El espíritu holandés… (Inventos acuáticos, libertad y buen humor)

Patinando en los canales de Amsterdam:

Bailando con patines! :D

Autobuses que se transforman en barcos!

Uno más:

http://www.youtube.com/watch?v=aNI9TY7YFdY

Plegaria del primer Domingo de Adviento

Hoy domingo 2 de diciembre es el primer día del Adviento. En Alemania ya han estado preparando durante muchos días las luces con las que a partir de hoy se iluminan sus ventanas balcones y jardínes para esperar la Navidad.

Como habitualmente visité su casa para atender a su madre, la casa es grande y tiene un bellísimo y muy bien cuidado jardín.

Todos los años junto con su esposa dedica mucho tiempo en los arreglos navideños. A él le corresponden, como siempre, las luces. Este año les ví trabajar en ello laboriosamente como siempre.

Sin embargo a pesar de que las luces navideñas estaban allí desde hace unos días, permanecian misteriosamente apagadas. Este año no se encienden, todavía.

No quise preguntar porque es una familia muy reservada, pero la casa contrastaba, estas noches, con las demás del vecindario, ya que es la única que permanece a oscuras.

Hoy me dijeron que él mañana ingresa al hospital, las luces deberan esperar su vuelta si es que retorna .

Cuando me fuí, me dí vuelta para contemplar con otros ojos la obscuridad del jardín . Entre las ramas de los cipreces se veía una sola luz encendida, la de su habitación.

Abajo los adornos navideños dormían, recordando mejores tiempos. A modo de chispitas de esperanza, su mujer había colocado unas ramas de pino con unas diminutas luces en las ventanas.

Observando su ventana iluminada, me disponía a marcharme, cuando puse la radio del auto y surgió, a modo de plegaria, la voz de Pavarotti cantando Holly Night.

 

Entonces experimenté otra vez, unos de esos momentos en los que el todo se transforma en un instante y en los que llego a creer que quizas exista algo, que quizas abriendo nuestros sentidos podamos escucharlo, verlo y aprehenderlo, aunque cuando lo intentemos se escape nuevamente.

Quizas lo mas sublime del ser humano es su inagotable capacidad de Fe y de Esperanza.

De Auschwitz a Nagasaki

De Auschwitz a Nagasaki


Caminata por la Paz

Entrevista a Mónica Oportot, participante en esta caminata.

En agosto de 1995, justo 50 años después de aquel día inolvidable en que el cielo se tiñó de ese color indefinible del horror, una columna de peregrinos se reunía en la plaza de Nagasaki. Nueve meses antes, este mismo grupo de personas guiadas por los monjes budistas de la Orden Nipponzan Myohoji, hacía su entrada en los Campos de Concentración de Auschwitz.

Estos dos lugares, manchados por la destrucción y el dolor, marcaron el inicio y fin de la Gran Caminata por la Paz realizada en conmemoración de los 50 años del fin de la Segunda Guerra Mundial.

En diciembre de 1994 los caminantes tuvieron la oportunidad de permanecer en este campo de concentración, lo que les permitió conocer las construcciones e imaginarse, a través de toda la documentación allí existente, cada una de las alternativas de vida y de muerte que existían para los prisioneros durante la Segunda Guerra Mundial. Sin lugar a dudas lo más impactante para cada uno de los caminantes fue el experimentar la gran carga emocional que derramaban sus muros y rincones.

Auschwitz:

Este campo, situado en la población polaca de Oswiecim, sirvió al principio para encarcelar a los cabecillas del movimiento nacionalista polaco durante la ocupación. Junto a éstos se encontraban algunos rusos y gitanos. El papel de este campo fue cambiando en la medida en que ingresó un gran contingente judío. En 1941, Himmler dio orden de instalar cien mil prisioneros, en su mayoría judíos, quienes fueron tildados por el nazismo como enemigos de la raza humana. Ya en 1942 se dio comienzo al plan llamado «Solución Final», que consistía en exterminarlos a todos. Se inició el programa con el fusilamiento de los cabecillas; pero, para hacerlo más eficiente, dado el gran número de deportados que llegaban, se empezó a aplicar un método silencioso, que consistía en las cámaras de gases. En ellas se introducía un gas producido por la mezcla de un insecticida con cianuro, el que provocaba un paro respiratorio instantáneo, de tal forma que la muerte sobrevenía de inmediato. De más está comentar que el tercer y más conocido método de exterminio colectivo consistía en el tan recordado y estremecedor final en los grandes hornos crematorios. Es difícil siquiera imaginar lo que era permanecer en el campo de Auschwitz; quizás una rápida sinopsis por el testimonio de una sobreviviente nos muestre una aproximación:

«Nos introdujeron a un «bloque», este término se refería a un agujero sombrío e inexpugnable. A tientas subimos a un andamiaje de maderas movedizas. Tenía tres compartimientos de dos metros por uno, colocados uno sobre otro. En cada uno de ellos teníamos que cobijarnos siete a diez mujeres. Privadas de nuestras ropas, con la cabeza rapada y el delgado uniforme que nos cubría, tiritábamos de frío y se entrechocaban nuestros dientes. En la barraca no había sitio para permanecer de pie, sentarse o guardar algo, tampoco había medio de colgar la ropa; así teníamos que secarlas puestas o echarnos sobre ellas. Igual hacíamos con las escasas pertenencias, las que nos veíamos obligadas a llevar encima día y noche, ya que estaba prohibido poseer nada. Después de una penosa jornada de trabajo, donde debíamos permanecer de pie con pala o cualquier otra herramienta en mano, soñábamos con un merecido descanso. Sin embargo, la noche en la barraca era un suplicio mayor que la dura labor del día. Primaban los dolores e incomodidades de la falta de espacio, agregándose a esto la constante lucha contra los ratones que pululaban en busca de alimentos. Algunas mujeres no podían resistir tantos sufrimientos, castigos corporales y enfermedades propias de esas condiciones de hacinamiento y caían en tal abandono que parecían fantasmas. Desprovistas de toda voluntad, deambulaban entre los barracones, incluso siendo arrastradas por las demás… y un día morían. Como resultado del tifus, pulmonías, diarreas y todo tipo de perturbaciones patológicas, al cabo de tres o cuatro semanas empezábamos a estar más holgadas por la progresiva desaparición de nuestras compañeras; pero inmediatamente nuevas remesas llenaban los vacíos. Un día, desesperada frente al dolor, las náuseas y la desesperación, levanté los ojos en busca del apoyo del cielo, pero el cielo mismo estaba invadido por el humo y las llamas del horno crematorio y la muerte.»

Miles de historias como ésta parecen estremecerse entre el cemento y el cielo de Auschwitz, y de alguna forma son capaces de tocar el corazón de quienes han decidido caminar por esas tierras de conflicto hasta llegar nueve meses más tarde a Nagasaki. No es fácil enfrentarse a tanto dolor y no tomar partido. Sin embargo, es la premisa básica para participar en la caminata y permanecer en el empeño de llevar la paz por estas sendas por donde el mundo de la codicia ha hecho presente la guerra.

Saliendo por el camino de la muerte, que era el usado para traer a los deportados, los caminantes llegaron a la República Checa, de allí a Austria, Croacia, Bosnia. En estas dos últimas la guerra no era una historia del pasado sino una experiencia viva. Allí el peligro que entraña el caminar por la zona es menos duro que el escuchar los gritos lastimeros de madres que clamaban por sus hijos y ver aquellos cuerpos desgarrados donde la vida latía aún de alguna forma. Muchas preguntas nacían frente a tanta contradicción y violencia, sin que llegara la respuesta adecuada; pero esto le permitió a cada uno mirar sus propios conflictos y hacerse consciente de su vivencia interior.

La caminata no se detiene, tiene su ritmo, cambia el paisaje, llega a las Islas de Grecia y de allí a otra zona donde, a través de la historia, el conflicto reaparece. Es la zona de Israel, Jordania e Irak. La ruta sigue paso a paso para cubrir Pakistán, India y Malasia, cruzar Tailandia, Camboya, Vietnam y Filipinas, y terminar finalmente en Japón. En este último país se realiza una gran reunión con estudiantes en Tokio, para más tarde pasar por Hiroshima y terminar finalmente en Nagasaki. Estas dos últimas ciudades están totalmente reconstruidas, después de que el ser humano diera fin a su más destructivo experimento, lanzando sobre ellas el más sofisticado producto de su carrera nuclear: la bomba atómica.

Nagasaki:

Esta ciudad moderna, pujante y próspera, se encontraba celebrando en diferentes centros el aniversario del fin de la guerra cuando llegaron los caminantes. Estos pudieron vivir la emotividad del momento. Nagasaki tiene la particularidad de estar construida sobre sus propias cenizas, quizás como una forma de no olvidar la cruda realidad de esa destrucción total, donde tantos seres humanos murieron calcinados, carbonizados, deshidratados, sin tener la oportunidad de darse cuenta de lo que les pasaba. Para otros, la muerte fue más lenta como resultado de lesiones muchas veces de tipo canceroso. En los museos de Nagasaki se puede ver abundante documentación acerca de lo sucedido con este desastre nuclear. También cuentan con paneles fotográficos y circuitos de televisión recreada, ya que no quedó ningún registro directo de este espantoso evento.

Aquí se dio fin a esta larga caminata donde cada uno de sus integrantes tuvo el tiempo para procesar lo vivido en esos nueve meses. Más aún, cada día de éstos presentó un desafío personal y una ruta para viajar dentro de sí en un trabajo de introspección que le permitiera darse cuenta de sus propias contradicciones. La mejor lección quizás sea que hay que superar nuestras situaciones internas de conflicto para contribuir realmente a la armonía y a la paz mundial. De alguna forma, para todos es válido hacerse una pregunta: ¿No será la guerra el resultado de miles y miles de conflictos individuales, personales, cotidianos, que en conjunto provocan una oscuridad tal que hace necesario un estallido?

Caminatas por la Paz:

Esta costumbre es muy antigua en el pueblo japonés. Sus orígenes se remontan al siglo XI, época en que el monje budista Nichiren (1222 -1282) empezara a caminar por los pueblos propagando el Sutra del Loto. Nichiren cantaba un mantra que había recibido durante los largos años de retiro en una montaña. Este mantra, No-Mu-Myo-Ho-Ren-Ge-Kyo, tenía la particularidad de purificar y provocar armonía en las zonas por donde él caminaba. Más tarde esta tradición se perdió y recién en pleno siglo XX fue recuperada por un muy devoto y ejemplar monje budista, Fuji Furuji (1885-1985). El fundó la Orden Nipponzan Myohoji y dedicó su vida a trabajar por la paz, comprendiendo que la guerra es un problema que ha acompañado al hombre a lo largo de toda su historia. La reconocía y definía como una concentración de actos criminales propia no sólo de pueblos bárbaros, sino perteneciente por igual a pueblos formados por hombres civilizados y modernos. Reconocía que la violencia se originaba en la ignorancia, arrogancia y egoísmo de los seres humanos. Partiendo de esa base, trató por todos los medios de disminuir la fabricación de las bombas atómicas. Tenía urgencia por contribuir a purificar las mentes de las personas y gobiernos que participan en todo el proceso del armamentismo nuclear. Para él era muy claro que la tecnología había sobrepasado el nivel del desarrollo humano en otros aspectos, por lo que estimaba que la inmadurez de la sociedad actual podía llevar a la humanidad a convertirse en una sucesión de Hiroshimas.

El maestro Fuji Furuji dedicó gran parte de sus cien años de vida a caminar por la paz, cantando el antiguo mantra acompañado por su tambor. Todos los monjes de esta orden dedican su vida entera a la búsqueda de esa apetecida armonía. En las épocas intermedias viven en sus conventos en diferentes partes del mundo y se dedican a construir unas hermosas pagodas, llamadas Pagodas de la Paz, ubicadas en parajes muy agradables y de fácil acceso a la vista de los transeuntes. Están construidas de forma tal que sus espacios y elementos constitutivos invitan a la paz. Se dice que así como las caminatas permiten un cambio a través de la constante meditación en acción y del trabajo sobre las propias emociones, la visión de la pagoda tiene el poder de permitir una transformación espiritual a todos aquellos que creen que la paz del mundo será manifestada.

Ha sido necesario sostener varias conversaciones con Mónica para dar forma a este artículo. Dinámica y de respuestas veloces, se diría que en ella estaba preparado el vehículo que la llevaría a la gran aventura de estos últimos años: Las Caminatas.

Su mirada azul es clara en un primer plano, sin embargo, muestra muchas variaciones similares a las profundidades de las aguas en los planos siguientes de sus ojos, esos mismos que van fotografiando desde el interior al exterior los acontecimientos de las largas jornadas de la caminata.

Estando de regreso de la India, después de un período de introspección, paseaba por el parque de Buttersea a las orillas del Támesis cuando divisó entre la vegetación a un monje vestido de amarillo, quien tenía su templo en el parque. Le habló de su maestro Fuji Furuji, fundador de la orden Budista Nipponzan Myohoji. Mónica, impactada por la conversación con el monje e intuyendo que allí se perfilaba un camino adecuado para ella, decidió partir en la que sería su primera Caminata por la paz. Partiendo desde Sri Lanka caminó durante tres meses al ritmo de los tambores ceremoniales y percibiendo las vibraciones del mantra purificador hasta llegar a Madrás. Esto ocurrió en medio de los conflictos de los Tigres Tamiles en 1983.

Esta caminata le permitió experimentar por primera vez la impermanencia gracias a ese constante cambio de lugar, clima, paisaje e idioma: «Caminábamos 7 a 8 horas diarias, no teníamos ninguna especial preocupación por saber dónde alojaríamos o recibiríamos alimentos. Lo cierto es que en cada lugar éramos acogidos amablemente por templos y organizaciones de diferentes religiones. Este constante caminar en meditación fue produciendo cambios en mi atención y en mi percepción del mundo de los apegos».

La segunda caminata fue de Durban a Johannesburgo, y tenía por objeto llegar a su fin coincidiendo con la elección de Nelson Mandela. Ya con experiencia y bastantes cambios a su haber, pudo enfrentar la que sería su más larga e importante jornada, cubriendo la ruta de 5.000 kilómetros entre Auschwitz y Nagasaki. Durante varios meses pudo compartir esta vivencia con sus compañeros de ruta.

Las caminatas de ninguna forma son simples, cada una de ellas es un constante desafío. Desde las más cotidianas dificultades corporales, como los dolores musculares, ampollas en los pies o enfermedades propias de ese continuo ejercicio físico, hasta los cambios de clima o de dieta. Si bien éstas no son del todo gratas, son más fáciles de solucionar que aquellas que corresponden al enfrentamiento de los asuntos personales y de todos los pensamientos que se deslizan por la mente.

«A través de la marcha se va imponiendo una Autodisciplina que nos va permitiendo hacernos conscientes de cada asunto emocional que aflora. Hay mucha inspiración y oportunidad para trabajar los propios conflictos. En el ámbito de lo colectivo, hay grandes enseñanzas de respeto para con el otro y para con uno mismo. He percibido con certeza que toda acción repercute en otros seres humanos, por lo tanto es necesario tener claridad mental al seleccionar una alternativa que lleva a una acción. En ese sentido es necesario un gran esfuerzo, ya que uno no siempre tiene consciencia de que lo que uno hace no sea causa de sufrimiento para otro ser humano. Entendí que si uno se rige por esa ley la vida es más armónica y agradable. Todo repercute en todo, no hay nada separado, es como si un hilo lo uniera todo. He aprendido mucho en la práctica misma del cambio permanente; pero, además, el compartir con estos monjes y otras personas que dedican su vida a trabajar por la paz, sin lugar a dudas me ha orientado claramente en ese proceso tan necesario de encontrar un sentido a mi vida».

Patricia Zárraga

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