La autora que comento, recordaba que hoy la ley ofrece “soluciones concretas al miedo a morir en condiciones degradantes y con sufrimiento”. Se refiere a la ley sobre el fin de la vida aprobada en Francia hace tres años, que permite al enfermo rehusar tratamientos desproporcionados y fomenta los cuidados paliativos. Entonces, ¿qué motivo hay para legalizar la eutanasia? “¿Se puede admitir que la sociedad asigne a los médicos el cometido de matar a un paciente y que la administración de la muerte esté prevista por ley?”.
Eso, señalaba Pelluchon, trastornarÃa la misión de los médicos. “No solo el acto de matar es incompatible con el deber de no hacer daño: además, el hecho de asociarlo a la atención médica minarÃa la confianza de las familias en los encargados de cuidar a sus enfermos”.
La eutanasia legalizada afectarÃa también a la consideración social de los enfermos. “¿Cómo se puede conciliar los esfuerzos que se hacen para integrar a quienes la enfermedad, la edad o la diferencia excluyen de la vida social, y una reivindicación que viene a decir que la solución al sufrimiento es la muerte?”.
En el caso concreto del suicidio asistido, “legalizarlo implicarÃa el reconocimiento, por parte de la sociedad, de que el suicidio es una salida legitima y natural al sufrimiento. Esta trivialización del suicidio va en contra del coraje y de los valores de solidaridad que nos inculcan en la escuela y en el seno de la familia”.
Pero el núcleo de la cuestión está en el modo de entender la autonomÃa, como muestra más claramente el caso de la eutanasia voluntaria. “¿Equivale la autonomÃa al derecho de hacer lo que queramos a cualquier precio, o sea obligando a los médicos y a la sociedad a otorgar reconocimiento a un acto contrario a sus valores? (…) Tal interpretación no es fiel a los derechos humanos”.
En cambio, los contrarios a la eutanasia “sostienen que la preocupación por el bien común exige poner lÃmites a una reivindicación individual que, si se reconociera por ley, darÃa paso a un derecho a la muerte incompatible con las fuentes morales de la democracia”. Estos, conscientes de la función simbólica que tienen las leyes, “se niegan a convertir la justicia en un calco de meros deseos individuales”.
Las leyes, concluÃa por tanto Pelluchon, no pueden ir sin más a remolque de los problemas que plantean las innovaciones técnicas: la referencia expresa a los valores es imprescindible para elaborar una ley sabia. Por eso, “ahora que en Holanda, pacientes y médicos se declaran más favorables a los cuidados paliativos que a la eutanasia, cabe esperar que lo que ayer se presentó como un avance, acabe siendo visto como una solución anticuada”.
Jesús D Mez Madrid
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