LA MUERTE: UN AMANECER- Elísabeth Kübler-Ross

La vida, la muerte,y la vida después de la muerte


Quisiera hablaros de algunas experiencias
que hemos podido tener a lo largo de los últimos diez años y que se refieren a la vida, a la muerte, y a la vida después de la muerte, y esto después de estudiar seriamente el campo de la muerte y de una vida después de la muerte. Des­pués de habernos ocupado durante muchos años de los enfermos moribundos, hemos entendido que no­sotros, los humanos, no hemos encontrado aún res­puesta a la pregunta quizá más importante de todas, a pesar de que nuestra presencia en la tierra se re­monta a millones de años: la definición, el signifi­cado y el fin de la vida y de la muerte.Me gustaría compartir con vosotros algunos aspectos de las investigaciones en el campo de lamuerte y de la vida después de la muerte. Pienso que ha llegado el tiempo de reunir todo lo descu­bierto por nosotros, en un lenguaje accesible a to­dos, con el fin de estar capacitados para ayudar, eventualmente, a los hombres que deben afrontar la pérdida de un ser querido. Sobre todo cuando se trata de una muerte repentina en la que no pode­mos entender por qué nos sucede ese drama. Tam­bién hay que conocer estas cosas cuando se trata de asistir a los moribundos y a sus familias. Además, siempre escuchamos estas preguntas: «¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte? ¿Por qué los niños tienen que morir, sobre todo los más pequeños?».Por diferentes razones, hasta el presente no he­mos dado a conocer con la debida amplitud los re­sultados de nuestras investigaciones. Desde hace largo tiempo estudiábamos las experiencias del umbral de la muerte, pero en nuestro espíritu guar­dábamos el hecho de que se trataba solamente de una experiencia del umbral de la muerte y no de la muerte verdadera.Antes de saber qué les sucedía a las personas al final de esa transición, hemos preferido no hablar de nuestras investigaciones, con la preocupación de no propagar verdades a medias. Lo único que publicó el centro Shanti Nilaya sobre este tema fue una carta que yo escribí e ilustré con lápices de co-lores, a un chico de nueve años del sur de los Esta­dos Unidos que tenía cáncer y que me planteaba en una carta esta pregunta emocionante: «¿Qué es la vida? ¿Qué es la muerte? ¿Por qué los niños mue­ren y deben morir?».Anteriormente la gente tenía un contacto mu­cho más estrecho con todo lo referente a la muerte y creía en un cielo o en una vida después de la muerte. Solamente hace cien años que empezó este proceso en virtud del cual cada vez es menor el nú­mero de personas que sabe con certeza que des­pués de abandonar el cuerpo físico nos espera otra vida. Pero no es ahora el momento ni éste el lugar para demostrar este proceso.Actualmente estamos ya en un nuevo tiempo de valores espirituales (en oposición a los valores ma­teriales), aunque no hay que identificar la expre­sión valores espirituales con religiosidad. Se trata más bien de una toma de conciencia, de la com­prensión de que existe algo mucho más grande que nosotros que ha creado el universo y la vida, y que en esta creación representamos una parte importante y bien determinada que puede contri­buir al desarrollo del todo.En el momento del nacimiento cada uno de no­sotros ha recibido la chispa divina que procede de la fuente divina. Esto quiere decir que llevamos una parte de este origen, y gracias a ello nos sabe­mos inmortales.Mucha gente empieza a comprender que el cuerpo físico no es más que una casa, un templo, como nosotros solemos llamarle, el «capullo de seda» en el que vivimos durante un cierto tiempo hasta la transición que llamamos muerte. Cuando llega la muerte abandonamos el capullo de seda y somos libres como una mariposa. Nos servimos de esta imagen del lenguaje simbólico y la utilizamos al hablar con los niños moribundos o con sus her­manos y hermanas.A lo largo de estos últimos veinte años me he ocupado esencialmente de enfermos moribundos. Al empezar este trabajo no estaba interesada en la vida después de la muerte, incluso no tenía una idea precisa sobre la definición de la muerte, de­jando de lado, por supuesto, la definición desde el punto de vista médico, que evidentemente me era familiar.Cuando se reflexiona sobre la definición de la muerte, muy pronto se comprende que nos re­ferimos únicamente al cuerpo físico, como si el hombre sólo fuera esa envoltura. Yo misma forma­ba parte del conjunto de científicos que no habían cuestionado nunca esa concepción. Creo que la de­finición de la muerte volvió a adquirir notoriedad en el curso de la década de los años sesenta, cuando se planteó el problema de los trasplantes de órga­nos, sobre todo los de hígado y corazón. Desde el punto de vista ético, miles de científicos cuestiona­ron seriamente el momento en que se tendría dere­cho a tomar de alguien un órgano para trasplan­tarlo a un enfermo con el objeto de procurar salvar su vida.En los últimos años, el deber de afrontar estos problemas ha provocado varios planteamientos de tipo jurídico. Nuestro materialismo ha alcanzado un punto en el que los médicos fuimos acusados por personas que pretendían que tal miembro de la familia aún vivía cuando se le había quitado el ór­gano en cuestión, o bien se nos acusaba de haber esperado demasiado tiempo para realizar el tras­plante, prolongando quizás inútilmente la vida del enfermo del que se trataba. Las compañías de segu­ros contribuyeron también a poner en evidencia este problema porque en el momento de un acci­dente familiar con frecuencia les resulta impor­tante saber cuál de las personas falleció primero, aunque sólo se trate de minutos.En este caso sólo cuenta el dinero y se trata de saber en quién revierte. Es inútil decirles que estas querellas me hubieran dejado indiferente si no hu­biera tenido que afrontar tales problemas por ra- zón de mi trabajo y de mis propias experiencias junto a los moribundos.Yo soy por naturaleza una persona semicre-yente, algo escéptica, para decirlo prudentemente, y como tal no me interesaba la eventualidad de una vida después de la muerte, pero ciertas observa­ciones se repetían con tal frecuencia que me vi for­zada a asomarme a la cuestión. En aquella época empezaba yo a preguntarme por qué nadie había estudiado aún este problema, no por razones cien­tíficas precisas o para poder hacer uso de las con­clusiones en caso de un proceso judicial, sino úni­camente por curiosidad natural.El hombre existe sobre el planeta Tierra desde hace millones de años. Con todo, en su forma ac­tual —en aquella que comprende su semejanza con Dios— no es demostrable que se trate de algunos millones de años. Cada día los hombres mueren por todas partes. Y nuestra sociedad, sin embargo, no ha realizado ningún esfuerzo para estudiar la muerte y llegar a una definición actualizada y uni­versal de la muerte humana, mientras que ha triun­fado enviando hombres a la luna y logrando igual­mente que regresaran sanos y salvos. ¿No resulta extraño?En el período en que estaba entregada a mi tra­bajo con los moribundos y además daba clases, mis estudiantes y yo misma decidimos un buen día in­tentar buscar una definición actualizada y univer­sal de la muerte. En alguna parte se ha dicho: «Pe­did y se os dará. Buscad y encontraréis. Llamad y se os abrirá». En otras palabras: «Llegará el Maes­tro cuando el discípulo esté preparado». Esta frase resultó justa para nosotros puesto que ya durante la primera semana, después de enunciar la pre­gunta y habernos comprometido a encontrar la respuesta, vinieron a vernos algunas enfermeras para compartir con nosotros una experiencia pro­vocada por una mujer que estaba en cuidados in­tensivos por decimoquinta vez. En esta ocasión se esperaba su muerte, y de nuevo consiguió salir del hospital para vivir durante semanas o meses. Pode­mos decir ahora que fue nuestro primer caso de una experiencia del umbral de la muerte.Mientras estábamos estudiando este caso, yo vi­gilaba junto a mis pacientes moribundos, con una atención y una sensibilidad acentuadas, todos es­tos fenómenos inexplicables que se presentaban justo antes de la muerte. Eran numerosos los que comenzaban a «alucinar» y a repetir las palabras de los parientes que habían muerto antes que ellos y con los que parecían tener una especie de comuni­cación, aunque yo no podía ver ni entender a esos seres. Observaba también que aun los enfermos más rebeldes y difíciles se calmaban poco antes de su muerte y se desprendía de ellos una paz solemne apenas cesaban los dolores, aunque sus cuerpos es­tuvieran invadidos por tumores o metástasis.Podía observar también que inmediatamente después del fallecimiento, el rostro de mis enfer­mos expresaba paz, equilibrio y una expresión so­lemne de júbilo, y esto era tanto más incomprensi­ble en los casos en los que el moribundo poco antes de morir se encontraba en un estado de cólera, de agitación o de depresión.Mi tercera observación, y sin duda la más subje­tiva, era el hecho de que estando siempre muy pró­xima a mis enfermos, y comunicándome con ellos con un amor profundo, influyeron en mi vida al tiempo que yo influía en la de ellos, de una forma muy personal e incisiva. Sin embargo, minutos después de su muerte mis sentimientos por ellos ya no existían, lo que me extrañaba tanto que me preguntaba si yo era normal. Cuando los miraba en su lecho de muerte, tenía la impresión de que se ha­bían quitado el abrigo de invierno, como cuando llega la primavera, ya que no les hacía falta nada más. Tenía la certeza increíble de que esos cuerpos no eran más que unas envolturas y de que mis que­ridos enfermos ya no estaban en la cama.Se sobreentiende que yo, como científica, no te-nía explicación sobre ese fenómeno y tenía por ello la tendencia a dejar de lado estas observaciones, y seguramente hubiera mantenido esta actitud si la señora Schwarz no hubiera producido un cambioen mí.Su marido era esquizofrénico y cada vez que te­nía una crisis intentaba matar a su hijo menor, que era el único de sus muchos hijos que vivía todavía en casa. La enferma estaba convencida de que si moría ella demasiado pronto su marido perdería el control y su hijo estaría en peligro de muerte. Gra­cias a una organización de ayuda social llegamos a colocar al hijo cerca de familiares, así la señora Schwarz dejó el hospital aliviada y liberada sa­biendo que, aunque no viviera mucho tiempo, su hijo al menos estaba seguro.Esta enferma volvió a nuestro hospital después de un año, más o menos, y fue nuestro primer ca­so de una experiencia en el umbral de la muerte. Tales experiencias han sido publicadas estos últi­mos años en numerosos libros y periódicos y son por consiguiente conocidas por el gran público.Por su informe médico, la señora Schwarz fue admitida en un hospital local de Indiana, puesto que su estado crítico no le permitía un traslado hasta Chicago, que estaba demasiado lejos. Re­cuerdo que estaba muy delicada, y que la ubicaron inmediatamente en una habitación privada. En_ tonces comenzó a reflexionar sobre si debía desa­fiar una vez más a la muerte o si podía dejarse llevar tranquilamente para abandonar su envoltura. Fue entonces cuando vio entrar a la enfermera, echar una mirada sobre ella y precipitarse fuera de la ha­bitación. La señora Schwarz se vio deslizarse len­ta y tranquilamente fuera de su cuerpo físico y pronto flotó a una cierta distancia por encima de su cama. Nos contaba, con humor, cómo desde allí miraba su cuerpo extendido, que le parecía pálido y feo. Se encontraba extrañada y sorprendida, pero no asustada ni espantada.Nos contó cómo vio llegar al equipo de reani­mación y nos explicó con detalle quién llegó pri­mero y quién último. No sólo escuchó claramente cada palabra de la conversación, sino que pudo leer igualmente los pensamientos de cada uno. Tenía ganas de interpelarlos para decirles que no se dieran prisa puesto que se encontraba bien, pero cuanto más se esforzaba en explicarles más la aten­dían solícitamente, hasta que poco a poco com­prendió que era ella únicamente la que podía entender, mientras que los demás no la oían. La señora Schwarz decidió entonces detener sus esfuerzos y perdió su conciencia, como nos dijo textualmente. Fue declarada muerta cuarenta y cinco minutos después de empezar la reanimación y dio signos de vida después, viviendo todavía un año y medio más. Compartió su experiencia con mis estudiantes y conmigo en uno de mis semina­rios. No necesito decir aquí que este caso repre­sentó para mí algo nuevo, puesto que yo no había oído hablar nunca de tal experiencia de muerte aparente, aunque era doctora en medicina desde hacía tiempo. Mis estudiantes se extrañaron de que no clasificase esta experiencia simplemente como una alucinación, una ilusión o como la desintegra­ción de la conciencia de la personalidad. Querían a toda costa dar un nombre a esta vivencia para iden­tificarla, clasificarla y no tener que pensar más en ella.Estábamos convencidos de que la experiencia de la señora Schwarz no era un caso aislado. Espe­rábamos ahora descubrir otros casos similares e in­cluso eventualmente recoger suficiente informa­ción como para saber si la muerte aparente era un acontecimiento frecuente, raro o únicamente vi­vido por la señora Schwarz.No necesito decir, puesto que en la actualidad es notorio, que numerosos investigadores médicos y psicólogos, así como los que estudian los fenóme­nos parapsicológicos, se han propuesto el registro estadístico de casos como el nuestro, y en el trans-curso de los últimos años han proporcionado más de veinticinco mil en el mundo entero.Lo más sencillo será resumir lo que estas perso­nas, que están clínicamente muertas, viven en el momento en que su cuerpo físico deja de funcio­nar. Lo llamamos simplemente experiencia de muerte aparente o del umbral de la muerte (near death experience) puesto que todos estos enfermos, una vez restablecidos, la han podido compartir con nosotros. Más adelante hablaré de lo que les ocurre a los que no vuelven más. Es importante sa­ber que de todos los enfermos con alteraciones cardíacas graves y que han vuelto después de una reanimación, solamente un diez por ciento guarda el recuerdo de las experiencias vividas durante su paro cardíaco. En otro orden, esto se comprende fácilmente teniendo en cuenta que también todos soñamos y sólo un pequeño porcentaje de perso­nas recuerdan sus sueños al despertarse.Hemos ido reuniendo tales experiencias en va­rios países además de las recogidas en los Estados Unidos, Canadá y Australia. La persona más joven tenía dos años y la mayor noventa y siete. Dispo­nemos así de experiencias del umbral de la muerte de hombres de orígenes culturales diferentes, co­mo por ejemplo los esquimales, aborígenes de Aus­tralia, hindúes, o pertenecientes a distintas religio-nes como los budistas, protestantes, católicos, ju­díos y los que no pertenecen a ninguna religión, comprendidos los que se consideran agnósticos o ateos. Era importante poder hacer el recuento de los casos en ámbitos religiosos y culturales tan di­ferentes como fuese posible, con el fin de estar bien seguros de que los resultados de nuestras investi­gaciones no fuesen rechazadas por falta de argu­mentos. A lo largo de las mismas hemos podido probar que esta experiencia del umbral de la muerte no está limitada a un cierto medio social y que no tiene nada que ver con una u otra religión. Tampoco tiene ninguna importancia que esté pre­cedida por un asesinato o un accidente, por un sui­cidio o por una muerte lenta. Más de la mitad de los casos de que disponemos, relatan las experien­cias después de una muerte aparente brutal, de ma­nera que las personas no han tenido tiempo de pre­pararse o de esperar ningún acontecimiento.Después de haber reunido muchos casos du­rante muchos años, podemos decir que en todas estas experiencias hay ciertos hechos que se pue­den retener como denominador común.En el momento de la muerte vivimos la total se­paración de nuestro verdadero yo inmortal de su casa temporal, es decir, del cuerpo físico. Este yo inmortal es llamado también alma o entidad. Si nos expresamos simbólicamente, como lo hacemos con los niños, podríamos comparar este yo, que se libera del cuerpo terrestre, con la mariposa que abandona el capullo de seda. Desde el momento en que dejamos nuestro cuerpo físico nos damos cuenta de que no sentimos ya ni pánico, ni miedo, ni pena. Nos percibimos a nosotros mismos como una entidad física integral. Siempre tenemos con­ciencia del lugar de la muerte, ya se trate de la habi­tación donde transcurrió la enfermedad, de nues­tro propio dormitorio en el que tuvimos el infarto o del lugar del accidente de automóvil o avión. Re­conocemos muy claramente a las personas que for­man parte de un equipo de reanimación o de un grupo que intenta sacar los restos de un cuerpo del coche accidentado. Estamos capacitados para mi­rar todo esto a una distancia de metros sin que nuestro estado espiritual esté verdaderamente im­plicado. Permitidme que hable de estado espiri­tual, puesto que en la mayoría de los casos ya no es­tamos unidos a nuestro aparato de reflexión física o cerebro en funcionamiento.Estas experiencias tienen lugar, a menudo, en el momento mismo en que las ondas cerebrales no pueden ser medidas para poder probar el funcio­namiento del cerebro, o cuando los médicos no pueden ya comprobar el menor signo de vida. En el momento en que asistimos a nuestra propia muerte, oímos las discusiones de las personas pre­sentes, notamos sus particularidades, vemos sus ropas y conocemos sus pensamientos, sin que por ello sintamos una impresión negativa.El cuerpo que ocupamos pasajeramente en ese momento y que percibimos como tal, no es el cuerpo físico sino el cuerpo etérico. Más tarde ha­blaré de las diferencias entre las energías física, psí­quica y espiritual que originan este cuerpo.En este segundo cuerpo temporal nos percibi­mos como una entidad integral, como ya he men­cionado. Si nos hubiese sido amputada una pierna, dispondremos de nuevo de nuestras dos piernas. Si fuimos sordomudos, podremos de nuevo oír, ha­blar y cantar. Si una esclerosis en placas nos cla­vaba en la silla de ruedas con trastornos en la vista, con problemas de lenguaje y parálisis en las pier­nas, podremos cantar y bailar.Es comprensible que muchos de nuestros enfer­mos reanimados con éxito, no siempre agradezcan que su mariposa haya sido obligada a volver a su capullo de seda, puesto que con la vuelta a nuestras funciones físicas debemos aceptar de nuevo los do­lores y las enfermedades que les son propias, mien­tras que en nuestro cuerpo etérico estábamos más allá de todo dolor y enfermedad.Muchos de mis colegas piensan que este estado se explica por una proyección de deseos, lo que pa­rece lógico. Si alguien está paralítico, sordo, ciego o minusválido desde hace años, espera sin duda el tiempo en que el sufrimiento termine, pero en los casos de que disponemos no se trata de proyeccio­nes de deseo y esto se deduce de los hechos que re­lataremos seguidamente.En primer lugar, la mitad de los casos de expe­riencias en el umbral de la muerte que hemos reco­gido, son el resultado de accidentes brutales, e inesperados, en los que las personas no podían pre­ver lo que les iba a suceder. Por no hablar más que de un caso, citaré el de uno de nuestros enfermos que perdió sus dos piernas a consecuencia de un accidente en el que fue atropellado y el conductor se dio a la fuga. Mientras se encontraba fuera de su cuerpo físico incluso vio una de sus piernas en el suelo, y fue perfectamente consciente de en­contrarse en un cuerpo etérico absolutamente per­fecto y tener sus dos piernas. No podemos supo­ner que este hombre sabía de antemano que perde­ría las dos piernas y que su visión era sólo la proyección del deseo de andar de nuevo.También hay una segunda prueba para eliminar la tesis de una proyección del deseo y nos llega por parte de los ciegos que a lo largo de este estado de muerte aparente dejan de serlo. Les pedimos que compartieran con nosotros sus experiencias. Si sólo se hubiera tratado en ellos de una proyección del deseo, no estarían capacitados para precisar el color de un jersey, el dibujo de una corbata o el de­talle de los dibujos, colores y cortes de prendas que llevaban los presentes. Interrogamos a una serie de personas con ceguera total y fueron capaces de de­cirnos no solamente quién entró primero en la habitación para reanimarlo sino describir con pre­cisión el aspecto y la ropa que llevaban los que esta­ban presentes, y en ningún caso los ciegos dispo­nen de esta capacidad.Además de la ausencia de dolor y la percepción de integridad corporal, en un cuerpo simulado perfecto que podemos llamar cuerpo etérico, los hombres toman conciencia de que nadie llega a morir solo. Hay tres razones que lo afirman, y cuando digo «nadie» entiendo igualmente el que muere de sed en el desierto a algunos centenares de kilómetros de la persona más cercana, como el as­tronauta que atraviesa sin meta el espacio en su cápsula, después de haber fracasado la misión, hasta finalmente llegar a morir.Cuando nosotros preparamos para la muerte —y esto es frecuente con niños que tienen cán­cer—, nos damos cuenta de que todos tenemos la posibilidad de abandonar nuestro cuerpo físico y llegar a lo que llamamos una experiencia extracor-poral.Todos tenemos estas experiencias a lo largo de ciertas fases del sueño, pero son pocos los que se dan cuenta de ello. Los niños que mueren, y sobre todo los que están preparados interiormente, tie­nen una espiritualidad mayor que los niños sanos de su misma edad, y toman mejor conciencia de sus breves experiencias extracorporales. Esto los ayuda en el momento de su tránsito porque se fa­miliarizarán más pronto con su nuevo entorno.Los niños y adultos nos hablan de la presencia de seres que les rodean, les guían y les ayudan en el momento de su salida del cuerpo. Los niños pe­queños les llaman con frecuencia «compañeros de viaje». Las iglesias les han llamado «ángeles de la guarda», mientras que la mayoría de los investiga­dores les llaman «guías espirituales». No tiene nin­guna importancia la designación que les demos, pero es importante saber que cada ser humano, desde el primer soplo hasta la transición que pone fin a su existencia terrestre, está rodeado de guías espirituales y de ángeles de la guarda que le esperan y le ayudan en el momento del paso al más allá. So­mos siempre recibidos por aquellos que nos prece­dieron en la muerte y que en otro tiempo amamos. Entre aquellos que nos acogen pueden encon­trarse, por ejemplo, los hijos que perdimos precoz­mente, o los abuelos, o el padre o la madre u otras personas muy cercanas a nosotros en la tierra.La tercera razón por la que no estamos solos en el momento de nuestra transición es porque des­pués de abandonar nuestro cuerpo físico (lo que puede ocurrir antes de la muerte verdadera) nos encontramos en una existencia en la que no hay ni tiempo ni espacio y podemos desplazarnos instan­táneamente donde queramos.La pequeña Susy, que muere de leucemia en un hospital, está acompañada permanentemente por su madre. La pequeña se da cuenta de que cada vez le será más difícil dejarla pues ella se inclina a veces sobre su cama y murmura: «No te mueras, querida, no me puedes hacer esto. No podré vivir sin ti». Esta madre —y se parece a muchos de nosotros— culpabiliza al moribundo. Susy, que ha abando­nado su cuerpo durante el sueño y también en es­tado de vigilia para ir allá donde tenía ganas, tiene la certeza de una existencia después de la muerte y pide sencillamente a su madre que se vaya del hos­pital. En estas situaciones los niños suelen decir: «Mamá, tienes aire de cansada. ¿Por qué no te vas a casa para ducharte y descansar? De verdad, yo es­toy muy bien». Quizá media hora después suena el teléfono de casa y alguien del hospital dice: «Se­ñora Schmidt, estamos desolados al tener que in­formarle que su hija acaba de morir». Desgracia­damente, estos padres se culpabilizan después. Se avergüenzan y se reprochan por no haberse que­dado media hora más y haber podido estar presen­tes en el momento de la muerte de su hijo. Estos padres no saben generalmente que nadie muere solo. Nuestra pequeña Susy había deshecho ya sus contactos terrestres, había adquirido la capacidad de abandonar su envoltura y liberarse de ella rápi­damente para volver con la velocidad del pensa­miento cerca de su mamá o su papá o hacia cual­quier persona que la atrajese. Como ya lo dije anteriormente, todos llevamos el sello divino. Re­cibimos ese don hace millones de años y además del libre albedrío, también recibimos la capacidad de abandonar nuestro cuerpo y no sólo en el mo­mento de la muerte, sino también en momentos de crisis después de un agotamiento, en circunstan­cias extraordinarias, así como en diferentes fases del sueño.Viktor Frankl ha escrito un maravilloso libro: Thesearchfor meaning,* en el que describe sus vi-*  El hombre en busca de sentido, Editorial Herder, S.A., Barce­lona.vencias en un campo de concentración. Probable­mente es el científico más conocido y el que mejor ha estudiado las experiencias extracorporales.Hace unos quince años, cuando el interés por estos temas era todavía mínimo, ya consignaba los relatos de gente que había tenido caídas en la mon­taña y veían cómo se desarrollaba su propia vida como una película. Estudió las experiencias visua­lizadas durante los pocos segundos de la caída, para llegar a la conclusión de que en éstas no inter­viene el factor tiempo. Muchas personas han te­nido una experiencia semejante al ahogarse o en otras situaciones de gran peligro.Nuestras investigaciones en este campo han sido confirmadas por experiencias científicas reali­zadas en colaboración con Robert Monroe, el au­tor del libro Journeys out of the body.* Yo misma, no sólo he vivido una experiencia extracorpórea espontánea, sino también otras que fueron induci­das en laboratorio bajo la vigilancia de Monroe, observadas y corroboradas por varios sabios de la Fundación Menninger, en Topeka. Actualmente muchos sabios e investigadores vuelven a tener en cuenta sus métodos y los encuentran realizables y opinan favorablemente. Estas investigaciones los llevan obligatoriamente a reflexiones más profun­das concernientes a otra dimensión que se concilia difícilmente con nuestro pensamiento científico tridimensional.De la misma manera se nos han reclamado prue­bas concluyentes por afirmar la existencia de guías espirituales, de ángeles de la guarda y de parientes que precedieron al muerto, presentes en el mo­mento del pasaje para recogerles. Pero, sin em­bargo, ¿cómo probar científicamente una afirma­ción repetida tan a menudo?Como psiquiatra, para mí era interesante imagi­nar que miles de hombres sobre la tierra tenían la misma alucinación en el momento de su muerte, es decir, la percepción de la presencia de parientes o amigos muertos antes que ellos. Después de todo, había que intentar saber si detrás de esta afirma­ción de los  *Le voyage hors du corps, Éditions Garanciére.moribundos no había una verdad. He­mos intentado pues encontrar los medios para verificar estas afirmaciones, y poder probarlas se­guidamente como exactas o desenmascararlas sen­cillamente como proyecciones del deseo.Para ello pensamos que la mejor manera de estu­diar este problema era sentarnos a la cabecera de la cama de los niños moribundos después de acciden­tes familiares. Centramos estas investigaciones en los días de fiesta, como el 4 de julio, el Memorial Day, el Labor Day, los fines de semana, etc., ya que familias enteras tenían la costumbre de desplazarse en sus grandes automóviles.En estas colisiones frontales muchosmiembros de la familia morían en el acto y otros eran llevados a diferentes hospi­tales. Puesto que me ocupo particularmente de los niños, me propuse como tarea el sentarme a la cabecera de los que estaban en estado crítico. Yo sabía con certeza que estos moribundos no cono­cían ni cuántos ni quiénes de la familia ya habían muerto a consecuencia del accidente. Para mí era fascinante, por ello, comprobar que conocían siem­pre muy exactamente si alguien había muerto y quién era.Yo me siento a su lado, los observo tranquila­mente, algunas veces les tomo la mano. De esta ma­nera percibo inmediatamente cualquier agitación que tengan. Poco antes de la muerte se manifiesta a menudo una apacible solemnidad, lo que repre­senta siempre un signo importante. En ese mo­mento yo les pregunto si están dispuestos y si son capaces de compartir conmigo sus actuales expe­riencias y me responden a menudo en los mismos términos de aquel niño que decía: «Todo va bien. Mi madre y Pedro me están esperando ya». Yo ya sabía que su madre había muerto en el lugar del ac­cidente, pero ignoraba que Pedro, su hermano, hu- biera muerto también. Poco tiempo después supe que su hermano Pedro había fallecido diez minu­tos antes.Durante todos estos años en los que hemos reu­nido tales casos no hemos oído nunca a un niño mencionar en esas circunstancias el nombre de al­guien que no hubiera fallecido ya, aunque sólo fuera unos minutos antes. Para mí eso se explica solamente porque esos moribundos han percibido ya a sus familiares. Éstos los esperan para reunirse de nuevo con ellos en una forma de existencia dife­rente. A pesar de estos datos, son muy numerosas las personas que no pueden imaginarse semejante desarrollo.Otra experiencia me emocionó más que las de los niños. Se trata del caso de una india americana. En nuestros documentos tenemos pocos elemen­tos referentes a los indios, puesto que ellos hablan poco del morir y de la muerte. Esta joven india fue atropellada en una autopista por un mal conductor que se dio a la fuga después. Un extranjero se de­tuvo para ayudarla y ella le dijo calmadamente que no había nada que hacer, salvo prestarle el si­guiente favor: si un día, por casualidad, se encon­traba cerca de la reserva india, que fuera a visitar a su madre y le transmitiera el siguiente mensaje: «Que estaba bien y que su padre estaba ya muy cerca de ella». Después murió en los brazos del ex­tranjero, que quedó tan impresionado por lo suce­dido que se puso inmediatamente en camino para recorrer una gran distancia que nada tenía que ver con su itinerario. Al llegar a la reserva india supo por la madre que su marido, el padre de la joven, había muerto de un fallo cardíaco sólo una hora antes del accidente que había tenido lugar a más de mil kilómetros de allí.Disponemos de numerosos casos como éste en que los moribundos, ignorantes del fallecimiento de uno de los suyos, dicen, sin embargo, cómo fue­ron recibidos por él. También sabíamos que estos enfermos no tenían ninguna intención de conven­cernos de la no existencia de la muerte, sino que únicamente querían compartir con nosotros una experiencia que consideraban como un hecho. Si vosotros mismos estáis dispuestos a abriros a estas cosas sin prejuicios, podréis tener vuestras propias experiencias en este terreno. Si se suscitan, se ob­tienen fácilmente.En cada auditorio de ochocientas personas, al menos hay doce individuos que han tenido una ex­periencia semejante del umbral de la muerte y esta­rían dispuestos a compartirla con vosotros si no os cerraseis a tal información por la crítica, la negati-vidad, el juicio y la idea fija de ponerle inmediata-mente a ese informe la etiqueta de psiquiátrico. La única razón que impide a estas personas hablar de su experiencia es la increíble actitud de nuestra so­ciedad, que se obstina en ridiculizar o en negar es­tas cosas, pues nos molestan y no cuadran con nuestros preceptos ni con nuestras ideas científi­cas o religiosas. Todos estos hechos que yo os he relatado os llegarán en una situación crítica o un poco antes de vuestra muerte.No olvidaré nunca mi caso más dramático, en el «pedid y se os dará» con relación a una experiencia del umbral de la muerte. Se trataba de un hombre al que toda su familia iría a buscarlo a su lugar de trabajo el día de Memorial Day para visitar a unos parientes en el campo. Cuando el autobús en el que viajaban sus suegros, su mujer y sus ocho hijos es­taba en camino, entró en colisión con un camión de carburante. Habiéndose inflamado la gasolina se esparció sobre el autobús y abrasó a todos los ocupantes. Cuando el hombre tuvo conocimiento del accidente permaneció algunas semanas en es­tado de shock y de embotamiento total. No se vol­vió a presentar al trabajo pues no era capaz de diri­gir la palabra a nadie y finalmente, y para resumir la historia, se convirtió en una persona viciosa que bebía medio litro de whisky al día y se drogaba con cualquier clase de producto, incluso la heroína, para calmar su dolor. No fue capaz de volver a tra­bajar de forma regular y terminó en la cuneta, en el sentido literal de la palabra.En el curso de mis agotadoras giras yo había dado ya dos conferencias en Santa Bárbara sobre el tema de la vida después de la muerte cuando un grupo del personal sanitario me pidió una confe­rencia más. Al aceptar esta tercera conferencia me di cuenta de que estaba cansada de contar las mis­mas historias y me dije a mí misma: «Dios mío, ¿por qué no me envías a algún oyente que haya te­nido una experiencia en el umbral de la muerte y que esté dispuesto a compartirla con los demás? Así yo podré descansar y los oyentes tendrán un testimonio de primera mano sin tener que escu­char únicamente mis historias de siempre. En ese momento el organizador del grupo me pasó unas líneas escritas que contenían un mensaje de carác­ter urgente enviado por un hombre que vivía en un asilo destinado a los vagabundos. Solicitaba poder contar su experiencia personal del umbral de la muerte. Interrumpí la conferencia y le envié la res­puesta aceptando su intervención. Algunos minu­tos después, tras un veloz recorrido en taxi, el hombre hizo su aparición. En lugar del negligente vagabundo que yo esperaba, teniendo en cuenta el tipo de domicilio en que vivía, subió al estrado, frente al público, un hombre correctamente ves­tido, de porte sofisticado, que deseaba compartir con nosotros la experiencia que había vivido.Contó cuánto se había alegrado con la expecta­tiva del encuentro familiar aquel fin de semana, y cómo sobrevino el trágico accidente en el cual to­dos sus familiares perecieron quemados. Habló de su tremenda impresión inicial, que lo paralizó. No podía creer al principio que fuese verdad que de golpe se convirtiese en un hombre solo, él, que ha­bía tenido hijos, ya no los tendría más, habiendo perdido a toda su familia en ese único accidente. Describió luego su actitud al no poder superar se­mejante prueba, convirtiéndose de miembro de una familia burguesa, esposo y padre, en un vicioso vagabundo, alcoholizado permanentemente, con­sumiendo cualquier tipo de drogas, y, en una pala­bra, tratando vanamente de suicidarse. Nos ex­plicó también el último recuerdo que tenía de esa vida que llevó durante dos años: él estaba acostado, borracho y drogado, sobre un camino bastante su­cio que bordeaba un bosque. Sólo tenía un pensa­miento: no vivir más y reunirse de nuevo con su fa­milia. Entonces vio aproximarse un camión, y al no tener la fuerza suficiente como para alejarse fue literalmente aplastado por él.Nos contó cómo en ese preciso momento se encon- tró él mismo a algunos metros por encima del lugar del accidente, mirando su cuerpo grave­mente mutilado que yacía en la carretera. Enton­ces apareció su familia ante él, radiante de lumino­sidad y de amor. Una feliz sonrisa sobre cada ros­tro. Se comunicaron con él sin hablar, sólo por transmisión del pensamiento, y le hicieron saber la alegría y la felicidad que el reencuentro les propor­cionaba. El hombre no fue capaz de darnos a cono­cer el tiempo que duró esa comunicación y en­cuentro con los miembros de su familia. Pero nos dijo que quedó tan violentamente turbado frente a la salud, la belleza, el resplandor que ofrecían, lo mismo que la aceptación de su actual vida y su amor incondicional, que juró no tocarlos ni seguir­los, sino volver a su cuerpo terrestre para comuni­car al mundo lo que acababa de vivir, y de ese modo reparar sus vanas tentativas de suicidio.Enseguida se volvió a encontrar en el lugar del accidente y observó a distancia cómo el chófer es­tiraba su cuerpo en el interior del camión. Llegó la ambulancia y vio cómo lo transportaban a urgen­cias de un hospital, donde lo ataron a una cama. Fue en ese momento cuando volvió a su cuerpo y se despertó, arrancando las correas con las que lo habían atado. Se levantó y abandonó el hospital sin mostrar el menor síntoma de delírium trémens o de intoxicación por los abusos de drogas y alcohol.De repente se sintió curado y restablecido, y se juró a sí mismo no morirse mientras no hubiese te­nido ocasión de compartir la experiencia de una vida después de la muerte con la mayor cantidad de gente posible. A leer en un periódico local el ar­tículo sobre mi presencia en Santa Bárbara, se de­cidió a mandarme el mensaje a la sala de confe­rencias. Al comunicar su experiencia al auditorio, pudo cumplir la promesa que se hizo después de tener su breve y feliz encuentro con su familia.No sabemos lo que fue de ese hombre, pero no olvidaré nunca el fulgor de sus ojos, su alegría y su gratitud por haber sido guiado a un lugar en el que se le permitió hablar en una tribuna sin que nadie pusiera en duda sus palabras ni se burlara de él, y así poder participar a cientos de trabajadores de la salud su profunda convicción de que nuestro cuer­po físico es sólo una envoltura pasajera que rodea un yo inmortal.En la actualidad la cuestión se plantea con toda naturalidad: ¿qué pasa después de la muerte?Hemos estudiado el comportamiento de los ni­ños de corta edad que no han leído ni el libro de Moody, La vida después de la vida, ni el material li­terario sobre el tema que haya podido salir en los diarios, y que tampoco conocen testimonios como los de este hombre del que nos hemos ocupado y que acabamos de relatar. Incluso un niño de dos años nos ha permitido participar de su experiencia, de lo que él había considerado ya como la muerte. En todas las experiencias ha quedado de mani­fiesto que personas que profesan diferentes religio­nes ven apariciones distintas según su religión. Quizá nuestro mejor ejemplo es el de este niño de dos años. Como resultado de un medicamento que le inyectó un médico, tuvo una reacción alérgica de tal violencia, que el médico llegó a declarar que estaba muerto. Avisaron al padre, y mientras el médico y la madre lo esperaban, ésta abrazaba a su hijo, gimiendo, llorando y sufriendo atrozmente. Después de un tiempo, que le pareció una eter­nidad, el niño con palabras que podían haber sido las de un hombre viejo, dijo: «Mamá, yo estaba muerto. Estaba con Jesús y María. Y María me dijo repetidas veces que mi tiempo aún no había lle­gado y que yo debía volver a la tierra. Pero yo no quería creerle. Y como ella veía que yo no quería escucharla, me tomó suavemente de la mano y me alejó de Jesús diciendo: “Pedro, debes volver. De­bes salvar a tu madre del fuego”». En ese momento volvió a abrir los ojos y añadió con sus propias pa­labras: «¿Sabes, mamá? Cuando me dijo eso volví corriendo hacia ti».Durante trece años esta madre fue incapaz de hablar de este episodio con nadie. Estaba muy de­primida y hacía una interpretación errada de las palabras dirigidas por María a su hijo.Había entendido que su hijo un día la salvaría del fuego, es decir del infierno, pero lo que no en­tendía era por qué le esperaba el infierno precisa­mente a ella, que era una buena cristiana, creyen­te y que trabajaba duramente. Intenté explicarle que había interpretado mal el lenguaje simbólico y que ese mensaje era un regalo único y maravi­lloso de María, que, como todos los seres del plano espiritual, era un ser de amor total e incondicional. Ella no podía criticar ni juzgar a nadie, contraria­mente a los seres humanos, en quienes tales cuali­dades de sensibilidad faltan todavía. Le solicité que durante un momento hiciera abstracción de sus pensamientos para permitir que su cuadrante espi­ritual e intuitivo le respondiera. Y luego le dije: «¿Qué habría sentido usted si María no le hubiera devuelto a su Pedro, hace trece años?». Ella tomó su cabeza con las dos manos y exclamó: «Dios mío, eso habría sido el infierno». Por supuesto que no tuve necesidad de plantearle la cuestión: «¿Com­prende usted ahora por qué María la ha preservado del fuego?». Las Sagradas Escrituras abundan en ejemplos de lenguaje simbólico y si la gente escuchara más a menudo su parte intuitivo-espiritual, en lugar de envenenar los mensajes de esa maravillosa fuente de comunicación con su propia negatividad, sus miedos, sus sentimientos de culpabilidad, sus ga­nas de castigarse a sí mismos y a los demás, tam­bién comenzarían a comprender el maravilloso lenguaje simbólico de los moribundos cuando és­tos intentan confiarnos sus preocupaciones, sus conocimientos y sus percepciones. Comprobamos también que personas que per­tenecen a distintas religiones ven apariciones dife­rentes y seguramente no necesito precisar que un niño judío no se encontrará nunca con Jesús y que un niño protestante no verá nunca a María. Esto no quiere decir que estos seres no se ocupen de los niños que pertenecen a otras religiones, sino senci­llamente que cada persona obtiene lo que más ne­cesita. Los seres que nos encontramos en la vida después de la muerte son aquellos a los que más quisimos y que murieron antes que nosotros.Después de haber sido acogidos por nuestros padres y amigos en el más-allá, por nuestros guías espirituales y ángeles de la guarda, pasamos por una transición simbólica que a menudo se describe como un túnel. Algunas veces se vive como un río, otras como un pórtico, siempre según los valores simbólicos respectivos. Mi propia experiencia fue en una cima de montaña con flores silvestres, por la sencilla razón de que mi representación del cielo se refiere a las montañas y a las flores silvestres que fueron la alegría y felicidad de mi juventud en Suiza. El concepto de cielo depende, pues, de fac­tores culturales.Después de haber pasado por una transición vi­sual muy bella, digamos una especie de túnel, nos acercamos a un manantial luminoso que muchos de nuestros enfermos han descrito y que a mí me fue dado a conocer. Pude vivir la experiencia más maravillosa e inolvidable, lo que se llama la con­ciencia cósmica. En presencia de esta luz, que la mayoría de los iniciados de nuestra cultura occi­dental llaman Cristo, Dios, Amor o simplemente Luz, estamos envueltos en un amor total e incon­dicional de comprensión y de compasión.Esta luz tiene su origen en la fuente de la energía espiritual pura y no tiene nada que ver con la ener­gía física o psíquica. La energía espiritual no puede ser creada ni manipulada por el hombre. Existe en una esfera en la que la negatividad es imposible. Esto quiere decir también que en presencia de esta luz no podemos tener sentimientos negativos, por mala que haya podido ser nuestra vida, y sean cua­les fueren nuestros sentimientos de culpabilidad.  En esta luz que muchos llaman Cristo o Dios es también imposible ser condenado puesto que Él es amor absoluto e incondicional. En esta luz nos da­mos cuenta de lo que pudimos ser y de la vida que hubiéramos podido llevar. En presencia de esta luz, rodeados de compasión, de amor y de com­prensión, debemos revisar toda nuestra vida para evaluarla. Ya no estamos unidos a la inteligencia fí­sica que ha limitado nuestro cuerpo terrestre; por lo tanto, ya no estamos atados a un espíritu o cere­bro físico que nos limita, y poseemos el saber y la comprensión absoluta. Es ahora cuando debemos revisar, evaluar y juzgar cada pensamiento, cada palabra y cada acto de nuestra existencia y cuando comprendemos sus efectos sobre nuestro prójimo. En presencia de la energía espiritual, no necesita­mos una forma física. Nos separamos del cuerpo etérico y volvemos a tomar la forma que teníamos antes de nacer sobre la tierra, entre nuestras vidas, y la que tendremos en la eternidad, cuando nos unamos a la Fuente, es decir a Dios, después de ha­ber cumplido nuestro destino.Importa mucho comprender que desde el prin­cipio de nuestra existencia hasta nuestro retorno a Dios conservamos siempre nuestra propia identi­dad y nuestra estructura de energía y que entre los millares de seres de todo el universo no hay dos es-tructuras de energía iguales; por lo tanto, no exis­ten dos hombres que sean idénticos ni siquiera si se considera el caso de los gemelos homocigotos. Si alguien dudara de la grandeza de nuestro Creador no tiene más que reflexionar en el genio que hace falta ser para crear millones de estructuras energé­ticas sin una sola repetición. Así recibe cada hom­bre el don de su singularidad. Podría compararse esto a los infinitos copos de nieve que caen sobre la tierra, todos diferentes en sí. Me fue concedida la gracia de ver con mis propios ojos físicos, en pleno día, centenares de estas estructuras energéticas en movimiento. Parecían copos con pulsaciones, co­lores y formas diferentes. Así seremos después de la muerte y así hemos existido antes de nuestro na­cimiento.No se necesita espacio ni tiempo para trasla­darse de una estrella a otra, ni del planeta Tierra a otra galaxia. Las estructuras energéticas de estas mismas entidades pueden encontrarse entre noso­tros. Si tan sólo tuviéramos ojos para ver nos daría­mos cuenta de que no estamos nunca solos, sino rodeados de entidades que nos guían, que nos aman y nos protegen. Intentan guiarnos y ayudar­nos para que permanezcamos en el buen camino con el fin de cumplir nuestro destino.Hay veces, en momentos de gran dolor, de gransufrimiento o de gran soledad, en que nuestra per­cepción aumenta hasta el punto de poder recono­cer su presencia. También, podríamos hablarles por la noche antes de dormirnos y pedirles que se muestren a nosotros, y hacerles preguntas conmi­nándoles a darnos las respuestas en los sueños. Los que recuerdan los sueños saben que muchas de nuestras preguntas encuentran una respuesta. En la medida en que nos acercamos a nuestra entidad interior, a nuestro yo espiritual, nos damos cuenta de cómo somos guiados por esta entidad interior que es la nuestra y que representa nuestro yo om­nisciente, esta parte inmortal que llamamos: « ma­riposa».Quisiera ahora compartir con vosotros algunos aspectos de mis propias experiencias místicas que me han ayudado a saber, más que a creer, que todo lo que está más allá de nuestra comprensión cientí­fica son verdades y realidades abiertas a cada uno de nosotros.Deseo destacar en forma especial que anterior­mente yo no tenía ninguna idea de una conciencia superior. No tuve nunca gurú, y no he sabido ni tan siquiera meditar. La meditación es fuente de paz y comprensión para muchas personas no sola­mente en Oriente, sino cada vez más en nuestra parte del mundo. Es cierto que yo entro en mí misma cada vez que hablo con los enfermos mori­bundos, y son quizás esas miles de horas que he pa­sado junto a ellos, sin que nada ni nadie pudiera molestarnos, las que constituían una meditación. Visto desde este ángulo, efectivamente medité mu­chas horas.Estoy convencida de que para tener experien­cias místicas no es necesario vivir como un eremita en la montaña ni estar sentado a los pies de un gurú en la India. Cada ser tiene un cuadrante (un cuarto) físico, emocional, intelectual y espiritual. Pienso también que si pudiéramos aprender a liberarnos de los sentimientos desnaturalizados, de nuestra ira, de nuestros miedos o de nuestras lágrimas no vertidas, podríamos encontrar de nuevo la armo­nía con nuestro yo verdadero y ser tal como debié­ramos ser. Este yo verdadero está compuesto de estos cuatro cuadrantes, que deberían equilibrarse y dar un todo armonioso. No podemos alcanzar ese estado de equilibrio interior más que con una condición: la de haber aprendido a aceptar nuestro propio cuerpo-físico. Debemos llegar a expresar nuestros sentimientos libremente sin tener mie­do de que se rían de nosotros cuando lloramos, cuando estamos enfadados o celosos, o nos esfor­zamos en parecemos a alguien por sus talentos, dones o comportamientos. Debemos comprender que sólo existen dos miedos: el miedo a caerse y el miedo al ruido. Todos los otros miedos han sido impuestos poco a poco en nuestra infancia por los adultos, pues proyectaban sobre nosotros sus pro­pios miedos y los transmitían así de generación en generación.Sin embargo, lo más importante de todo es aprender a amar incondicionalmente. La mayoría de nosotros hemos sido educados como prostitu­tas. Siempre se repetía lo mismo: «Te quiero si…» y esta palabra «si…» ha destruido más vidas que cualquier otra cosa sobre el planeta Tierra. Esta pa­labra nos arrastra hacia la prostitución, pues nos hace creer que con una buena conducta, o con unas buenas notas en la escuela, podemos comprar amor. De esa manera nunca podemos desarrollar el sentido del amor o la gratificación de uno mismo.Cuando éramos niños, si no cumplíamos la vo­luntad de los adultos, éramos castigados, y sin embargo una educación afectuosa habría podido hacernos entrar en razón. Nuestros maestros espi­rituales nos han dicho que si hubiéramos crecido en el amor incondicional y en la disciplina no ten­dríamos nunca miedo de las tempestades de la vida. No tendríamos más miedo, ni sentimientos de culpabilidad, ni angustias, pues éstos son los únicos enemigos del hombre. «Si cubrís el Gran Ca­ñón del Colorado para protegerlo de las tempesta­des, no veréis nunca la bella forma de sus rocas.»Como ya he dicho, yo no buscaba un gurú y no intentaba meditar ni llegar a un nivel de conciencia superior, pero cada vez que, a través de un enfermo o de una situación de la vida, tomaba conciencia de algo negativo en mí, buscaba la manera de enfren­tarlo con el fin de alcanzar un día esa armonía entre mis cuadrantes físico, emocional, intelectual y es­piritual. Y cuando hacía «mis deberes» y me inten­taba aplicar a mí misma lo que enseñaba a otros, me encontraba cada vez más colmada de experien­cias místicas. Éstas eran el resultado tanto de un in­tercambio de pensamientos con mi yo espiritual, intuitivo, omnisciente, que comprende todo, como de la toma de contacto con fuerzas conduc­toras que vienen de un mundo intacto. Permanen­temente nos rodean y esperan la ocasión para transmitirnos no sólo el conocimiento o algunas indicaciones, sino también para ayudarnos en nuestra comprensión de nuestra razón de ser y más particularmente sobre el significado de nues­tra tarea aquí en la tierra, permitiéndonos cumplir nuestros destinos.Viví una de mis primeras experiencias en el curso de una investigación científica en la que me fue permitido abandonar mi cuerpo. Esta expe­riencia fue inducida por medios iatrógenos en un laboratorio de Virginia y vigilada por algunos sa­bios escépticos. En el transcurso de una de ellas fui atraída de mi cuerpo físico por el jefe del labora­torio, que estimó que había partido demasiado pronto y demasiado deprisa. Ante mi gran cons­ternación, él interfirió así en mis propias necesida­des y en mi propia personalidad. Después del si­guiente intento decidí soslayar el problema de una intervención ajena programando yo misma mi sa­lida para ir más rápido que la velocidad de la luz y más lejos, donde ningún ser humano haya esta­do durante una experiencia extracorporal. En el mismo momento en que ésta fue inducida, aban­doné mi cuerpo a una velocidad increíble.Lo único que recuerdo de la vuelta a mi cuerpo físico fueron las palabras shanti nilaya.  No tenía ni idea del significado o de la interpretación de esa palabra. Tampoco tenía noción de dónde había es­tado. Lo único que sabía antes de volver es que es­taba curada de un estreñimiento casi total así como de un problema dorsal muy doloroso que me había impedido incluso recoger un libro. Ahora bien, después de esta experiencia extracorporal pude comprobar que mi intestino funcionaba de nuevo y que podía levantar un saco de cincuenta kilos sin cansancio ni dolor. Las personas que estaban pre­sentes me decían que había rejuvenecido veinte años. Cada uno de ellos intentaba obtener otras in­formaciones sobre mis experiencias. Yo no supe dónde había estado, hasta que aprendí algo más la noche siguiente.Esa noche la pasé sola, en una pensión aislada en medio del bosque de Blue Ridge Mountains. Poco a poco, y no sin miedo, me di cuenta de que había ido demasiado lejos en mi experiencia extracorpo-ral y que ahora debía sufrir las consecuencias de mi propia decisión. Intenté luchar contra mi cansan­cio, presintiendo que «aquello» llegaría, y sin saber lo que «aquello» podía ser. En el momento en que me abandoné tuve probablemente la experiencia más dolorosa y solitaria que un ser humano pueda vivir. En el propio sentido del término, viví en mí misma las miles de muertes por las que habían pa­sado mis enfermos. Agonizaba en el sentido físico, emocional, intelectual y espiritual. Fui incapaz de respirar. En medio de esos sufrimientos físicos yo era perfectamente consciente de que no tenía a na­die cerca para ayudarme. Debía atravesar esa no­che completamente sola.En esas horas atroces no tuve más que tres des­cansos muy breves. Estos dolores se podrían com­parar con las contracciones de un parto, salvo en que aquí se sucedían sin interrupción. En los mo­mentos de descanso en los que conseguí respi­rar profundamente, ocurrieron algunos aconteci­mientos importantes en el plano simbólico que sólo entendí mucho más tarde. En el momento del primer descanso yo pedía un hombro en el que apoyarme y en efecto yo pensaba que aparecería el hombro izquierdo de un hombre en el que podría apoyar mi cabeza para poder soportar mejor mis dolores. Apenas se había formulado esta demanda una voz profunda y serena, pero llena de amor y compasión, me dijo sencillamente: «No te será concedido».Después de un tiempo infinitamente largo me fue acordado otro plazo. Esta vez yo pedía una mano que yo habría podido coger. Y de nuevo es­peraba que una mano surgiría por el lado derecho de mi cama y que yo podría cogerla para soportar mejor mis dolores. Se dejó oír h, misma voz: «No te será concedida».En el tercero y último descanso decidí no pedir más que la punta de un dedo. Pero enseguida añadí, dado mi carácter: «No, si no me es dada la mano, renuncio a la punta de los dedos». Claro que cuando yo decía punta de los dedos lo que quería era una presencia, aunque no pudiera engan­charme a la punta de su dedo.Y por primera vez en mi vida, la salida fue la de la fe. Esta fe llegaba del saber profundo de que yo disponía de la suficiente fuerza y del coraje como para poder sufrir sola esta agonía. De pronto com­prendí que sólo tenía que cesar en mi lucha, trans­formar mi resistencia en sumisión apacible y posi­tiva, y decir sencillamente «sí».En el mismo momento en que dije «sí» mental­mente, cesaron los sufrimientos. Se calmó mi res­piración y desapareció el dolor físico. En lugar de esos miles de muertes fui gratificada con una expe­riencia de renacimiento que no podría ser descrita con nuestro lenguaje.Al principio hubo una oscilación o pulsación muy rápida a nivel del vientre que se extendió por todo mi cuerpo. Esto no fue todo, porque esta vi­bración se extendió a todo lo que yo miraba, fuera el techo, la pared, el suelo, los muebles, la cama, la ventana y hasta el cielo que veía a través de ella. Los árboles también fueron alcanzados por esta vi­bración y finalmente el planeta Tierra. Efectiva­mente, yo tenía la impresión de que la tierra entera vibraba en cada molécula. Después vi algo que se parecía al capullo de una flor de loto que se abría delante de mí para convertirse en una flor maravi­llosa y detrás apareció esa luz esplendorosa de la que hablaban siempre mis enfermos. Cuando me aproximé a la luz a través de la flor de loto abierta y vibrante, fui atraída por ella suavemente pero cada vez con más intensidad. Fui atraída por el amor ini­maginable, incondicional, hasta fundirme comple­tamente en él.En el instante en que me uní a esa fuente de luz cesaron todas las vibraciones. Me invadió una gran calma y caí en un sueño profundo parecido a un trance. Al despertarme sabía que debía ponerme un vestido y unas sandalias para bajar de la mon­taña y que «esto» ocurriría a la salida del sol.Cuando me desperté de nuevo una hora y media más tarde aproximadamente, me puse el vestido y las sandalias y bajé de la colina. En ese momento caí en el éxtasis más extraordinario que un ser hu­mano haya vivido sobre la tierra. Me encontraba en un estado de amor absoluto y admiraba todo lo que estaba a mí alrededor. Estaba en comunión amorosa, con cada hoja, con cada nube, brizna de hierba y ser viviente. Sentía incluso las pulsaciones de cada piedrecilla del camino y pasaba «por en­cima» de ellas, en el propio sentido del término, in­terpelándolas con el pensamiento: «No quiero pi­saros porque podría haceros daño», y cuando llegué abajo de la colina y me di cuenta de que nin­guno de mis pasos había tocado el suelo, no dudé de la realidad de esta vivencia. Se trataba sencilla-mente de una percepción como resultado de la conciencia cósmica. Me fue permitido reconocer la vida en cada cosa de la naturaleza con este amor que soy incapaz de formular.Me hicieron falta varios días para volver a en­contrarme bien en mi existencia física, y dedi­carme a las trivialidades de la vida cotidiana como fregar, lavar la ropa o preparar la comida para mi familia, y necesité varios meses para poder hablar de mi experiencia. Pude compartirla con un grupo de gente maravillosa que no juzgaban sino que comprendían y que me habían invitado a Berkeley, en California, con ocasión de un simposio sobre psicología transpersonal. Después de haber parti­cipado, este grupo le dio un nombre a mi experien­cia: «Conciencia Cósmica». Según mi costumbre, me dirigí rápidamente a una biblioteca por si en­contraba un libro que tratase de este tema, para po­der comprender su significado también en el plano intelectual. Gracias a este grupo aprendí que «Shanti Nilaya», que me fue comunicado cuando me fundí en la energía espiritual (el primer manan­tial de energía), significa el abra y el puerto de paz final que nos espera. Ese estar en casa al que volve­remos un día después de atravesar nuestras an­gustias, dolores y sufrimientos después de haber aprendido a desembarazarnos de todos los dolores y ser lo que el Creador ha querido que seamos: se­res equilibrados entre los cuadrantes físico, emo­cional, intelectual y espiritual. Seres que han com­prendido que el amor verdadero no es posesivo y no ponen condiciones con el «si…».Si vivimos una vida de amor total estaremos sa­nos e intactos y seremos capaces de cumplir en una sola vida las tareas y los fines que nos han sido asig­nados.La experiencia que acabo de relataros cambió mi vida de una manera que no os sabría explicar. Creo haber comprendido también en aquella época que si yo difundía mi conocimiento sobre la vida des­pués de la muerte tendría que pasar literalmente por miles de muertes, puesto que la sociedad en la que vivo intentaría aniquilarme, pero la experien­cia y el saber, la alegría, el amor y la excitación que siguen a la agonía son recompensas siempre supe­riores a los sufrimientos.                               

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