosa experiencia salgáis más muertos que vi­vos. Entonces comprenderéis por qué los mayores santos, para quienes todos los seres humanos somos hijos suyos, comparten dolores insoportables y son conocidos como muertos vivientes. Cuando una per­sona soporta lo insoportable algo muere dentro de ella, pero sólo en esa oscura noche del alma se prepara para ver como Dios ve y amar como Él ama.

»Debéis buscar el modo de expresar vuestra pe­na… sin buscar una falsa fortaleza. Ahora es el mo­mento para sentaros tranquilamente a hablar con vuestra hija, para agradecerle que haya estado esos años con vosotros y animarla a seguir con su trabajo, sabedores de que esa experiencia os reportará compa­sión y sabiduría.

»E1 corazón me dice que la volveréis a encontrar muchas veces y reconoceréis cada vez las numerosas formas en que os habéis conocido. Vuestras mentes racionales no pueden “entender” lo que ha pasado, pero, si mantenéis vuestros corazones abiertos hacia Dios, encontraréis intuitivamente el camino.

»Vuestra hija vino a través de vosotros para des­empeñar su cometido en este mundo (que incluye su forma de morir). Ahora su alma está libre, y el amor que compartís con ella es invulnerable a los vientos de cambio, tanto en el tiempo como en el espacio. En ese profundo amor otorgadme un lugar.»

Las emociones dolorosas

La muerte súbita suele dejar en los padres y los her­manos un sentimiento de terrible culpabilidad aun­que sea tras una larga enfermedad. Una madre pro­fundamente afectada, escribe:

«Un grupo de padres de la asociación Amigos Com­pasivos quisiéramos que nos indicase cómo podemos afrontar los sentimientos de culpabilidad…, las du­das…; mi marido y yo no nos pudimos despedir de Jessie en vida ni decirle que lo queríamos antes de que se fuese. Supongo que es difícil saber con certeza si sufrió. ¿Sobrevive más allá de la muerte?, ¿nos echa de menos…?, ¿está triste? Si alguna señal, algu­na clave me indicase que ahora está mejor que antes, me ayudaría mucho. A los padres nos atormentan esas cuestiones porque no vemos respuestas aquí abajo en la Tierra. Mi hijo esperaba verme esa maña­na… y no me vio, y yo estaba tan cerca… En su lugar vio la propia muerte. Tengo que vivir con esa idea el resto de mi vida… Me necesitaba y yo no estaba allí. ¿Cómo puede una madre enfocar eso? Podría haber estado con él…»

Regresando de una gira por Europa, Alaska y Hawai encontré dos mil cartas a las que tenía y quería dar respuesta. No pudiéndolo hacer individualmente opté por hacerlo en una «Carta a los padres que han perdido un hijo» en la sección de cartas al director, la que os ofrezco a continuación.

Margaret GernerEditor, National Newsletter9619 Abaco Ct.St. Louis, MO 63136Querida Margaret:

Gracias por tu carta del 22 de enero en la que me pi­des que te ayude en tu publicación, National News­letter, para padres desconsolados. Acabo de llegar de Europa, Egipto, Jerusalén, Alaska y Hawai, y la única manera de no tener que defraudar a las dos mil cartas que aún no he contestado es mandarte este artículo ahora mismo, y aquí está… Queridos amigos:

Margaret Gerner, que dirige esta hermosa publica­ción, me pidió que escribiera unas líneas para los que lleváis luto por un niño u os enfrentáis a la inevitable muerte de un hijo. Como probablemente sabéis, he escrito varios libros (La muerte: un amanecer, On Death and Dying, Vivir hasta despedirnos), y el más reciente centrado en los niños que van a morir.

Puedo compartir muchas cosas con vosotros, pero quizá lo más significativo es el progreso que he­mos hecho en la última década para ayudar no sólo a las familias que participan en el largo y arduo segui­miento de la enfermedad terminal de un niño, sino también a los miles de padres cuyos hijos han sido asesinados, se han suicidado, o tuvieron una repenti­na muerte accidental. Esas familias no tuvieron el pri­vilegio de contar con el factor tiempo, que es en sí un alivio y una preparación. El tiempo alivia porque ofrece momentos para la reflexión y la oportunidad para decir todas esas cosas que no habíamos dicho to­davía. Ofrece la posibilidad de retractarse de lo que uno se arrepiente y de concentrar la energía amorosa en los que se van.

El tiempo repara: permite que cada uno se recu­pere a su ritmo de la conmoción y el aturdimiento, de la rabia que se siente hacia el destino, hacia los com­pañeros, los hermanos y, sí…, incluso hacia el niño que agoniza, o hacia Dios (una reacción humana y natural). Se necesita tiempo para tratar con Dios y para reaccionar ante las numerosas pérdidas a las que llamamos las «pequeñas muertes», que preceden a la separación final. Las pequeñas muertes son la pérdida del hermoso cabello de los niños a los que les administran quimioterapia, a una hospitalización que nos separa de ellos cuando ya no se los puede cuidar en casa, su incapacidad para caminar, bailar o jugar a la pelota, traer amigos a casa, bromear, reír y hacer planes para el futuro. Si esas pérdidas se pueden llorar en el momento en que ocurren, el final, el duelo, es mucho más fácil.

Y luego llega, naturalmente, el dolor final prepa­ratorio, que es silencioso y va más allá de las palabras; es cuando al fin nos enfrentamos a la realidad de que nunca la veremos vestida de novia, nunca hará una carrera, no podremos esperar nietos. Los padres llo­ran y se entristecen por esas cosas que «nunca pasa­rán». Por su parte, nuestros pequeños pacientes tam­bién se despiden y cada vez tienen menos necesidad de ver gente, para poder abandonar la vida. Es enton­ces cuando se puede hacer prevalecer la paz y la sere­nidad si se sabe cuándo detener los procedimientos que prolongan la vida; cuándo llevarlos a casa y sim­plemente cuidarlos con cariño hasta que pasen por la transición final que llamamos muerte.

Muchos de los que habéis perdido un pequeño con una muerte repentina no habéis tenido el privile­gio de contar con ese tiempo extra; no penséis sólo en la tragedia, sino también en la bendición de esa muerte repentina. No habéis tenido que pasar por la angustia y la agonía de un largo y doloroso trata­miento médico; no habéis tenido que preocuparos por el modo en que esta muerte vaya a afectar a sus hermanos, a los que demasiadas veces se relega a un segundo plano, cuando se mima al niño enfermo con cosas materiales, viajes a Disneylandia y todo tipo de desesperados intentos de «disimular», que a veces beneficiarían más a los que sobreviven que al niño enfermo. Muchos hermanos piden favores similares y se les niegan con una cruel respuesta: «¿Preferirías tener cáncer?». Estos niños injustamente tratados se sienten culpables por haber odiado al hermano que agoniza.

Espero que, al leer estas líneas, los que tengáis problemas con los hijos que quedan, les dediquéis tiempo y cariño antes de que sea demasiado tarde. Confío asimismo en que nunca permitiréis que nadie os dé somníferos ni calmantes en momentos como éstos, pues perderíais la oportunidad de experimentar todos vuestros sentimientos, tales como gritar vuestra pena y llorar todo lo que necesitéis, para poder vivir otra vez, no sólo por vuestro propio bien, sino tam­bién por el de vuestra familia y de los que os rodean.

Sabemos por experiencia que las personas a las que se les informa de la muerte repentina de un ser querido se recuperan mejor si pueden exteriorizar su angustia y su pena en un entorno seguro y sin testigos lo antes posible después de la inesperada muerte. Por ello aconsejamos a las unidades de urgencia de los hospitales que habiliten una sala en la que la gente pueda manifestar su dolor, y que, en vez de un «ata­reado» profesional, lo acompañe un miembro de Amigos Compasivos, alguien que no sólo conozca estas cosas por los libros sino que también lo haya aprendido en la escuela de la vida, que lo anime a llo- rar cuanto quiera y a dar rienda suelta a su angustia y dolor, y para que se libere todo sufrimiento y pueda volver a empezar a vivir.

El seminario de cinco días en régimen de interna­do que, junto con el equipo de Shanti Nilaya,* damos por todo el mundo, va dirigido a los padres que se sienten culpables, padres que se reprochan el no ha­ber hecho todo lo posible (suele ser especialmente doloroso cuando un niño se suicida). El suicidio es la tercera causa de muerte de los * Shanti Nilaya: Centro creado por Elisabeth Kübler-Ross para la maduración y la sanación. P.O. Box 2396 – Escondido, California 92025 EE.UU. [N. de la ed.]

niños entre seis y die­ciséis años, y sus padres se obsesionan con mil pre­guntas sobre si podrían haber evitado esa tragedia. Ese sentimiento de culpabilidad sólo les resta energía  y les impide vivir con plenitud y ayudar a los que se enfrentan a pérdidas semejantes.

En nuestros seminarios, hemos tenido padres que perdieron a sus hijos en el plazo de seis meses a causa del cáncer, y no necesitaron asistencia psiquiátrica, calmantes ni somníferos, y ahora ayudan a otros a rehacerse de tales pérdidas, al igual que hacen los Amigos Compasivos en Estados Unidos y en otros países. Si estáis interesados en uniros a uno de esos semi­narios, enviadnos una nota y os mandaremos más in­formación al respecto.

Tened presente que Dios nunca manda a sus hijos más de lo que pueden soportar y recordad mi prover­bio preferido: «Si protegieras los cañones de las tormentas nunca verías la belleza de sus tallas en la roca». Dicho de otra manera: «Si las tempestades no hubieran esculpido las paredes del Gran Cañón del Colorado, no conoceríamos sus bellas formas».

Esto no quiere decir en absoluto que no tengáis que experimentar el dolor y la angustia, la tristeza y la soledad después de la muerte de un niño, pero también debéis saber que, después de cada invierno, llega la primavera y vuestro dolor dará paso a una gran gene­rosidad, a una mejor comprensión, sabiduría y amor hacia los que padecen, si así lo deseáis. Utilizad esos dones para relacionaros con los demás. Todo mi tra­bajo con niños agonizantes partió del recuerdo de los horrores de los campos de concentración de la Alema­nia nazi, donde introdujeron a 96.000 niños en cáma­ras de gas. De la tragedia puede surgir algo positivo o negativo, compasión u odio… La elección es vuestra.

Para terminar esta carta quiero decir que nuestra investigación sobre la muerte y la vida después de la muerte confirma fuera de toda duda que los que ha­cen la transición (los que ya no están con nosotros) están más vivos, más rodeados de amor incondicional y belleza de lo que podéis imaginar. No están real­mente muertos. Sólo nos han precedido en el camino de la evolución que todos debemos seguir; están con sus antiguos compañeros de juego (así los llaman), o ángeles guardianes; están con miembros de la familia que les precedieron y no os añoran (como vosotros a ellos) porque no tienen sentimientos negativos. Lo único que permanece en ellos es el conocimiento del amor y el cariño que recibieron y lo que aprendieron durante su vida física. Marilyn Sunderman, la mundialmente conocida pintora de retratos de Honolulú, me estaba pintando. Ella pinta inspirada o llevada por sus guías, y estaba asombrada de ver que del retrato de «la dama de la muerte y los moribundos, con sus 55 años» surgió un hermoso cuadro y en un ángulo apareció una niña mirando una mariposa. Le rogaron que lo enseñara a los representantes de Amigos Compasivos, y ése es quizás el mayor regalo que os podamos dar, es decir, el conocimiento de que el cuerpo físico es sólo un ca­pullo, una crisálida, y de que la muerte es en realidad la manifestación de lo verdaderamente indestructible e inmortal de nosotros, representado simbólicamente por una mariposa.*Tal como los niños de los campos de concentra­ción de Madjanek, adjunto al campo de Lublin en Polonia, que dibujaban con las uñas mariposas en las paredes antes de entrar en las cámaras de gas, en el momento de la muerte vuestros hijos saben que esta­rán libres y sin trabas en un lugar en el que no hay más dolor, en el que reina la paz y el amor incondi­cional, un lugar en el que no hay tiempo y desde don­de os pueden alcanzar a la velocidad del pensamiento. tened esto presente y disfrutad de las flores que brotan en primavera tras las heladas de cada invierno, de las nuevas hojas y la vida que se manifiesta a vues­tro alrededor.                                            * En la Grecia antigua, el alma, Psyché, era representada como una niña amada por el dios Amor acompañada siempre por una mariposa. [N. de la ed.]

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Anita se fué

Veo en la pagina Radio Cristiandad que Anita falleció el 11 de marzo

 Porqué ocurren estas cosas?

Quien podría explicarlo?

 Todas las religiones coinciden en que un niño que muere en tan temprana edad es un ser puro, no contaminado. Los cristianos les llamn ángeles y les llevan en  ataudes blancos.

 Los budistas tibetanos nos hablan del karma, ellos dicen que hay seres muy santos a los que les queda algo de karma que realizar, para poder luego reaparecer en estados de consciencia mas elevados y esos seres viven en esta vida karmica lo suficiente, como para agotar su karma pasado y no crear mas karma nuevo, por lo cual mueren en temprana edad cuando aun la consciencia conserva toda su pureza.

Sea como sea todos coincidimos en que Anita es otro angelito que se fue al cielo y que estuvo un tiempo con su familia para que ellos pudieran amarla y se enriquecieran con ese amor.

 Le deseo a su familia fuerza y valor para salir adelante de este tiempo de dolor.

¿Qué ocurre después de la muerte de los individuos humanos?

 

Después de la Vida

por Francisco Carrillo (*)


¿Qué ocurre después de la muerte de los individuos humanos? Es una pregunta que todos los hombres nos hacemos al menos en algún momento de nuestra vida y que ha preocupado a la humanidad desde sus orígenes. Las religiones tienen la muerte muy presente en sus doctrinas y buscan soluciones. Los filósofos tampoco pueden escapar a este interrogante y los científicos tratan de buscar explicaciones… tarea difícil. Solamente se puede especular e imaginar, partiendo de los conocimientos de nuestra época. Imaginemos las posibles alternativas:

ALTERNATIVA MATERIALISTADe cómo la materia viva se descompone…

La primera es la más evidente y simple: después de la muerte no hay nada … La maquinaria biológica del individuo deja de funcionar, se va descomponiendo lentamente, hasta que los restos del cuerpo, en parte sirven de alimento a otros seres vivos (gusanos, bacterias, etc… y en parte, se transforman en otros materiales del suelo, si el individuo es enterrado, o bien en cenizas y gases, si es incinerado; es decir la materia biológica se transforma en otro tipo de materia de La Tierra. Esto ocurre con los cadáveres de cualquier ser vivo, cumpliéndose el principio del reciclaje de la materia en los ecosistemas

Sobrevive la especie… sobreviven los genes… sobrevive la vida…Los pensamientos, las ideas, la inteligencia… es decir cualquier actividad cerebral nacida del cerebro en acción, al morir éste, mueren con el… ya no existen. Esta sería una visión “materialista” del tema. El “alma” del hombre muere con el, al ser un producto de su cuerpo material, mientras éste funciona. Por eso la única forma de supervivencia es la específica, por medio de la reproducción, que asegura la perpetuación de la especie a lo largo de cierto tiempo, y que viene modulada por la evolución.

Es una estrategia de vida que los seres eucariontes, no bacterianos, con reproducción sexual tenemos; las células y los organismos individuales mueren y es la especie la que sobrevive en el tiempo a través del sacrificio de sus individuos; con el tiempo, las especies cambian, evolucionan y la vida, con una u otra forma sigue… En realidad son los genes y sus moléculas de ácidos nucleicos los que se perpetúan…

Los genes de los seres vivos, que son los guardianes de la información biológica, van acumulando ésta a lo largo de la evolución y de esta forma, cada vez se forman seres más complejos y con mayor información acumulada, lo que les hace ser más autosuficientes e independientes del ambiente: es el caso de los mamíferos y en especial de la especie humana.

La estrategia de las bacterias…Otras veces se forman seres vivos simples y ubicuos que no requieren un alto grado de información genética pero que están perfectamente diseñados para resistir cualquier cambio ambiental, en especial por su rápida reproducción y número; son las bacterias . En estas, al reproducirse habitualmente por bipartición asexual, si se puede hablar de la persistencia de los individuos a través de las generaciones, aunque no de forma exacta. Las bacterias nos son clones exactos de si mismas pues hay variación genética por varios procedimientos: mutaciones, a través de virus y por una especie de reproducción sexual que ellas practican de vez en cuando: la conjugación.

¿Por qué mueren las células?¿Por qué las células no son inmortales? Hay varias causas que hacen que las células acaben por morir. En primer lugar, las células al reproducirse, los telómeros (partes terminales) de sus cromosomas van acortándose y esto hace que dichas células tengan un número de mitosis limitado. De esta manera una determinada estirpe celular tiene sus días contados. Solamente en las células cancerosas no ocurre esto.

Por otro lado el gran rendimiento energético que obtiene las células de la respiración en presencia de oxígeno tiene un precio: Las células en un principio vivían en ambientes muy pobres en oxígeno; en una atmósfera más bien reductora. Con el surgimiento de la fotosíntesis oxigénica durante el proceso de la evolución biológica, la atmósfera y el agua se fueron enriqueciéndose paulatinamente en este gas hasta que se produjo una atmósfera oxidante semejante a la actual. Además el oxígeno formó una capa de ozono en la estratosfera que impedía el paso de radiaciones ultravioleta de onda corta, muy agresivas para las células. Este hecho permitió una explosión de vida y posteriormente la conquista del medio terrestre, sobre todo por parte de las células eucariotas, es decir no bacterianas.

Las células, al principio, no tenían defensas contra el oxígeno del ambiente, que es muy reactivo y muchas debieron sucumbir. Pero la vida es tenaz y persistente y pronto aprendieron a protegerse de este enemigo; aparecieron por ejemplo, enzimas que lo neutralizaban; pero no solo aprendieron a protegerse de él sino que aprendieron a utilizarlo en su provecho: Se inventó la respiración en presencia de oxígeno o respiración aerobia. Los orgánulos adecuados donde se realizó este ingenio fueron las mitocondrias, es decir, antiguas bacterias endosimbióticas (ver mi artículo “Evolución de la materia y de la vida” ). Pero como he dicho anteriormente este invento tiene un precio: Se producen radicales de oxígeno, los radicales libres, que son altamente reactivos y acaban dañando estructuras vitales de las células, como su membrana plasmática. Este deterioro se puede retardar con dietas “sanas” tipo mediterráneo, por ejemplo y con ciertas vitaminas protectoras de esta oxidación como la vitamina E.

Además los errores genéticos que se van acumulando en el ADN de las células durante la replicación y por acción de agentes externos más o menos agresivos (mutaciones) pueden influir en el desgaste celular. Estas son algunas de las principales causas de envejecimiento celular.

ALTERNATIVA NO MATERIALISTALa segunda alternativa es que después de la muerte individual del ser vivo, algo queda… algo no material, que no se sabe exactamente a donde va. Nos podemos plantear tres cuestiones:

1. ¿Todos los seres vivos sufren este proceso o solo los animales superiores, o bien solo el hombre, como ser vivo especial?

2. ¿Qué naturaleza tiene ese “algo” no material?

3. Cual es el destino y función de ese “algo”?

¿Energía espiritual?

1. Es lógico pensar que a medida que el ser vivo se complica en organización, ese algo, una especie de energía, también es más complejo; pero ¿es más persistente una vez muerto el organismo vivo? La duración de “eso” quizá dependa de la complejidad: cuando se alcanza un cierto nivel de organización vital, el “espíritu” se estabiliza y persiste… Puede que surja cuando se alcanza un nivel de raciocinio y consciencia como la alcanzada por el hombre y sea un estado de mayor nivel en la materia-energía: Primer nivel: materia no viva; segundo nivel: materia viva; tercer nivel: energía espiritual.

2. Es dificil creer que ese “algo” (espíritu, alma, etc.) sea de naturaleza material, ya que no lo vemos, no lo percibimos y no podemos demostrar su materialidad científicamente. Podemos pensar que pudiera ser algún tipo de energía. Tampoco ha podido ser demostrada su existencia y su naturaleza. Pero existen en la cultura humana citas de esto que nos ocupa:

a) Las ciencias alternativas como la parapsicología tratan de ello o de algo relacionado: Energía psíquica, viaje astral, ectoplasma, aura, ente, etc…

b) Creencias y leyendas populares hablan de: Fantasmas, espíritus buenos y malos, muertos resucitados, etc…

c) Las religiones son las que más lo consideran: nos hacen creer en: el alma inmortal, en los ángeles, en los diablos, en la resurrección de los muertos, en los dioses o en Dios…

¿Espíritus energéticos?Para la ciencia, tal asunto no es material; en todo caso, si existiese podría ser una forma desconocida de energía o todavía no identificada. ¿Que tipo de energía? Energía electromagnética… luminosa… del vacío… mental…

¿Es quizá, nuestra actividad mental recogida y almacenada, a medida que la producimos, por inteligencias superiores, o bien de forma natural, en entidades de información energética y de esta forma conservada e inmortalizada? Es posible que estas entidades o almas, que se van fabricando con la vida de cada persona, luego sean utilizadas por entidades superiores (dioses), para enriquecerse o bien pasen a formar parte del “espíritu” del Universo.

De forma que en el Universo hay varios niveles de organización: 1.- la materia no viva, asociada a la energía conocida con sus múltiples variantes 2.- la materia viva, asociada a la energía espiritual: Los seres vivos almacenan información en unas unidades de información biológica, los genes. Para esto utilizan un lenguaje de 4 letras (las 4 bases nitrogenadas del ADN) que forman unidades variables de secuencias formadas por variaciones con repetición de estas letras. A lo largo de la vida individual de los miembros de una especie, estos genes van registrando la información de sus experiencias vitales, influenciadas por el ambiente y van determinando la evolución de la especie; se almacena toda la información de la historia de la especie, de sus orígenes y ancestros en los genes de sus individuos. La especie, a través de sus miembros, va evolucionando, se va transformando, según los cambios ambientales. Pero también existe un influjo de la especie en el ambiente, de manera que ambos, en cierta medida, se transforman juntos, interaccionando entre si.

El gran caudal informativo almacenado en los genes de las diferentes especies de seres vivos puede que se consiga transvasar a entidades espirituales energéticas capaces de almacenar dicha información; serían las almas o espíritus, bien individuales de cada ser vivo, o al menos de determinados seres vivos con cierta complejidad ¿humanos? O bien una energía colectiva que recoge la información biológica, una energía espiritual cósmica. ¿Cómo se consigue esto?

¿Espíritus informáticos?El camino puede ser a través de los biochips. Las neuronas establecen circuitos neuronales en el encéfalo, según la información genética por un lado y según las experiencias ambientales y vitales por otro, y estos circuitos son la base biológica de las “funciones espirituales” de la especie humana. Si la información neuronal se consigue trasvasar a chips informáticos, la experiencia vital de una persona se puede almacenar de forma permanente en máquinas. Se pueden conectar microchips en una persona, o bien fabricar neurochips, que siendo inocuos para ella, vayan recogiendo su información vital desde que nace hasta que muere y esta información se vaya almacenando permanentemente, de forma semejante a como se almacena información en una especie de CD-Rom. Posteriormente estas informaciones vitales se podrían utilizar de diversas formas. Es una forma de que seres inteligentes (¿dioses?) adquieran información de nuestro planeta a través del procesamiento y análisis de nuestras experiencias vitales. De alguna manera estas informaciones que conservan nuestras “vidas” nos hacen inmortales. ¿Pueden transferirse a nuevos cuerpos? ¿Se acumulan, junto con otras y dan lugar a inteligencias cada vez más perfectas y poderosas?

Recapitulación: A medida que el Universo evoluciona, surge la vida y luego el espíritu…

A medida que se asocia la materia y la energía, surgen realidades emergentes de nivel organizativo superior a lo anterior, que dependen del buen funcionamiento de las asociaciones inferiores, pero que son más complejas, poderosas y autosuficientes. Las entidades inferiores, no desaparecen, sino que pueden subsistir en su estado, libremente, o pasar a integrarse en asociaciones de jerarquía superior. En todo este proceso tiene un papel determinante el tiempo ya que se trata de un proceso evolutivo, de cambio, de transformación de la materia y de la energía universal. Así, las partículas subatómicas forman átomos, más complejos, los átomos forman moléculas, las moléculas, macromoléculas; a partir de aquí ya se pueden formar estructuras vivas: Ha aparecido el ARN, y su posterior forma más estable, el ADN, fundamentos de los seres vivos. Estas macromoléculas se organizan en genes, que son las unidades de información de la materia viva y que permiten que esta materia se expanda y desarrolle, pues tienen capacidad de reproducción (replicación). Además registran y almacenan las informaciones ambientales con objeto de adaptarse mejor a los lugares donde se encuentran, es decir “viven”. Por otro lado, estas macromoléculas tienen tendencia, con el paso del tiempo, y a medida que almacenan más información y por lo tanto crecen en tamaño, a asociarse con otras moléculas y macromoléculas (proteínas, lípidos, glúcidos, etc.) y a crear estructuras vivas cada vez más complejas ¿quizás para protegerse mejor del ambiente y perpetuarse con más facilidad? (los genes egoístas de R. Dawkins). Así, nacen los orgánulos y las células, que actualmente son las unidades de vida más representativas. Estas últimas, pueden ser de estructura más sencilla, las bacterias, o bien de estructura más compleja, las demás células como las animales, vegetales o fúngicas. A medida que pasa el tiempo de este Universo y éste se desarrolla y evoluciona, surgen entidades vivas más complejas. Esto sucede si existen lugares que reúnan las condiciones necesarias para la vida, es decir planetas de tipo terrestre (al menos, la vida, tal y como nosotros la entendemos).

Si estas condiciones persisten en el tiempo en el planeta, la vida se desarrolla y se expande, creando formas cada vez más complejas: las células se asocian en organismos pluricelulares, más complejos y poderosos; estos seres se van complicando cada vez más y llega un tiempo en que algunos de estos seres se hacen tan complejos que desarrollan un órgano, el cerebro, que supera a los genes en el almacenaje y procesamiento de la información ambiental, con lo cual estos seres, determinados animales, aunque necesitan de otros seres vivos y no vivos para subsistir, son cada vez más autosuficientes y dominan cada vez mejor su ambiente. Surgen los mamíferos y uno de ellos el hombre, alcanza el máximo poder de autosuficiencia y control ambiental.

En la especie humana emerge ahora la consciencia y la vida espiritual. ¿Ocurre algo semejante en otros animales complejos aunque en menor grado? Es probable que sí, y el grado dependerá de su complejidad y desarrollo cerebral. Esta vida emergente tiene su sustrato en el cerebro y en la actividad neuronal de éste. Las neuronas, células muy especializadas, se asocian en dicho órgano y establecen comunicaciones entre ellas, los circuitos neuronales, base de las funciones cerebrales superiores, tales como la memoria, raciocinio, aprendizaje, inteligencia, emociones, etc., y que todas ellas fundamentan la vida espiritual. Es decir, esta “emergente vida espiritual” , mientras no se demuestre lo contrario, solo puede vivir si se asienta sobre el substrato cerebral, formado a su vez por unidades de vida inferiores como son las células neuronales, eso sí especializadas y asociadas convenientemente para crear esta nueva forma de vida.

Las neuronas, a medida que van siendo estimuladas por el ambiente, aumentan sus ramificaciones dendritícas y establecen cada vez más sinapsis entre sí, es decir los circuitos neuronales van proliferando con los estímulos ambientales. Esto da lugar a un sistema biológico de almacenaje de información mucho más rápido que el genético pero menos estable, ya que se transmite culturalmente, de generación en generación y no a través de los genes, aunque éstos a la larga van determinando cerebros cada vez más capaces y eficientes. Como he imaginado, quizá fantaseado, el gran salto es la separación de esta vida espiritual emergente de su sustrato biológico cerebral.


© Copyright 2002 Francisco Carrillo Gil (fcarrillo@iieh.com)
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Biólogo

(*) Francisco Carrillo nació en Zaragoza en 1952. Es licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid. Actualmente es catedrático de Biología y Geología del Instituto de Enseñanza Secundaria LEGIO VII de León (capital).

Artículo publicado en Zendo digital